El Cofre

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La casa, semi-derruida, había pertenecido a un familiar lejano, una rama de la familia perdida en los albores del tiempo que, inesperadamente, había aparecido a modo de herencia inesperada. Un legado que, además de quedar reducido a la casi demolida hacienda y a un cofre donde se hallaban unas hojas de papiro algo ajadas escritas en un lenguaje antiguo y protegidas entre planchas de metacrilato y un abultado sobre amarillento que, según el abogado que se había puesto en contacto con ella, para su desconocido pariente tenía un valor sentimental incalculable. Si bien, mientras ella miraba el interior del edificio, el abogado, atento, lo guardó en el maletero del coche de ésta, bajo una manta de viaje y junto a algunas bolsas cuyo aspecto hacía evidente el incontable tiempo que llevaban allí. Tras una rápida ojeada a la hacienda y sus terrenos todo giró entorno a poner a la venta la finca lo más rápidamente posible. Nueve meses más tarde, sentada tomando café en la terraza del bar más cercano a su casa, en el casco antiguo de la ciudad, respiraba aliviada por la venta de la casa y, descontando el obligado pago tributario, pensando en qué invertiría la suma que, si bien no muy cuantiosa, finalmente había resultado ser muy generosa. Cuando, frente a ella, sin previo aviso taza y plato de café con leche en mano, se sentó un hombre de aspecto taciturno, barba enmarañada igual que su larga melena castaña y mirada nerviosa de ojos marrones, visibles tras las lentes de cristal ahumado.

-Soy Cefas –se presenta el hombre con voz grave y susurrante- y tú tienes en tu poder unos textos escritos en arameo que heredaste de…

-¿Era arameo, cómo…? ¿Quién te ha dicho que tengo ese cofre?–le ataja ella nerviosa-

-No importa, finalmente lo he averiguado, y debes saber que esos papiros pertenecieron una vez a mi familia, aunque escritos por un antecesor tuyo fue un pariente mío quien los popularizó y…

-Casi acabo de descubrir que tenía ese pariente y tú hablas de antecesores como… Además, no sé ni dónde está el cofr …

-¡¿Lo has perdido?! –le interrumpe Cefas alterado a punto de tirar su taza y la de ella- ¡¿Tú sabes lo que significan esos papiros?! No sólo porque tienen un precio incalculable sino… ¡¿Tienes idea de su valor histórico?!

Ella se levanta ofendida y, sin mediar palabra, se aleja asustada mientras, el camarero, atento, detiene a Cefas que, con brusquedad y lanzando la mesa contra el suelo, ha intentado seguirla. Una vez pasado el momento de pavor y ya sintiéndose a salvo en su pequeño apartamento de un único ambiente con cocina y barra americana, mientras comprueba mensajes en el teléfono móvil, se detiene un instante mirando al vacío intentando recordar qué hizo con el cofre. Buscó en el pequeño altillo sobre el cuarto de baño e, incluso, bajó al pequeño trastero que tenía en el cavernoso sótano del ajado edificio, la antigua carbonera reconvertida en guardamuebles. Sin embargo, no lo encontró y, aunque el encuentro con el extraño Cefas, en un principio, al margen del susto, había provocado esa avaricia innata en el ser humano cuando alguien plantea la posibilidad de ganar dinero aparentemente fácil, si bien, tras sonreír ufana, volvió a su vida con la clara idea de que ya había tenido bastante suerte con la pequeña fortuna extraída de la venta de la hacienda heredada. Ésta le permitiría comprar el diminuto local que tenía alquilado y donde vendía y creaba su propia gama de bisutería y ropa e, incluso, el diminuto piso donde vivía, igualmente de alquiler como la plaza de garaje también arrendada. Gracias, precisamente, al abogado que se había puesto en contacto con ella para notificarle la herencia, poco más de un mes después, había conseguido sus principales objetivos, la compra de su hogar, del local y de la plaza de garaje y aún le sobró dinero para plantearse unas buenas vacaciones. La vida le sonreía, incluso en el plan amoroso, recientemente había entrado en su entorno y en su cama el amigo de una amiga que hacía años que conocía y que, una noche de celebración finalmente, según su amiga, habían llevado a buen fin lo que tendría que haber ocurrido mucho antes. Con ese pensamiento comenzó a abrir los candados de la pequeña persiana metálica que cerraba su tienda, cuando, a su espalda, volvió a escuchar la grave y susurrante voz de Cefas.

-¿Has encontrado el cofre? –le preguntó, ella se levantó rápidamente a la par que giraba sobre sí misma para encontrase con el afligido rostro barbudo del hombre-

-No, lo busqué pero no sé qué hice con él, la verdad.

Cefas, lejos de alterarse como ella esperaba, ya a la defensiva inconscientemente, dejó caer los largos brazos a cada lado de su cuerpo, cubierto con un largo gabán de cuero negro y, casi, pareció que iba a caer de bruces contra el suelo, completamente desesperado. Ella, incomprensiblemente apenada, le agarró por el brazo que, bajo la gruesa tela negra le sorprendió por su aparente fortaleza y musculación, y lo acompañó hasta la misma terraza donde le abordó la primera vez y, tras un par de tilas, finalmente él comenzó a hablar.

-Esos papiros fueron escritos por un ancestro tuyo, en sí mismo, el relato, no es nada excepcional, en aquella época, quizá lo fue, pero, no es más que una realidad ficcionada. Hasta ahí, su importancia, tanto histórica como económica, radicaría en su antigüedad, más de dos mil años, que ya le da un coste desmesurado. Sin embargo, lo que lo convierte en incalculable y, aún más, en amenaza mundial, es que es la prueba tangible de que estos últimos más de dos mil años están basados en un relato novelado. Una fantasía escrita por un hombre despechado, hermano del protagonista real, que fue utilizada, inicialmente, como prueba de los supuestos hechos acontecidos en aquella desorganizada Jerusalén. -Cefas calla un instante mirando fijamente a los avellanados ojos de la mujer, visiblemente perpleja e incrédula- Sí, por muchos papiros que se hayan encontrado de aquella ciudad y aquellos tiempos, todos ellos están repletos de contradicciones y confusos datos temporales. Aún más, si tenemos en cuenta que muchos de los textos desaparecidos y copiados incontables veces en otros idiomas posteriores, debían su acierto a la interpretación de unos escribas que, como cualquier historiador actual, carecían por completo de objetividad. Y la única copia conocida, aunque perdida hasta que te fue legada, es la que hay en ese cofre  por la que mucha gente, ancestros tuyos y míos, han muerto para mantenerla a salvo de acérrimos y conscientes defensores de esa farsa que ha modificado arbitrariamente nuestro pasado y nuestro futuro.

-Entiendo que quieras recuperar esa reliquia que… -ella se detiene un instante temerosa para continuar envalentonada- …me pertenece, la he heredado yo y que, si vale tanto como dices y, teniendo en cuenta tu aspecto, estoy convencida que cuando la encuentre no vas a poder pagarlo.

-Para ti no significa nada –sentencia Cefas-

-No, no significa nada, desde luego –sentencia ella también- Pero si me pagan una fortuna, como dices, ya ha empezado, no a significar, sino a valer mucho para mí. No creerás que, aunque me encante la vida que llevo, que me la he trabajado yo solita, salvo por la herencia que me ha ayudado no sabes cuánto ¿Voy a dejar la oportunidad de vivir muchísimo mejor? Tú hablas de esos papiros como si estuviéramos en un libro de Dan Brown… -Cefas evidencia no saber de quién está hablando- …si hombre, el que escribió el libro del que se hizo una película protagonizada por Tom Hanks, “El Código Da Vinci”… -Cefas parece comprenderla pero, aun así, su expresión perpleja la obliga a explicarse un poco más- …si temas de Jesús, de su muerte o no muerte, de… Temas de esos religiosos que, la verdad, me importan poco…

-¿No te importa que la vida de ese Jesús, entorno al que se ha creado nuestra civilización, no sea otra cosa que el protagonista de un relato de ficción? –le ataja él aún más incrédulo-

-Mira, yo tengo mi vida, me crie con una maldita educación católica basada en la culpabilidad y cuando fui capaz de erradicar todo eso de encima, conseguí ser feliz. Al margen de eso que, sí, ha afectado a mi vida, lo demás me da igual. Tú te crees, realmente, que a mí me importaría que se descubriese, bien por esos papiros bien por aquellos otros del Mar Muerto creo que eran, o por lo que fuese que ese Jesús no existió. No. Me da totalmente igual, una mentira más de las miles que nos han contado, sólo creo y me importa lo que veo a mi alrededor, más allá, como cualquier persona, estoy incapacitada a creer o descreer y, desde luego, aún menos a juzgar.

-Pero…

-¿Pero, qué? Todo eso sólo os importa a los creyentes y a los enfrentados a la Iglesia y, a ésta, como estamento, le jodería mucho, se les acabaría el chollo pero, la gente seguiría creyendo en él. Si se demostrase, como dices que es posible hacerlo con esos papiros, habría una pequeña hecatombe pero los que son creyentes, seguirían creyendo, quizá de una forma distinta, aunque no lo creo, pero mantendrían su creencia.

Cefas observa a la mujer sufriendo, quizá más por la sustitución en su rostro de una expresión de ofensa e incredulidad por otra de aceptación y casi de sometimiento a la conclusión de ella. No recuerda un momento de su vida o la de sus familiares, que no girase entorno a los papiros y la verdad que éstos guardaban. Aún más, siendo creyentes como lo habían sido siempre en su familia, quizá con el paso del tiempo una mezcla entre judaísmo y cristianismo adaptada a sus formas y situación, jamás se había planteado, no ya la relevancia de hacer público el contenido de los papiros, disfrutando de antemano de la caída de ese inexplicado estado llamado Vaticano y todas sus sedes, sino de la posible repercusión real en sus adeptos. Éstos, por primera vez lo veía de otra manera, seguirían creyendo, de alguna manera el mito subsistiría.

-Además –interrumpe ella sus pensamientos- ¿Tú crees que te iban a dejar ir más allá del inicial escándalo? Estás hablando de socavar los cimientos del mundo actual, para bien o para mal, éstos dos mil años de cristianismo y sus ramificaciones, no sólo han adulterado el ritmo de la historia como cualquier otra religión si hubiera podido, ésta mucho más es cierto, sino que han creado un auténtico estado armado y soterrado que acabaría contigo casi antes de hacerlo público. Y, si lo consiguieras, algo que tus familiares y los míos, que jamás conocí, no lo hicieron en un pasado, seguramente porque eran conscientes del peligro para sus vidas que suponía, estás dispuesto a arriesgar tu vida. Eso, sin olvidar, que las mayores mentiras convertidas en verdades para las masas, aplastan las verdades y eliminan al individuo.

-¿Y qué hacemos? –dice Cefas abatido-

-No sé –responde ella ufana- primero, encontrar el cofre, llamaré al abogado a ver si él me refresca la memoria y, después, creo que te mereces una comisión si consigues venderlos como algo muy antiguo ¿No? Porque si valen tanto como dices, guardarlos… No.

yon raga kender

www.yonragakender.es

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