La falta de albedrío

fum9

 

 

 

El siempre alejado horizonte marítimo, esa ilusa raya que separa el mar del cielo, hipnotizaba su mirada, que no su voluntad. Ésta, su constancia, no se hallaba enfocada en proyecto alguno, tampoco en una relación escabrosa o en un problema económico, sino en entender una vida, no sólo la suya, plagada de contradictorias estulticias. De eslóganes gratuitos, un tiempo atrás escritos en sobres de azúcar, en lemas extraídos de populistas filmes y en doctrinales aseveraciones camufladas bajo voces aparentemente insurrectas. Su vida, como la de todo el mundo, había estado repleta de ese supuesto comportamiento intachable donde el mal, ese concepto alejado de arrancar o martirizar la vida ajena, oculto tras una espesa nube de humo, debía ser evitado y, aún más, erradicado. Sin embargo, el bien, una percepción más que un propósito, era aún más confuso que el propio mal pues, no había duda, hacer bien las cosas, por ejemplo, en una casa, con unas normas y formas de una familia al azar, podía ser muy distinto de las de otra. Esto es, dejar abierta una ventana en un entorno familiar podría ser motivo de consideración malévola e incluso castigo cuando, en otro ámbito familiar, no sería más que un simple despiste no sólo no punible sino, además, incluso causante de chanza. Por tanto, extrapolando esa sencillez a valores más comunes y de mayor peso social y comunitario, cómo encontrar, realmente, la posición benévola o malévola, ambas, en sí mismas, serían posturas y formas correctas para quién las practicase. Esto es, una postura considerada benévola sería malévola para quién practicase la malévola y viceversa, por tanto, razonaba ella sin dejar de mirar con sus ojos marrones como las aceitunas antes de madurar a través de los ahumados cristales de sus lentes de sol la ilusa línea en la letanía, ajena al juego de la brisa con su corta melena castaña. Sin que, por ello, realmente, estuviese pasando una etapa de cuestionamiento personal, bien al contrario, no recordaba un instante de su vida en el cual no se hubiera planteado unas y otras razones. Y, lo que era peor, su elección, aquella que la había convertido en una persona mínimamente odiada o repudiada, es decir, como la gran mayoría de personas, en un individuo nada sobresaliente en cuanto a sus formas y maneras- ¿Era realmente la correcta y, aún más, había sido una elección cabal o sencillamente una postura acomodaticia? -Quizá, aquel era el punto en el que en demasiadas ocasiones la inmovilizaba frente a algún horizonte lejano, su falta de albedrío. Había sido adoctrinada casi antes de nacer en unas formas que ella no había podido reflexionar o argumentar, desde que recordaba, el simple hecho de desear algo por encima de los demás, había sido tachado como un comportamiento egoísta, con el consiguiente aleccionamiento, rapapolvo y, desde luego, con la indeseada repartición e, incluso en algunos casos, completa pérdida de lo deseado. Sin embargo, el mismo hecho llevado a cabo por un animal doméstico o salvaje era celebrado y, las más de las veces, hasta premiado con la insostenible argumentación de su supuesta condición no pensante. Un requisito, el de no pensar que, no sólo se extendía a muchísimos de sus congéneres, igualmente sometidos al escrutinio y corrección que había sufrido ella, convertido en justificación el cual, ella, dejó de compartir cuando, una vez convivió con animales, éstos le ofrecieron una visión bien distinta de la situación. Porque, en algunos casos, esos pequeños déspotas, no sólo como en realidad todo ser vivo, se preocupaban únicamente de lo que a ellos les hacía sentir bien, sin valorar al resto, no por ello dejando a un lado la sociabilidad y, desde luego, la ternura y el afecto e, incluso, la adoración. Además, su supuesta condición no pensante no les dispensaba de cavilar o sopesar aquello que llamamos imprescindible para cubrir las necesidades básicas, es decir, comida, apareamiento, si no han sido castrados, y sociabilidad o, en el caso de los no pensantes con chip o papeles y no documento nacional de identidad, el sentimiento de pertenencia a la manada, aceptando ciertas reglas impuestas para saltárselas a voluntad si quien las impone no es un descerebrado sin sentimientos. Por tanto, piensan y, si es así, no sería más correcto adoptar y, desde luego, mejorar esas formas animales en detrimento de las humanas, quizá heredadas de unos tiempos de difícil supervivencia, jactanciosamente confundidas por arbitrarias majaderías dogmáticas. Desde luego, impuestas a una libertad inalienable al simple hecho de nacer y ser un ente individual necesitado de arribar a un comportamiento, no tributado, instruido y exigido, sino elegido. Seleccionado tras la franca y resuelta experimentación del día a día, del insuflar y exhalar cotidiano, a veces, bien hinchando los pulmones con la límpida brisa campestre bien a pequeñas bocanadas sazonadas por polucionada corriente urbanita pero, siempre, tras la decisión del individuo. Tras la propia elección como la que, también, la tenía varada frente al azulado manto marítimo, -¿Empecé con el maldito vicio de fumar porqué quise o por estar a la altura de las circunstancias?-

yon raga kender

www.yonragakender.es

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