¡Click!

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La sangre manaba de su costado y, en alguna película o en algún lugar había leído que, ese tipo de herida, era letal. Sentía el cálido líquido correr por su cuerpo y, al margen del dolor que había empezado a desaparecer, creía descubrir como su vida se marchaba en aquel reguero carmesí. Si bien, no la vida como algo abstracto y que, no le cabía duda, en realidad no era más que un concepto intelectual, tampoco esa vida que, cual si alguien manipulara un interruptor, cortase el hilo de energía por el que un cuerpo pasa a estar inerte. Sino, la vida, su vida, cada instante, cada momento vivido y vívido, cual si el pequeño curso bermellón fuese en realidad una vía y, sobre ella, un convoy de vagones transportara esos instantes. Vagonetas y contenedores, dependiendo de la relevancia de aquel momento, lapsus y eternidades que no podía identificar. Creía ver la larga caravana sobre los colorados raíles pero no podía evocar uno sólo de los momentos, su mente, ya saturada y adormecida, era incapaz de reconocer, si quiera, su propia identidad. Su mirada, vidriosa, no conseguía fijarse en punto alguno, comenzando a vagar en un entorno confuso y borroso donde las luces, molestas, incrementaban su capacidad a la par que desaparecían en una temeraria y lúgubre semioscuridad. Sus manos, adormecidas, intentaban aferrarse a inciertos asideros cuya textura, inicialmente férrea, casi al instante se convertían en poco más que consistentes pilares de humo de un cigarrillo. La consciencia, intermitente, gritaba un auxilio cuyo atronador alarido no iba más allá de su capacidad craneal de la que sí escapaba la inconsciencia, erradicando el dolor y la certidumbre de su inminente óbito. De una muerte que, llegado ese punto, si quiera podía dilucidar si era merecida o lamentablemente casual, sólo la pérdida de ese hálito, esa energía impalpable escapando, no por los regueros granates portando cada minuto y segundo de su periplo vital, sino fugándose por cada uno de los poros de su cuerpo. Exhumándola cual deportista preparándose para la gran prueba, para ese gran momento donde conseguiría el mejor de sus logros deportivos y cuyo esfuerzo queda latente en las humedecidas ropas y en la toalla que siempre portan. Sin embargo, en su caso, las ropas únicamente estaban mojadas por su propia sangre y era incapaz de elevar una toalla con la que secarse el sudor. Consciente que habría sido poco más que banal, pues ese vigor que asemejaba escapar cual ratas de un barco a punto de hundirse, se dispersaba a su alrededor y, casi, como los vagones y vagonetas, por tanto su tiempo, podía ver como al poco de abandonar su cuerpo, frío y casi en rigor mortis, estallar cual pompas de jabón a pocos centímetros de su evasión. Los convoyes, pues había varios, se desplomaban tras un breve recorrido recogiéndose en semicirculares formas que, a poco, se estampaban contra la grisácea acera estallando en miríadas de colorada nada y, su fuerza, su vigor vital, su personalidad, al fin y al cabo, igualmente estallaba a pocos centímetros de su evasión. Energía y conocimiento desparramadas en una nada que si quiera, sus más allegados, podrían recibir o captar aunque se encontraran a su lado. Cual foco de gran potencia encendido en la oscuridad más cerrada, la consciencia, los restos del discernimiento que conseguían golpearse contra los límites de su capacidad craneal, antes de hallar ese resquicio por el que evadirse, golpeaba su inconsciente a modo de trágico mensaje. No había convoyes, no había energía y, lo que era aún peor, no había habido vida, sencillamente, cual vara de incienso, un espacio lineal consumido de una u otra manera sin relevancia alguna. Si quiera el aroma de ese polvo aglomerado consumido por el calor iba a endulzar las papilas olfativas de nadie, la irrelevancia de su existencia, aun cuando hubiese podido quedar en la historia gracias a algún logro científico, literario o social, iba a quedar esparcida momentáneamente a su alrededor. Para convertirse en una nada repleta de mil nadas que no iban a llegar a nada, si quiera a esa nada que algunos, ingenuos, afirman palpar. Nada había marcado su existencia iniciada, como todos, no sólo en una loca carrera donde únicamente uno era el ganador, como siempre, sino, también, en la otra parte, paciente, en espera de ese triunfador. De una loca carrera y una pausada espera, con el tiempo, de esa unión en una nada más palpable, inhaló el primer aliento y, de ahí, a ese último a punto de exhalar, poco más que podía considerarse que un filtro atmosférico y productor de abono. Una especie de aparato de aire acondicionado portátil, a buen seguro con los filtros sucios, a punto de ser transportado a algún punto de reciclaje para una última dispersión que pudiera servir para otros aparatos de aire acondicionado o bien para un último alejamiento y receso. No había más, sólo esperaba el postrero e identificativo ¡Click!, del vetusto e iluso interruptor cortando finalmente el hilo de energía.

-No vas a morir –atronó una grave y femenina voz tremendamente sensual, en un eco distorsionado abriéndose paso entre la indescriptible bruma de su entendimiento. El cual, le llevó hasta aquel primer amor que erizó cada uno de los vellos de su piel para, acto seguido, a su enésimo único amor silueteado por la plomiza luz de alguna lamparilla de mesilla de noche. E, inmediatamente después, cual si se encontrará en un  polvoriento archivo ignorando las espesas telas de araña, buscando en los metálicos cajones con nerviosismo, todas las figuras mitológicas y doctrinales que ayudaban a recorrer el último tramo. Ese camino, en el que jamás había creído en su existencia, que le llevaría hasta un lugar donde reposar eternamente. Esa eternidad justificada únicamente para su especie y cuyo peso, cuya materialidad, asemejó caerle encima como una losa, abatiendo aún más el resquicio de consciencia a punto de expirar. Un final, incluso deseado, anhelado y exigido, por su repentina cobardía, no aquella que, como ser vivo, se revelaba y huía de esa inminente realidad de desaparición, sino, la humana, la del ofensivo amilanamiento del no creyente en una existencia tras la muerte aferrándose a indemostrables y, en su opinión, inexistentes fantasías de eternidad. Aprehendiendo la realidad de una voz identificada como femenina cuando, tampoco masculina, había sido neutra, la del tono de ambigüedad de su difusa y perturbada consciencia, aquella que había atronado siempre en su cerebro y que jamás se había reconocido. Por lo tanto, no había sido más que una estrategia lamentable y cobarde de su falta de aceptación a la intrascendente y baladí existencia, la suya, igual que la de cualquiera pero, la suya especialmente. La pusilanimidad de su egotismo y egocentrismo, por otro lado común y casi esperado en cualquier ser vivo, se estaba convirtiendo en la última vagoneta del inacabable reguero carmesí convertido a sus ojos en raíles y convoyes. En ese postrero hilo de energía escapando de su cuerpo para estallar, cual pompa de jabón, a pocos centímetros de su cuerpo, sin culpabilidad ni arrepentimiento, con la sencillez de quién no quiere morir ni escuchar el maldito, concluyente e inaudible ¡Click!

 

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Aliento

aliento

 

La rojiza línea del horizonte, siempre presente y eterna, le alentaba del inicio de un nuevo día, una nueva jornada en la que, una vez más, su decisión debía de mantenerse firme. Sin embargo, firmeza, en cierto modo, era lo último que necesitaba porque requería y precisaba un poco de aliento. Uno concreto, cargado con aquel calor y aquel aroma que, tantas veces, había hecho que su piel se erizase y, no sólo había provocado un rocío físico, sino que, en la mayoría de los casos, éste, había sido mental. Cuán gratificantes eran aquellos cálidos hálitos que henchían sus pulmones, ensanchaban su sonrisa e iluminaban sus ojos. Abiertos como platos atisbando otras realidades, otras formas o, todo lo contrario, las mismas formas y las mismas realidades vistas a través de un prisma, el suyo, enriquecido con el calor de un suspiro. De varios, a veces, muchos y propios, exhalados e inspirados con un nuevo valor, siempre con su propiedad pero revalorizados hasta límites que jamás habría imaginado. E imaginación, nunca le había faltado, si bien, ésta se disparó con aquel compendio de resuellos inesperado, aparecido de ningún lado, capaz de aunar espiraciones y soplos propios y ajenos en un torbellino, a veces vertiginoso, en el cual se sintió mucho más que a gusto. Con identidad y, a la vez, sin filiación, en un continuo vahído aposentado en su estómago. Un aturdimiento que, aunque le aportaba serenidad, calma e, incluso, sensatez, finalmente le provocó ofuscación y alejamiento. Cual estupefaciente, si bien la parte alucinógena, le había transportado a cotas inesperadas e inexploradas, mantenerse en ellas a continuidad le imposibilitaba aferrarse, no ya a la realidad, sino a su propio equilibrio. Una estabilidad con barandas donde asirse en las zonas empinadas y bastones para las llanas del camino. El vuelo sin motor que aquel aliento cálido y hogareño le había proporcionado, conllevaba venturas difíciles de afrontar, instantes de una soledad caldeada por las últimas brisas de esas candentes inhalaciones, en vigilia anhelante por las venideras ardientes que arrastrarían los gélidos restos del desamparo. No obstante, aquel límite colorado, el perenne aviso del amanecer, siempre le transportaría a esos instantes donde, conociendo las limitaciones, no existían restricciones y su piel se erizaba con el simple pensamiento de orearse con su aliento.

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Vasija

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La vasija se ha roto,

mil pedazos que eran un todo,

unidos por el fuego.

Agua y tierra amalgamada,

para crear una forma única,

elaborada por unas manos,

ansiadas de producir.

De amasar y acariciar,

unos materiales básicos,

tierra y agua,

de por sí inestables y anárquicos.

La vasija se ha roto,

no era una vasija,

nadie sabe qué era,

su estructura asemejaba una vasija,

y como tal, era capaz de contener.

Aunque su fin no era la contención,

contenía y, por sí misma,

era continente.

Y, como tal, en un tropiezo,

en un traspiés,

se convirtió en mil pedazos.

Trozos grandes y pequeños,

polvo y gránulos,

de uno a mil en un segundo.

Un instante de irreflexión,

y un para siempre,

un nunca más, de separación.

La vasija se ha roto,

ya no existe,

es historia, quizá mitológica,

de aquella época cuando,

ya olvidada,

con agua y tierra,

se hacía barro,

y el barro,  con fuego,

solidificaba en estructura,

en elementos compuestos,

cómo vasijas.

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Frivolidad

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Frivolidad es no entender,

si quiera imaginar,

que una silueta nos pueda hablar,

que la curva de un seno o un pectoral,

nos seduzca,

Que el recuerdo de un sabor,

hinche nuestra voluntad.

Que el susurro de un aliento,

arrobe nuestra imaginación.

Frivolidad, es negar,

incluso aborrecer,

que la visión de dos montañas,

o de un enorme cactus,

nos lleve hasta su cuerpo,

más abajo de su ombligo,

y deseemos perdernos,

y no encontrarnos hasta encontrarle.

Frivolidad, es la negación,

condenando sin perdón,

el embargo de descubrir sus ojos,

ora abiertos ora cerrados,

a cualquier altura de nuestra piel,

sentir su aliento en lo recóndito,

en lo abierto y en los labios.

Frivolidad, es tergiversar,

malversar y mal interpretar,

que la verdad,

nuestra verdad,

se halla en su compañía,

Que nuestra comunicación,

a veces muda,

muchas, asidos de la mano,

va más allá de un cruce de miradas.

Frivolidad, es ignorar,

discrepar y disentir,

que seamos capaces de ser felices,

sencillamente escuchando respirar,

nutriéndonos física,

mental y sexualmente,

con el calor de su aliento.

Frivolidad es trivializar,

que la visión de su perfil,

nos lleve a sonreír

embargados por su personalidad,

y el regalo de su cuerpo,

de él, de ella, hacia nosotros.

En esa exclusiva comunicación,

que ni es frívola,

ni es superficial.

Sino, perfecta y exclusiva,

tuya, mía, nuestra.

Frivolidad es frivolizar,

que nuestra relación,

aunque ocasional o continuada,

conlleva un para siempre,

una hermosa eternidad,

que nada sabe de obligaciones.

Y está repleta de derechos,

voluntades y, desde luego,

prestezas e inexplicables

y fascinantes sabores.

 

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¿Olvidamos “Vergüenza en la “Colonia Castells”?

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Pues, de nuevo, éste año están dos de los protagonistas sin vergüenza alguna del año pasado ¿Volverán a dar su espectáculo lamentable? ¿Cómo es posible que nadie les haya impedido volver a estar presentes? Tanto amor a la música y olvidamos, con una rapidez aplastante a aquellos que socavan con sus formas soeces de educación el respeto a un artista, claro, no hay que olvidar, como escucharéis en el vídeo que, parte del público, tiene exactamente la misma actitud y aptitud de los dos sinvergüenzas de los que hablé y denuncié hace un año. Os dejo lo acontecido hace ahora, un año.

La Colonia Castells nació en mil novecientos veintitrés como grupo de viviendas obreras para trabajadores llegados del sur peninsular, para trabajar en la fábrica de barnices y charoles Manuel Castells que, con el paso del tiempo, fue ocupada por anarconsindicalistas afiliados a la CNT. A buen seguro una época dónde los ideales, el respeto y, desde luego, la igualdad de género eran formas habituales en el devenir diario y que, como se pudo presenciar el pasado ocho de octubre en lo que dieron en llamar “Rock and Roll a la Colonia Castells, Festa Major de Les Corts”, se ha perdido completamente. Una fiesta con “Rock & Roll”, aunque se haya pretendido obviarlo, lleva implícita el consumo de grandes cantidades de alcohol y, desde luego, algunas substancias a las que se le deben más de una canción histórica. Sin embargo, campó a sus anchas la hipocresía tomada por un talante arcaico y retrógrado de aquellas recónditas pedanías del interior peninsular donde el hombre podía ser maleducado y la mujer tenía un valor poco más alto que el de una ennegrecida olla. Zafios patanes, lamentablemente sin género, esto es, sorprendentemente, también hubo zafias patanes, alzando la voz escandalizados porque, sobre el escenario, había una joven beoda. Una artista, música y compositora tan ebria como el resto del grupo, regalando su trabajo, un rock and roll puro y de una calidad incuestionable, que había aceptado formar parte gratuitamente del festejo para honrar a un vecino, al que ella llama “Papi Lu”, lamentablemente fallecido recientemente en un accidente de tráfico. No obstante, la beatería y la estulticia de una mayoría, algunos incluso revestidos con cuero negro, dieron pie a una situación grotesca, más plausible del mundo pacato de Mike Myers donde un obeso escocés de muy mal gusto y sin modales campa a sus anchas. Así es “Fat Bastard” en el original inglés, “Gordo Cabrón” en la traducción al idioma de Quijote, se encarnó en quien ya llevaba rato lanzando flatulencias orales, no sólo porque destrozara el idioma de Cervantes y aún más el de Josep Plá, cuando, “Stiff Cats”, que así se llama el grupo, se encontraba sobre el escenario regalando con su música a los presentes. Víctor Bejar, ascendió al inestable y carente de buen sonido entablado, con su descomunal figura de molesto personaje de la comicidad anodina y baladí, liberando su frustración de ente ubicado en la nimiedad de la irrelevancia social y la marginalidad de carácter asido, momentáneamente, a un instante de vacuo protagonismo. Y, no sólo lanzó ventosidades como, “Soy el puto amo y hago lo que me da la gana”, sino que, a empujones, con una Emily, la cantante, llorando ante la imposibilidad, no ya de acabar el repertorio que tenían pactado, sino, sencillamente, de cantar a capela la canción que había escrito para el honrado “Lu”. Echó a la banda del escenario, aun cuando un reducido grupo del público le pedía que les dejara tocar o cantar a viva voz ese último tema compuesto especialemente para “Lu”. No fue así, ese en el que, a buen seguro, se inspiraron para crear a “Fat Bastard o Gordo Cabrón”, asió el micrófono como si en ello le fuese la vida y con la hipocresía de la irrelevante importancia de un falso sentimiento barrial y una falsa responsabilidad infantil, comenzó, no a ladrar, pues el lenguaje canino aunque en ocasiones incomprensible, jamás daña los oídos. Sino a soltar flatulencias que quiso identificar como cantos con música enlatada, esto es, aquello que en muchos lugares entretiene por las noches a grupos eufóricos en estado ebrio frente a una pantalla donde leer la letra de las canciones. Ese personaje de soez imagen voluminosa, que socaba con su falta de personalidad la estética y el respeto merecido de cualquier otra persona con semejante voluminosidad, acorde con distintas voces de ambos géneros aparentemente defensores del libre albedrío, hizo uso de la fuerza, la humillación y, desde luego, la falsedad de haberse erigido en más que amigo del homenajeado. Y sustituyó, en nombre de la hipocresía, el talento, la buena música y, desde luego, el arte de “Stiff Cats”, a los que en más de alguna ocasión ha puesto en el compromiso de permitirle vociferar con ellos alguno de sus temas, por un impresentable “karaoke”. Un privado, unipersonal y chapucero gorgojeo que intentaba suplir la voz de grandes artistas al son de una música enlatada, al pairo de una parte del público que, si alguna vez tuvieron decoro, debió de quedar, al igual que el del mentado personaje, en el tintero de Mike Myers. O en las cuerdas rotas  y lanzadas a la basura de la guitarra de David Campos, profesional de la música y músico excelente a la altura de cualquier de los componentes de “Stiff Cats” que, quizá debido a la ebriedad, y tras el comentario de alguien del público alertándole de la posibilidad de ser expulsado del escenario, una vez se encontraba sobre éste con su grupo “Malpaso”, respondió, completamente tomada la voz por la melopea, -¡Sí, no vaya a ser que me pase como a la borracha que ha tocado antes!-. Un resumen, fidedigno, del lamentable espectáculo que ocurrió en una de las últimas Colonias de una ciudad, la siempre layetana, que parece haberse retrotraído a un tiempo y unas formas que nunca fueron nativas de éstas tierras. Donde el respeto, la libertad y, desde luego, el arte y el talento, nunca fueron pisoteados salvo por hipocresías foráneas con influencias de talante rojigualdo, representadas a la perfección por el mentado personaje “Fat Bastard o Gordo Cabrón” y, al parecer, instalada de forma vergonzosa en una Colonia cuya historia se encuentra muy lejos de flechas y yugos y sí muy ligada al carácter respetuoso del trabajador capaz de admirar y asimilar el arte, la buena música y, desde luego, el carácter eterno del “Rock & Roll”, representado esa noche únicamente por la incuestionable calidad de“Stiff Cats”.

Y qué mejor prueba de lo escrito:

 

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Independencia

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El deseo de independencia, no es un capricho costumbrista o un modismo, es el resultado de la impagable lucha del trabajador ante, no sólo la falta de resultados, sino frente a ese talante arribista e impositivo de un gobierno centrado únicamente en el enriquecimiento de sus miembros y en el sometimiento y explotación de aquellos que sustentan y sufragan cada centímetro del territorio. El sentimiento independentista, es la prueba viviente de la necesidad de un pueblo de sentirse valorado y liberado de la responsabilidad de mejorar social y económicamente cada día. En manos de aquellos cuya elección no signifique el libertinaje del latrocinio discriminado e indiscriminado parapetándose, no sólo con esa cortina de humo que es la Constitución, sino tras la imagen “simbólica” de una corona cuya campechanía ya hace mucho tiempo que no engaña a nadie. Mucho menos cuando hablamos de propiedad, no sólo los catalanes se sienten dueños de esa tierra que pisan, de cabo a rabo  desde los Pirineos hasta el estrecho, pasando por las ínsulas mediterráneas y atlantes, el sentimiento de pertenencia y posesión es análogo a todos. Olvidando, quizá, que la realidad heredada de aquel que se erigió como caudillo, es el traspaso de los bienes a un monarca, ésto es,el actual jefe de estado cuyo puesto recibió de su progenitor para, como éste, actuar de forma velada pero tangible como  rey. Gobernando “sus tierras” mediante la explotación a manos de unos habitantes que nos hemos tragado el placebo de la propiedad y pertenencia de una tierra que, en realidad, disfrutamos en usufructo para el beneficio del coronado.

El deseo de independencia, mal que pese a quien pese, es el resultado del fin de la paciencia de un pueblo, a buen seguro, más allá de las invisibles fronteras de ese nordeste colmado por el mutismo, necesitado de hacerse oír y notar. Ávido de un estado cuya realidad roce la del norteño país vecino, regido en su totalidad por miembros elegidos por el pueblo o el de allende ese atlántico convertido en diana del mundo entero pero, igualmente, construido por la voz de sus habitantes. Independencia, sí, de ese régimen ofensivo que habla de estado democrático incapaz de enfrentarse a cualquier protesta social con la palabra. De ese sistema corrompido desde su fundamento por la voluntad póstuma de un paladín de la violencia y el asesinato discriminado e indiscriminado, puesto en manos de un fratricida arribista cuya “campechanía” no era más que la máscara tras la que ocultar su totalitarismo y tiranía. Entregada a un retoño aleccionado cuya malicia le lleva a ocultarse tras el siseo de un fariseo correveidile cuya falta de talante y voluntad, además de criterio propio, recurre al envío de fuerzas armadas para intentar silenciar cualquier tipo de expresividad popular. Independencia, sí, por el anhelo de sentirse miembros importantes y fundamentales de la sociedad, pagados con el resultado honrado de su labor, sea ésta del tipo que sea, por la necesidad del derecho a elegir e, incluso, a equivocarse. Independencia, sí, por la indemostrable cura de la herida de unos grilletes, hoy en día invisibles, que llevan más de setenta años lacerando nuestros miembros. Cuya cizalla es ese deseo de independencia, de emancipación de un hogar que, como llevamos años sufriendo, dejó de ser hospitalario en aquel lejano año de mil novecientos treinta y seis.

 

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Kara (Fin)

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(Continúa)

-¿Y qué llamada era esa que tenías que hacer? –pregunta con voz taimada el asistente- Algún informe…

-Es un asunto… -comienza ella, callando a la vez que se detiene y obliga al joven a detenerse- … ¿Pero tú eres consciente de lo que acabamos de vivir? Un robot que…

-Holografía, no robot –le ataja el joven cambiando por completo de apostura, con expresión dura y decidida mirándola con altanería y desprecio- eres tan pacata que no te has dado cuenta que todo ha sido un montaje ¡Tú te crees que esa gilipollez de transformes existe! O que serviría para alg…

-¿Cómo te atreves a hablarme así? –le ataja ella ofendida y aún más altanera y despectiva, si cabe- ¿Un montaje? Pues no te queda nada a ti par… -no puede continuar, el revés de la mano del joven le cruza la cara lanzándola contra el suelo y, él mismo, sobre ella hasta colocar su hasta, poco antes, rostro amedrentado, rojo de ira y triunfo-

-¿Atreverme? Llevo casi un año soportando tus aires de superioridad y profesionalidad… Un año reprimiendo mis impulsos no sólo de cruzarte la cara, sino de eliminarte, pero, “El Impertinente”, como tú lo llamas, no me lo permitía hasta que no cometieras el error que estábamos esperando y… por una llamada, por una puta llamada, finalmente has caído en la trampa… -extrae un teléfono móvil de uno de sus bolsillos, y le muestra una grabación donde aparece ella hablando al vacío, gesticulando ostensiblemente y lanzándose hacia el suelo, es decir, la conversación que había mantenido con “El Impertinente”, pero sin él, ni la limusina y, mucho menos el transformer en las imágenes- …Quién va a creer en tu trabajo una vez que te vean hablando sola, tirándote por el suelo y saliendo corriendo aterrorizada en medio de un lugar cómo ese. ¡Nadie! Estás profesionalmente muerta y, además, “El Impertinente”… -mira el mensaje recibido en la pantalla del teléfono móvil- …ya ha conseguido que revoquen tu informe, tus trabajadores se van al paro y él adquiere la empresa y su infraestructura por un precio ridículo… -vuelve a mirar el texto de un mensaje entrante en su teléfono móvil y, sonriendo eufórico y triunfante, acerca sus labios al oído de ella y dice una última frase- …Luz verde para acabar contigo… Estás muerta.

“El Impertinente”, resaltando ostensiblemente por las reflexión de las luces de las cuantiosas farolas sobre el chándal verde fosforescente, la cinta en la cabeza color rosa y zapatillas deportivas color rojo fuego con lucecitas. Coloca unos auriculares inalámbricos en sus orejas y comienza a correr en dirección al gran parque que hay a dos manzanas del enorme loft en el que vive y que ha abandonado por una pequeña portezuela trasera. Sin prestar atención a ella que, con aspecto abatido, ensangrentada, un ojo morado, parte de la mejilla enrojecida, completamente despeinada y sucia, se abalanza sobre él tirándolo contra la acera hasta sentarse sobre su pecho con los brazos de él bajo sus rodillas a la par que coloca un ensangrentado cuchillo en su cuello.

-¡Aún estoy viva! –le espeta acercando su amoratado rostro y escupiéndole en la cara- Ese engreído que has mantenido a mi lado para controlarme, se ha olvidado que no hay mejor arma para una mujer que sus manos. Apretando sus ridículos genitales se le ha borrado la sonrisa idiota y ha tenido que ver, sin poder hacer nada, cómo le atravesaba el cuello con el mismo cuchillo con que él iba a matarme ¿Por quién me has tomado, “Impertinente”? –el hombre es incapaz de reaccionar, visiblemente sorprendido e, incluso, admirado, menos aún cuando ella, introduciendo la mano que no sujeta el cuchillo en el bolsillo del pantalón de chándal, casi convencido que sus genitales van a correr la misma suerte que los del asistente, ella extrae el teléfono móvil que él estaba utilizando como reproductor de música. Momentáneamente aliviado, aún cuando un pequeño hilillo de sangre comienza a recorrer su cuello procedente del afilado cuchillo.

-¿A quién llamas… A la policía? –pregunta él casi aliviado-

-¿A la policía, para qué? Llevo desde ésta mañana intentando hacer una llamada…

-¡Ah, esa llamada! –dice él, ya no tan aliviado- No podíamos dejar que hicieras ninguna por eso…

-Mira, no tienes contraseña en el móvil,…

-No ¿Para qué?

-Pues, para que otra persona no pueda efectuar una llamada, como me ha ocurrido con el de mi asistente… Bueno, era más tuyo que mío, después de matarlo me he dado cuenta de que tenía contraseña pero ya era tarde y… ¡Joder! El mío sin batería, el suyo con contraseñ…

-No, el tuyo no estaba sin batería, bueno, para el software sí… Con una aplicación puedes conseguir que otro teléfono, aunque tenga la batería llena modifique el software y…

-Claro, tenía batería, por eso me habéis localizado a través del localizador…

-Sí, lo que no creímos nunca es que siguieras las indicaciones de aquel hombre, pagado por mí claro, y que entrases en la zona industrial y…

-No me he dado cuenta, tenía que hacer la llamada y… Aún que es muy tarde, es de madrugada y… ¡Calla! –él, curioso por la naturaleza de la llamada, no iba a hablar más a la espera de que, ella, llevara a cabo la misma. Como así ocurre marcando con habilidad y celeridad el número sobre el teclado digital, tras escuchar un par de tonos de llamada, éste se corta y, en el instante en que se va a escuchar la voz al otro lado de la línea, el sonido amortiguado de un proyectil atravesando un silenciador, precede la destrucción del aparato de teléfono móvil. Y a la inmediata mudez de la mujer con la cabeza atravesada de un lado a otro por el plomo, arrastrando restos diminutos electrónicos hasta incrustarse en la base de la pared del loft. El hombre, echa a un lado el cuerpo inerte de la mujer e irguiéndose con rapidez, sin prestar a tención a la sangre que corre por su rostro y empapa parte de su llamativo chándal. Se dirige hacia una enorme silueta con un arma en mano de la cual aún sale un hilillo de humo.

-¡Joder! Podías haber esperado un instante, tenía curiosidad por saber de qué iba la puñetera llamada –vuelve la mirada hacia el cuerpo de ella y espeta divertido y triunfal- ¡Ay, Kara, Kara! Te llevas ese secreto a la tumba pero, yo, me quedo con el negocio en vida ¡Ja, ja, ja! Querías volar alto pero una paloma siempre será sobrevolada por un depredador,… -gira sobre sí mismo dirigiéndose hacia la portezuela que da acceso a su loft sin dejar de hablar a la inmóvil silueta del arma humeante- …hazla desaparecer, que no la encuentren nunca. Y cómprame otro teléfono… No, tráeme dos, por si con uno tengo problemas con la batería… En éste mundo de nuevas tecnologías, nunca se puede estar seguro… ¡¿Verdad, Kara?!

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