Fango

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Mediluca (Entre el país Luso (Portugal) y Cataluña) evocando a Mediterraneo (Entre tierras), fue un vergel transformado en erial sepultado bajo una pátina de fango convirtiéndolo, en honor al apellido de quienes dicen ser amos por herencia, en un fangal de insoportable hedor reinante. A buen seguro, los causantes y odoríferos responsables de tal atentado contra una tierra, fueron expulsados finalmente de su lugar de origen. Actualmente una comuna que intenta borrar el paso de aquellos que, ancestralmente, dejaron ver su talante arribista y, desde luego, como el barro, paciente, a la espera del momento en que la sequedad le permita hacer acto de presencia, aunque sin dejar de estar presente, incluso cuando el agua lo cubre todo. Se remontan a unos cuantos siglos atrás cuando, por arte de birlibirloque dejaron de ser vasallos, para convertirse en el que ha sido dado como título nobiliario más alto, a buen seguro, por alguna estratagema pagada con treinta monedas, con cuyos intereses, no sólo han conseguido hacerse con Mediluca, sino que, incluso, dicen ser monarcas de un reino inexistente en aquellas tierras donde los descendientes de otro autoerigido coronado, Arturo, y los hijos bastardos de los sucesores de éste, de allende el gran océano, enviaron por decisión “humanitaria” a los supervivientes de la no menos paranoica visión de un enano de ridículo bigote. Y, aunque hay quien ha intentado criminalizar a estos por hechos inexcusables como la práctica indiscriminada al tiro del proboscidio, realmente habría que centrarse, no sólo en su arbitrariedad, basada, una vez más, en indistintas artimañas político-criminales que, de entre ellas, a uno lo llevaron hasta treinta metros de altura. Sino en la desvergüenza de erigirse en adalides de una forma, la soberanía y derecho del pueblo a elegir y controlar a sus gobernantes, cuando, como ya se ha dicho hasta la saciedad, éstos jamás han sido elegidos por el pueblo. Si bien, tampoco se ha de olvidar que, una inexplicable mayoría de habitantes de Mediluca, mediluquenses sin luces, hacen honor a la finalidad de los autoerigidos autarcas, fangosos de pro. Esos mediluquenses y, como está a bien en éstos tiempos, mediluquensas, se han convertido en esa parte orgánica fertilizante del fango y, sin otra premisa que la de dejarse cegar por el brillo de una corona opaca y de cartón, cual la entregada con el pack infantil en alguna posada de comida rápida, hacerse un todo con éstos descendientes de hugonotes convertidos, no por la fé, sino por el ansia de gobierno y propiedad. Representantes, éstos cuyo apellido procede del término que, aún hoy en día, convertido en comuna, es el único elemento preponderante del lugar, fango, de la inteligencia sobre la estulticia, esto es, si quiera tuertos entre ciegos, sino topos entre lombrices. Helmintos subyugados bajo las perogrulladas estampadas con el boato medieval y el talante de unas venas que, si en algún momento han sido azules, fue gracias al afeite de la cópula, convirtiendo a Mediluca, a sus mediluquenses y mediluquensas, en fantoches de esperpentos cuyo adalid sesea de forma ignominiosa. Indigno representante de aquellos, más que lombrices, murciélagos, que han atisbado desde mucho antes que una “Pepa” fuese vitoreada en masa, la luz de la emancipación y, desde luego, la candela del albedrío sin regias trabas. Cierto es que, incluso allende Mediluca, lamentablemente, hay mediluquenses y mediluquensas, jamás ahítas y ahítos de ese fervor inmovilista que arremete contra la razón de quienes son incapaces por naturaleza de entender la existencia de éstos impregnadores de fango. No obstante, y aún con la beatería de quien no ha soportado el descaro del cacique pero empieza a ver sus formas, incluso algunos mediluquenses y mediluquensas se han alzado, han elevado, no incontestables preces, sino atronadoras premisas que, aún con la sutileza del emancipado de nevera llena y fiambrera de ida y vuelta, están consiguiendo alertar e, incluso, preocupar a quienes del lodo han hecho su doctrina.

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La mirada

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Aquellos trazos sobre el óleo le parecieron mucho más que mágicos, brochazos con el temperamento de su entrepierna y el carácter de su sonrisa. Cálidos y efervescentes a la par que fríos y calmos, mostrando la fuerza de su sexualidad, presente en su blanquecina y pecosa piel, tan atrayente para el sexo contrario, a veces maldita por ella misma pero siempre presente en su obra. Una creación exenta de modelos masculinos y repleta de féminas, dragones y motivos orientales, cuya reivindicación sin aparente objetivo concreto, plasmaba su enfrentamiento y repulsa a la servidumbre y consideración de objeto que esa otra parte del género humano había convertido a su género. Enfrentada, no a su sexualidad y, mucho menos, a la inherente sensualidad de su físico, aún oculto bajo oscuros ropajes, sino a esa falta de reconocimiento a ella como ente, como ser pensante y brutalmente creativo, le había enfrentado con aquellos que, obviamente, calibraban y premiaban el arte. Sobrevivía con pequeños contratos, especialmente para pequeñas publicaciones, y dando clases de arte a pequeños insuflando su carácter imaginativo y alegre. Fue uno de aquellos días cuando, a la salida del colegio donde daba clases extra-escolares,  literalmente tropezó con él. Provocando que su portafolios quedara esparcido sobre la grisácea acera y, él, presto a disculparse y ayudarla a recoger su excelso trabajo, no pudiera más que quedarse atónito ante lo que estaba viendo, sin siquiera mirarla ni un segundo. Sus obras, le dejaron boquiabierto e incapaz de pronunciar palabra hasta que, una vez todas recogidas e incapaz de entregarle una lámina donde parte de la cabeza de un dragón rojo, junto a una fémina caucásica ataviada con ropajes orientales acaricia el morro del enorme reptil rojo. Levantó con esfuerzo la vista del lienzo y los fijó en los avellanados ojos de ella, provocando que, ésta, perdiera por completo la compostura. La mirada del hombre, repleta de honestidad, admiración e incredulidad, llegó hasta lugares donde creía que nadie podría llegar. No pudo evitar morder sus labios inferiores aunque, al instante, aquella artimaña que le permitía casi siempre descolocar a su objetivo para, rápidamente, atacar con la rabia del sentimiento de subestimación, se dio cuenta que, por primera vez, no había sido forzado, como el repentino entrecruzar de sus piernas y el acaloramiento que sonrojó sus mejillas. La mirada de aquel hombre, más allá de ella como ente, mujer y provocación, había encontrado a la artista, a la creadora, a la controvertida personalidad del artífice, un ser sin género pero, evidentemente, subyugado a su lugar de especie. Aquella primigenia mirada, no fue más que el germen de cientos, miles, millones de miradas idénticas que llevó, a ambos, a un periplo que arribó hasta el reconocimiento, alza y posicionamiento de ella y su obra en un marco mundial donde, cualquier entendido o coleccionista de arte, debía tener una pieza de ella en posesión. Aquella mirada de reconocimiento y admiración del casual tropiezo, que tantas repercusiones tuvieron en el interior de ella, tras casi dos años después, jamás se había convertido en tacto, aunque ella continuaba sintiendo cada mirada de él, como amorosas e incitantes caricias en su blanquecina piel, no había sentido el calor de sus manos más allá del casual roce de sus dedos intercambiando lienzos o cualquier otra cosa o, bien, el entrechocar de sus palmas a cada pequeño o gran triunfo que habían compartido. Aquel hombre, un anodino oficinista incapaz de hacer la ó con un canuto, abandonó casi por completo su vida para apoyar el triunfo de la obra de ella sin pedir nada a cambio y sin dejar de mirarla como aquella primera vez. Profundamente, más allá de la órbita de sus ojos, en aquel lugar donde la expresión, la creatividad y, desde luego, el talento son puros. Una amalgama de nada capaz de crear un sinfín de todos capaces de arrobar el talante de cualquiera que observe su producto. Aquel hombre, con la misma naturalidad y admiración con la que había aparecido, desapareció, volvió a la anodina vida en un pequeño cuchitril entre otros muchos introduciendo información frente a una luminosa pantalla. Con la envidiable y eterna sonrisa de quien ha sido testigo de lo imposible y la actitud pletórica de la satisfacción vital. Un regocijo y una complacencia que, ella, huérfana y adicta, no ya a la inimitable e inigualable mirada de él, sino a su presencia, perdió paulatinamente. Su obra, dejó de ser prolífica, incluso, roce lo insustancial. Como si él hubiera robado aquel lugar desconocido, no sólo para los incorregibles adoradores de su género, sino para todo el mundo. La desaparición de él, de aquel aroma inexplicable que le acompañaba y que hinchaba sus fosas nasales provocando inesperados estallidos en su interior, de sus ojos, de un marrón ordinario tocados con un brillo excepcional capaz de enfocar la belleza del mundo. Se había llevado con él su talento, su talante y su ser, relegada a buscarle en cada esquina, en cada aroma, en cada tono de voz, en pares de ojos, muchos, de irresistibles colores pero, para ella, carentes de ese brillo con el que, él, era capaz de iluminarla. Y, esa falta de luminosidad, la arrastró a la oscuridad de la mala interpretación de la atracción de su cuerpo, su piel, blanquecinamente sensual, cayó en manos de ilustres admiradores o colegas artistas, a veces de género contrario, otras no, e, incluso arribó en muchos casos al cénit de la satisfacción pero, aún con millones de caricias y trillones de recorridos húmedos, nadie consiguió erizar su piel imberbe como lo había hecho la mirada de él. Una carencia que le llevó a abandonar el oxígeno que llenaba su ser, el tacto de los pinceles, el aroma del óleo, el sonido del carbón sobre el papel, la emoción de crear la obra en su mente y el sentimiento de realización. Refugiándose en la oscuridad de su ser, en las tinieblas de su estudio, hasta quedar agazapada sobre un blanco lienzo, dibujando con su agonía un collage de mil colores representando sus sentimientos y su carácter que, una vez descubrieron su apergaminado cadáver, cuando fue expuesto a modo de exposición póstuma con toda su obra. Era posible ver la indescriptible mirada de él, cual miles de manos, acariciando su cuerpo llegando a ese cénit, a veces, como sólo él consiguió, causado únicamente por una mirada capaz de extraer del ser lo más profundo y mejor de la persona. Provocando, eso sí, la orfandad del tacto, el desamparo del roce, el ahogo de la falta de aliento y el abandono del abandono. Una vez clausurada la exposición póstuma, para sorpresa de todos, cuando descolgaron la postrimera obra hallaron la indeleble y, a la par, intangible huella de una mano varonil sobre el lugar donde deberían estar los senos de ella y, al pie del enorme lienzo, el cuerpo inerte de un hombre que, más tarde, descubrirían era un anodino y anónimo oficinista.

 

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¿Qué?

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¿Qué hemos hecho? Qué hicimos en ese pasado inexcusable que nos ha transportado a un presente donde hay quién debe apostillar a cada segundo, no ya su importancia, sino incluso su existencia. Qué guarda el cerebro de ésta humanidad creadora de una subjetividad y discriminación, incluso positiva. Qué energía hincha las venas de quien, lamentablemente sin género ni raza, fomenta la animadversión hacia otros. Qué monstruosidad se creó a partir de aquellos clanes semi-desnudos descubridores del fuego y la rueda. Qué pasó desde aquellos pasos de supervivencia a éstas marcas de opresión y sometimiento al color de una piel o la diferencia genital. A qué poder supremo o amalgama de energías tenemos la desfachatez de responsabilizar de un comportamiento, a priori, insultantemente contradictorio para tal supuesta superioridad. Qué anhelo insano satisface la perpetuidad del martirio ajeno, la concentración vital de angustiar con la arbitrariedad de la inquina. Qué aversión podemos almacenar que necesita engrosarse con artimañas y ademanes vejatorios. Qué momento elegimos para transferir la irresponsabilidad natural de nuestro comportamiento en incumbencia y compromiso de conductas y procederes de otros. Qué click atronó nuestras mentes para creernos en posesión de una verdad cuya mentira es tan insostenible como la propia veracidad. Qué rayos pasó por nuestras mentes para diseccionar existencias por capacidades reproductivas, insólitos patrones estéticos o pigmentos naturales. Qué razones plausibles podemos argüir para defender actitudes enfrentadas a la propia personalidad. No hay “qués”, si quiera “porqués”, sólo miles de excusas vacuas utilizadas como muletas de nuestra inválida personalidad. Nulas identidades parapetadas tras la falsa acusación a la especie, a ese grupo animal que inicio su periplo sin “qués ni porqués” cuya degeneración, no racional, sino irracional, se enfrasca en distanciarse de un entorno que artificializa. De un origen cuyo ultraje no es otro que el de comer y dejar comer, una ascendencia donde la supervivencia se asentaba en la defensa del depredador y el peculio recolector, muy lejos de esa ansiedad por la soberbia y la vanidad o, como contraposición, la humildad y la bondad. Una procedencia que no necesitaba emanciparse de sí misma, carente de criterios gratuitos laceradores de voluntades y existencias. Un entonces, donde la importancia del uno mismo era idéntica a la de los demás, despreocupados de inexistentes bondades o maldades. Qué poder y, especialmente, de dónde y cómo, extrajimos de la chistera para justificar amedrentar a cualquier ser ajeno a nosotros. Qué porqué insolente se haya justificado en el victimismo o en todo lo contrario. Qué… ¿Qué? ¡¡¡¡¿Qué?!!!

 

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La falta de albedrío

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El siempre alejado horizonte marítimo, esa ilusa raya que separa el mar del cielo, hipnotizaba su mirada, que no su voluntad. Ésta, su constancia, no se hallaba enfocada en proyecto alguno, tampoco en una relación escabrosa o en un problema económico, sino en entender una vida, no sólo la suya, plagada de contradictorias estulticias. De eslóganes gratuitos, un tiempo atrás escritos en sobres de azúcar, en lemas extraídos de populistas filmes y en doctrinales aseveraciones camufladas bajo voces aparentemente insurrectas. Su vida, como la de todo el mundo, había estado repleta de ese supuesto comportamiento intachable donde el mal, ese concepto alejado de arrancar o martirizar la vida ajena, oculto tras una espesa nube de humo, debía ser evitado y, aún más, erradicado. Sin embargo, el bien, una percepción más que un propósito, era aún más confuso que el propio mal pues, no había duda, hacer bien las cosas, por ejemplo, en una casa, con unas normas y formas de una familia al azar, podía ser muy distinto de las de otra. Esto es, dejar abierta una ventana en un entorno familiar podría ser motivo de consideración malévola e incluso castigo cuando, en otro ámbito familiar, no sería más que un simple despiste no sólo no punible sino, además, incluso causante de chanza. Por tanto, extrapolando esa sencillez a valores más comunes y de mayor peso social y comunitario, cómo encontrar, realmente, la posición benévola o malévola, ambas, en sí mismas, serían posturas y formas correctas para quién las practicase. Esto es, una postura considerada benévola sería malévola para quién practicase la malévola y viceversa, por tanto, razonaba ella sin dejar de mirar con sus ojos marrones como las aceitunas antes de madurar a través de los ahumados cristales de sus lentes de sol la ilusa línea en la letanía, ajena al juego de la brisa con su corta melena castaña. Sin que, por ello, realmente, estuviese pasando una etapa de cuestionamiento personal, bien al contrario, no recordaba un instante de su vida en el cual no se hubiera planteado unas y otras razones. Y, lo que era peor, su elección, aquella que la había convertido en una persona mínimamente odiada o repudiada, es decir, como la gran mayoría de personas, en un individuo nada sobresaliente en cuanto a sus formas y maneras- ¿Era realmente la correcta y, aún más, había sido una elección cabal o sencillamente una postura acomodaticia? -Quizá, aquel era el punto en el que en demasiadas ocasiones la inmovilizaba frente a algún horizonte lejano, su falta de albedrío. Había sido adoctrinada casi antes de nacer en unas formas que ella no había podido reflexionar o argumentar, desde que recordaba, el simple hecho de desear algo por encima de los demás, había sido tachado como un comportamiento egoísta, con el consiguiente aleccionamiento, rapapolvo y, desde luego, con la indeseada repartición e, incluso en algunos casos, completa pérdida de lo deseado. Sin embargo, el mismo hecho llevado a cabo por un animal doméstico o salvaje era celebrado y, las más de las veces, hasta premiado con la insostenible argumentación de su supuesta condición no pensante. Un requisito, el de no pensar que, no sólo se extendía a muchísimos de sus congéneres, igualmente sometidos al escrutinio y corrección que había sufrido ella, convertido en justificación el cual, ella, dejó de compartir cuando, una vez convivió con animales, éstos le ofrecieron una visión bien distinta de la situación. Porque, en algunos casos, esos pequeños déspotas, no sólo como en realidad todo ser vivo, se preocupaban únicamente de lo que a ellos les hacía sentir bien, sin valorar al resto, no por ello dejando a un lado la sociabilidad y, desde luego, la ternura y el afecto e, incluso, la adoración. Además, su supuesta condición no pensante no les dispensaba de cavilar o sopesar aquello que llamamos imprescindible para cubrir las necesidades básicas, es decir, comida, apareamiento, si no han sido castrados, y sociabilidad o, en el caso de los no pensantes con chip o papeles y no documento nacional de identidad, el sentimiento de pertenencia a la manada, aceptando ciertas reglas impuestas para saltárselas a voluntad si quien las impone no es un descerebrado sin sentimientos. Por tanto, piensan y, si es así, no sería más correcto adoptar y, desde luego, mejorar esas formas animales en detrimento de las humanas, quizá heredadas de unos tiempos de difícil supervivencia, jactanciosamente confundidas por arbitrarias majaderías dogmáticas. Desde luego, impuestas a una libertad inalienable al simple hecho de nacer y ser un ente individual necesitado de arribar a un comportamiento, no tributado, instruido y exigido, sino elegido. Seleccionado tras la franca y resuelta experimentación del día a día, del insuflar y exhalar cotidiano, a veces, bien hinchando los pulmones con la límpida brisa campestre bien a pequeñas bocanadas sazonadas por polucionada corriente urbanita pero, siempre, tras la decisión del individuo. Tras la propia elección como la que, también, la tenía varada frente al azulado manto marítimo, -¿Empecé con el maldito vicio de fumar porqué quise o por estar a la altura de las circunstancias?-

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Va per tu, David Ocaña

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-¡Fantástico! ¡Genial!- Habría exclamado David Ocaña si el pasado día doce de enero hubiese asistido a su homenaje póstumo en la Sala Monasterio de la siempre Layetana ciudad. Es más, como la mayoría de los que asistieron, a buen seguro, aún estaría con las secuelas del fiestón que se hizo en su honor. Organizado por la inconmensurable pianista, compositora y mucho más que amiga de David, Assumpta Caihuelas y por el siempre presente respaldo, no sólo al mundo de la música, sino a los músicos individualmente, de Maite Cardó, enamorada de la destreza de David y, como todos los que han tenido la suerte de cruzarse en su camino, de él. Se reunió un numeroso grupo de amigos que, con un enorme esfuerzo, consiguieron apartar la amargura de limitarse a ver a David en las fotos, e hicieron lo que más le gustaba a él, aquello que había guiado su vida desde que tuviera recuerdo, disfrutar y vivir la música. Y, para ello, nada mejor que juntar a un montón de grandes músicos y bandas que compartieron escenario en algún momento con él. “Banda Paranoia”, “Doctor Muerte y sus Ekuaces”, “Decibelios”, un homenaje de su sobrina Janire con Assumpta al teclado, que consiguió que la atestada sala no pudiera por menos que sentir los pelos de punta. “La Banda Trapera”, “Morfi con Assumpta de nuevo al teclado”, un tributo al innegable gusto de David por el metal, con Miquel Jorbá, Antonio Blanco, Uri, Toni Nerviorroto y Manel Palacio. Tras los cuales les tocó el turno a  “Pedro Enrique Band” y, finalmente, “No Name Band”. Todos los que subieron al escenario, incluidos espontáneos, desde Pedro Enrique a Xavi Bon, Raúl Pulido, Jordi Subidas, Bolo, Fray, el gran Boris, Jaume Boticelli, Sisco, Pato, Yoan Pimienta, Josep Antoni Cánovas, Héctor, Iago Juan Torres, Dani, Antuán Asensio, Micky, jose Mª Ortega, Miguelón Díaz, Elba Romero, David Morchón, Leo Alcázar o Laura Díaz, dejaron sobre el escenario lo mejor de ellos mismos como persona en recuerdo de David. Cuya última ascensión al escenario, recordada por aquellos que tuvieron el privilegio de ser testigos, fue mucho más que memorable en “Jocker House Barcelona” como miembro fundador de “No Name Band”, banda que dió el cierre al escenario, que no a la noche. Compuesta par parte de sus fundadores, Pitu Parrado, Manel Palacio, Edu Rocket, Assumpta, con la inestimable aportación de  Aleix Costa y Rubén, y la colaboración de Miquel Jorbá en una versión de “My Way” de Frank Sinatra, que pasará a la historia por transportar la sala entera y parte de ese puerto Olímpic donde se encuentra, a un lugar donde sólo David pudiera oírlo. Un fin de fiesta cargado con ese calor que hacía sudar a David, el provocado por unos músicos volcados en dar lo mejor de ellos mismos, disfrutando de cada nota y cada estribillo para hacer vibrar al público, esa noche amigos, parientes y, por sobretodo, compañeros de vida de David. En una Sala Monasterio transformada, no sé si en Catedral pero, desde luego, en seo del amor a la música y a aquel que, no cabe duda, representaba todo ello, David. En una dedicatoria conjunta, bien levantando copas, rasgando cuerdas, golpeando bombos, apretando teclas, soplando el saxo o tras el micro, cuyo eco será eterno, “Va per tu, David Ocaña”.

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Foto Cartel: Ferran Siuró (http://www.ferransiuro.com/)

Fotos que plasman una noche única en los álbumes de:

Cristian Espinel

https://www.facebook.com/pg/EspinelPhoto/photos/?tab=album&album_id=495797307469581

 

Lucas Kornellá

https://photos.google.com/share/AF1QipOrbzQhIpRM4I-UWaCP4WhKkbFpjjlH0FrQchKjaPL_hxBiU_7PjcebwYqKyXIqSg?key=SzdYSXMwZzZvckhtVmNLLWZCdHpCNjk3R1NPZHhn

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El Cofre

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La casa, semi-derruida, había pertenecido a un familiar lejano, una rama de la familia perdida en los albores del tiempo que, inesperadamente, había aparecido a modo de herencia inesperada. Un legado que, además de quedar reducido a la casi demolida hacienda y a un cofre donde se hallaban unas hojas de papiro algo ajadas escritas en un lenguaje antiguo y protegidas entre planchas de metacrilato y un abultado sobre amarillento que, según el abogado que se había puesto en contacto con ella, para su desconocido pariente tenía un valor sentimental incalculable. Si bien, mientras ella miraba el interior del edificio, el abogado, atento, lo guardó en el maletero del coche de ésta, bajo una manta de viaje y junto a algunas bolsas cuyo aspecto hacía evidente el incontable tiempo que llevaban allí. Tras una rápida ojeada a la hacienda y sus terrenos todo giró entorno a poner a la venta la finca lo más rápidamente posible. Nueve meses más tarde, sentada tomando café en la terraza del bar más cercano a su casa, en el casco antiguo de la ciudad, respiraba aliviada por la venta de la casa y, descontando el obligado pago tributario, pensando en qué invertiría la suma que, si bien no muy cuantiosa, finalmente había resultado ser muy generosa. Cuando, frente a ella, sin previo aviso taza y plato de café con leche en mano, se sentó un hombre de aspecto taciturno, barba enmarañada igual que su larga melena castaña y mirada nerviosa de ojos marrones, visibles tras las lentes de cristal ahumado.

-Soy Cefas –se presenta el hombre con voz grave y susurrante- y tú tienes en tu poder unos textos escritos en arameo que heredaste de…

-¿Era arameo, cómo…? ¿Quién te ha dicho que tengo ese cofre?–le ataja ella nerviosa-

-No importa, finalmente lo he averiguado, y debes saber que esos papiros pertenecieron una vez a mi familia, aunque escritos por un antecesor tuyo fue un pariente mío quien los popularizó y…

-Casi acabo de descubrir que tenía ese pariente y tú hablas de antecesores como… Además, no sé ni dónde está el cofr …

-¡¿Lo has perdido?! –le interrumpe Cefas alterado a punto de tirar su taza y la de ella- ¡¿Tú sabes lo que significan esos papiros?! No sólo porque tienen un precio incalculable sino… ¡¿Tienes idea de su valor histórico?!

Ella se levanta ofendida y, sin mediar palabra, se aleja asustada mientras, el camarero, atento, detiene a Cefas que, con brusquedad y lanzando la mesa contra el suelo, ha intentado seguirla. Una vez pasado el momento de pavor y ya sintiéndose a salvo en su pequeño apartamento de un único ambiente con cocina y barra americana, mientras comprueba mensajes en el teléfono móvil, se detiene un instante mirando al vacío intentando recordar qué hizo con el cofre. Buscó en el pequeño altillo sobre el cuarto de baño e, incluso, bajó al pequeño trastero que tenía en el cavernoso sótano del ajado edificio, la antigua carbonera reconvertida en guardamuebles. Sin embargo, no lo encontró y, aunque el encuentro con el extraño Cefas, en un principio, al margen del susto, había provocado esa avaricia innata en el ser humano cuando alguien plantea la posibilidad de ganar dinero aparentemente fácil, si bien, tras sonreír ufana, volvió a su vida con la clara idea de que ya había tenido bastante suerte con la pequeña fortuna extraída de la venta de la hacienda heredada. Ésta le permitiría comprar el diminuto local que tenía alquilado y donde vendía y creaba su propia gama de bisutería y ropa e, incluso, el diminuto piso donde vivía, igualmente de alquiler como la plaza de garaje también arrendada. Gracias, precisamente, al abogado que se había puesto en contacto con ella para notificarle la herencia, poco más de un mes después, había conseguido sus principales objetivos, la compra de su hogar, del local y de la plaza de garaje y aún le sobró dinero para plantearse unas buenas vacaciones. La vida le sonreía, incluso en el plan amoroso, recientemente había entrado en su entorno y en su cama el amigo de una amiga que hacía años que conocía y que, una noche de celebración finalmente, según su amiga, habían llevado a buen fin lo que tendría que haber ocurrido mucho antes. Con ese pensamiento comenzó a abrir los candados de la pequeña persiana metálica que cerraba su tienda, cuando, a su espalda, volvió a escuchar la grave y susurrante voz de Cefas.

-¿Has encontrado el cofre? –le preguntó, ella se levantó rápidamente a la par que giraba sobre sí misma para encontrase con el afligido rostro barbudo del hombre-

-No, lo busqué pero no sé qué hice con él, la verdad.

Cefas, lejos de alterarse como ella esperaba, ya a la defensiva inconscientemente, dejó caer los largos brazos a cada lado de su cuerpo, cubierto con un largo gabán de cuero negro y, casi, pareció que iba a caer de bruces contra el suelo, completamente desesperado. Ella, incomprensiblemente apenada, le agarró por el brazo que, bajo la gruesa tela negra le sorprendió por su aparente fortaleza y musculación, y lo acompañó hasta la misma terraza donde le abordó la primera vez y, tras un par de tilas, finalmente él comenzó a hablar.

-Esos papiros fueron escritos por un ancestro tuyo, en sí mismo, el relato, no es nada excepcional, en aquella época, quizá lo fue, pero, no es más que una realidad ficcionada. Hasta ahí, su importancia, tanto histórica como económica, radicaría en su antigüedad, más de dos mil años, que ya le da un coste desmesurado. Sin embargo, lo que lo convierte en incalculable y, aún más, en amenaza mundial, es que es la prueba tangible de que estos últimos más de dos mil años están basados en un relato novelado. Una fantasía escrita por un hombre despechado, hermano del protagonista real, que fue utilizada, inicialmente, como prueba de los supuestos hechos acontecidos en aquella desorganizada Jerusalén. -Cefas calla un instante mirando fijamente a los avellanados ojos de la mujer, visiblemente perpleja e incrédula- Sí, por muchos papiros que se hayan encontrado de aquella ciudad y aquellos tiempos, todos ellos están repletos de contradicciones y confusos datos temporales. Aún más, si tenemos en cuenta que muchos de los textos desaparecidos y copiados incontables veces en otros idiomas posteriores, debían su acierto a la interpretación de unos escribas que, como cualquier historiador actual, carecían por completo de objetividad. Y la única copia conocida, aunque perdida hasta que te fue legada, es la que hay en ese cofre  por la que mucha gente, ancestros tuyos y míos, han muerto para mantenerla a salvo de acérrimos y conscientes defensores de esa farsa que ha modificado arbitrariamente nuestro pasado y nuestro futuro.

-Entiendo que quieras recuperar esa reliquia que… -ella se detiene un instante temerosa para continuar envalentonada- …me pertenece, la he heredado yo y que, si vale tanto como dices y, teniendo en cuenta tu aspecto, estoy convencida que cuando la encuentre no vas a poder pagarlo.

-Para ti no significa nada –sentencia Cefas-

-No, no significa nada, desde luego –sentencia ella también- Pero si me pagan una fortuna, como dices, ya ha empezado, no a significar, sino a valer mucho para mí. No creerás que, aunque me encante la vida que llevo, que me la he trabajado yo solita, salvo por la herencia que me ha ayudado no sabes cuánto ¿Voy a dejar la oportunidad de vivir muchísimo mejor? Tú hablas de esos papiros como si estuviéramos en un libro de Dan Brown… -Cefas evidencia no saber de quién está hablando- …si hombre, el que escribió el libro del que se hizo una película protagonizada por Tom Hanks, “El Código Da Vinci”… -Cefas parece comprenderla pero, aun así, su expresión perpleja la obliga a explicarse un poco más- …si temas de Jesús, de su muerte o no muerte, de… Temas de esos religiosos que, la verdad, me importan poco…

-¿No te importa que la vida de ese Jesús, entorno al que se ha creado nuestra civilización, no sea otra cosa que el protagonista de un relato de ficción? –le ataja él aún más incrédulo-

-Mira, yo tengo mi vida, me crie con una maldita educación católica basada en la culpabilidad y cuando fui capaz de erradicar todo eso de encima, conseguí ser feliz. Al margen de eso que, sí, ha afectado a mi vida, lo demás me da igual. Tú te crees, realmente, que a mí me importaría que se descubriese, bien por esos papiros bien por aquellos otros del Mar Muerto creo que eran, o por lo que fuese que ese Jesús no existió. No. Me da totalmente igual, una mentira más de las miles que nos han contado, sólo creo y me importa lo que veo a mi alrededor, más allá, como cualquier persona, estoy incapacitada a creer o descreer y, desde luego, aún menos a juzgar.

-Pero…

-¿Pero, qué? Todo eso sólo os importa a los creyentes y a los enfrentados a la Iglesia y, a ésta, como estamento, le jodería mucho, se les acabaría el chollo pero, la gente seguiría creyendo en él. Si se demostrase, como dices que es posible hacerlo con esos papiros, habría una pequeña hecatombe pero los que son creyentes, seguirían creyendo, quizá de una forma distinta, aunque no lo creo, pero mantendrían su creencia.

Cefas observa a la mujer sufriendo, quizá más por la sustitución en su rostro de una expresión de ofensa e incredulidad por otra de aceptación y casi de sometimiento a la conclusión de ella. No recuerda un momento de su vida o la de sus familiares, que no girase entorno a los papiros y la verdad que éstos guardaban. Aún más, siendo creyentes como lo habían sido siempre en su familia, quizá con el paso del tiempo una mezcla entre judaísmo y cristianismo adaptada a sus formas y situación, jamás se había planteado, no ya la relevancia de hacer público el contenido de los papiros, disfrutando de antemano de la caída de ese inexplicado estado llamado Vaticano y todas sus sedes, sino de la posible repercusión real en sus adeptos. Éstos, por primera vez lo veía de otra manera, seguirían creyendo, de alguna manera el mito subsistiría.

-Además –interrumpe ella sus pensamientos- ¿Tú crees que te iban a dejar ir más allá del inicial escándalo? Estás hablando de socavar los cimientos del mundo actual, para bien o para mal, éstos dos mil años de cristianismo y sus ramificaciones, no sólo han adulterado el ritmo de la historia como cualquier otra religión si hubiera podido, ésta mucho más es cierto, sino que han creado un auténtico estado armado y soterrado que acabaría contigo casi antes de hacerlo público. Y, si lo consiguieras, algo que tus familiares y los míos, que jamás conocí, no lo hicieron en un pasado, seguramente porque eran conscientes del peligro para sus vidas que suponía, estás dispuesto a arriesgar tu vida. Eso, sin olvidar, que las mayores mentiras convertidas en verdades para las masas, aplastan las verdades y eliminan al individuo.

-¿Y qué hacemos? –dice Cefas abatido-

-No sé –responde ella ufana- primero, encontrar el cofre, llamaré al abogado a ver si él me refresca la memoria y, después, creo que te mereces una comisión si consigues venderlos como algo muy antiguo ¿No? Porque si valen tanto como dices, guardarlos… No.

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Hidrofóbico polizonte

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Mis ojos otean el horizonte,

cada vez más cercano,

quizá sea éste el que me sorprenda,

y sigo allí, inmóvil.

En la quietud de la incertidumbre,

en la hiperactividad de la certeza,

en una constante cadencia

de mil ritmos átonos,

remarcando la carencia.

En un sonido disonante,

un traqueteo de herrumbre

exento de ese anhelo de proeza

y cargado de evidencia.

Manifestando mi mundanidad,

el anodino paso del paisano,

colega del tránsito estéril,

camarada de recorrido baldío.

Sin perspectiva de un confín,

extralimitado en una ocasión,

de ida y vuelta, sin aviso,

sin conocimiento ni intención,

para volver a esperar sin porqué,

y, mucho menos, porqué no.

Horadando terreno arado,

taladrando orificios abiertos,

carcomiendo polvo de madera

con la misma falta de expectativa.

En la quietud de la sinrazón,

en la lógica de la acinesia,

sin perder de vista un límite,

en la lontananza de la cercanía,

que dejó de tener sentido,

antes, incluso, del tajo umbilical.

De aquella primera bocanada,

que me convirtió en un alguien,

en un expectante del final,

de un acabose, quizá escrito,

¿Para qué, por qué y por quién?

Ilusa quimera de prepotencia,

donde no hallamos finalidad,

mucho menos razón

y, desde luego, autor.

Soy, como forma de entenderme,

no como descripción,

otro de esos millones de vacíos,

henchidos de un soy sin ser.

Aún oteando el horizonte,

con la sonrisa rota del engreído

que no acepta, no ya la derrota,

pues jamás hubo batalla,

sino, es evidente, la provocación.

Ese reto innato y vital

de todo ser vivo cuyo fin,

no es hacer senda,

sino formar parte de ella,

no de una manera existencial

y, mucho menos, “espiritual”,

sino, sencillamente material,

utilitaria, práctica y pragmática.

Y es, ese “sencillamente”,

el que convierte todo,

en un absoluto complicado,

inmovilizador y repleto de “no sés”,

“no puede ser” y “¿Para qués?”.

Eso sí, con la exculpación y la irresponsabilidad,

no del cándido infante,

sino del veterano chusquero

incapaz de aceptar su vacua impronta,

su adoptada dependencia procaz,

bajo una estulticia no aceptada.

Escondida tras esa espada de Damocles,

mal llamada destino,

permanentemente alzada sobre la línea del horizonte.

Esa que me mantiene inmóvil,

a su espera, como única certidumbre,

y exclusiva razón,

de un recorrido insustancial,

de un hidrofóbico polizonte.

 

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