La mirada

yeah

 

 

Aquellos trazos sobre el óleo le parecieron mucho más que mágicos, brochazos con el temperamento de su entrepierna y el carácter de su sonrisa. Cálidos y efervescentes a la par que fríos y calmos, mostrando la fuerza de su sexualidad, presente en su blanquecina y pecosa piel, tan atrayente para el sexo contrario, a veces maldita por ella misma pero siempre presente en su obra. Una creación exenta de modelos masculinos y repleta de féminas, dragones y motivos orientales, cuya reivindicación sin aparente objetivo concreto, plasmaba su enfrentamiento y repulsa a la servidumbre y consideración de objeto que esa otra parte del género humano había convertido a su género. Enfrentada, no a su sexualidad y, mucho menos, a la inherente sensualidad de su físico, aún oculto bajo oscuros ropajes, sino a esa falta de reconocimiento a ella como ente, como ser pensante y brutalmente creativo, le había enfrentado con aquellos que, obviamente, calibraban y premiaban el arte. Sobrevivía con pequeños contratos, especialmente para pequeñas publicaciones, y dando clases de arte a pequeños insuflando su carácter imaginativo y alegre. Fue uno de aquellos días cuando, a la salida del colegio donde daba clases extra-escolares,  literalmente tropezó con él. Provocando que su portafolios quedara esparcido sobre la grisácea acera y, él, presto a disculparse y ayudarla a recoger su excelso trabajo, no pudiera más que quedarse atónito ante lo que estaba viendo, sin siquiera mirarla ni un segundo. Sus obras, le dejaron boquiabierto e incapaz de pronunciar palabra hasta que, una vez todas recogidas e incapaz de entregarle una lámina donde parte de la cabeza de un dragón rojo, junto a una fémina caucásica ataviada con ropajes orientales acaricia el morro del enorme reptil rojo. Levantó con esfuerzo la vista del lienzo y los fijó en los avellanados ojos de ella, provocando que, ésta, perdiera por completo la compostura. La mirada del hombre, repleta de honestidad, admiración e incredulidad, llegó hasta lugares donde creía que nadie podría llegar. No pudo evitar morder sus labios inferiores aunque, al instante, aquella artimaña que le permitía casi siempre descolocar a su objetivo para, rápidamente, atacar con la rabia del sentimiento de subestimación, se dio cuenta que, por primera vez, no había sido forzado, como el repentino entrecruzar de sus piernas y el acaloramiento que sonrojó sus mejillas. La mirada de aquel hombre, más allá de ella como ente, mujer y provocación, había encontrado a la artista, a la creadora, a la controvertida personalidad del artífice, un ser sin género pero, evidentemente, subyugado a su lugar de especie. Aquella primigenia mirada, no fue más que el germen de cientos, miles, millones de miradas idénticas que llevó, a ambos, a un periplo que arribó hasta el reconocimiento, alza y posicionamiento de ella y su obra en un marco mundial donde, cualquier entendido o coleccionista de arte, debía tener una pieza de ella en posesión. Aquella mirada de reconocimiento y admiración del casual tropiezo, que tantas repercusiones tuvieron en el interior de ella, tras casi dos años después, jamás se había convertido en tacto, aunque ella continuaba sintiendo cada mirada de él, como amorosas e incitantes caricias en su blanquecina piel, no había sentido el calor de sus manos más allá del casual roce de sus dedos intercambiando lienzos o cualquier otra cosa o, bien, el entrechocar de sus palmas a cada pequeño o gran triunfo que habían compartido. Aquel hombre, un anodino oficinista incapaz de hacer la ó con un canuto, abandonó casi por completo su vida para apoyar el triunfo de la obra de ella sin pedir nada a cambio y sin dejar de mirarla como aquella primera vez. Profundamente, más allá de la órbita de sus ojos, en aquel lugar donde la expresión, la creatividad y, desde luego, el talento son puros. Una amalgama de nada capaz de crear un sinfín de todos capaces de arrobar el talante de cualquiera que observe su producto. Aquel hombre, con la misma naturalidad y admiración con la que había aparecido, desapareció, volvió a la anodina vida en un pequeño cuchitril entre otros muchos introduciendo información frente a una luminosa pantalla. Con la envidiable y eterna sonrisa de quien ha sido testigo de lo imposible y la actitud pletórica de la satisfacción vital. Un regocijo y una complacencia que, ella, huérfana y adicta, no ya a la inimitable e inigualable mirada de él, sino a su presencia, perdió paulatinamente. Su obra, dejó de ser prolífica, incluso, roce lo insustancial. Como si él hubiera robado aquel lugar desconocido, no sólo para los incorregibles adoradores de su género, sino para todo el mundo. La desaparición de él, de aquel aroma inexplicable que le acompañaba y que hinchaba sus fosas nasales provocando inesperados estallidos en su interior, de sus ojos, de un marrón ordinario tocados con un brillo excepcional capaz de enfocar la belleza del mundo. Se había llevado con él su talento, su talante y su ser, relegada a buscarle en cada esquina, en cada aroma, en cada tono de voz, en pares de ojos, muchos, de irresistibles colores pero, para ella, carentes de ese brillo con el que, él, era capaz de iluminarla. Y, esa falta de luminosidad, la arrastró a la oscuridad de la mala interpretación de la atracción de su cuerpo, su piel, blanquecinamente sensual, cayó en manos de ilustres admiradores o colegas artistas, a veces de género contrario, otras no, e, incluso arribó en muchos casos al cénit de la satisfacción pero, aún con millones de caricias y trillones de recorridos húmedos, nadie consiguió erizar su piel imberbe como lo había hecho la mirada de él. Una carencia que le llevó a abandonar el oxígeno que llenaba su ser, el tacto de los pinceles, el aroma del óleo, el sonido del carbón sobre el papel, la emoción de crear la obra en su mente y el sentimiento de realización. Refugiándose en la oscuridad de su ser, en las tinieblas de su estudio, hasta quedar agazapada sobre un blanco lienzo, dibujando con su agonía un collage de mil colores representando sus sentimientos y su carácter que, una vez descubrieron su apergaminado cadáver, cuando fue expuesto a modo de exposición póstuma con toda su obra. Era posible ver la indescriptible mirada de él, cual miles de manos, acariciando su cuerpo llegando a ese cénit, a veces, como sólo él consiguió, causado únicamente por una mirada capaz de extraer del ser lo más profundo y mejor de la persona. Provocando, eso sí, la orfandad del tacto, el desamparo del roce, el ahogo de la falta de aliento y el abandono del abandono. Una vez clausurada la exposición póstuma, para sorpresa de todos, cuando descolgaron la postrimera obra hallaron la indeleble y, a la par, intangible huella de una mano varonil sobre el lugar donde deberían estar los senos de ella y, al pie del enorme lienzo, el cuerpo inerte de un hombre que, más tarde, descubrirían era un anodino y anónimo oficinista.

 

yon raga kender

www.yonragakender.es

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