Relato inacabado

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Su única posesión tangible eran los recuerdos, instantes vividos, muchos tristes, unos pocos alegres y, la mayoría, banales pero de una propiedad inajenable. Y a ellos recurría cual aristócrata recorriendo sus posesiones, con el semblante ufano y una seguridad aplastante. En los últimos tiempos, se había convertido en el único medio para evadirse de una realidad que tiempo hacía había dejado de entender, no ya únicamente por la situación política, que jamás había entendido, sino por todo en general. Su trabajo, si bien jamás había sido otra cosa que un método para tener ingresos, donde lejos de disfrutar y realizarse, había disfrutado de un ambiente distendido y relativamente jovial, aunque siempre exigente. Había cambiado a causa de una globalidad que acotaba las libertades y liberaba el latrocinio sin descaro, donde las grandes empresas eran saqueadas ignominiosamente por sus arribistas accionistas los cuales, con una desfachatez rayana a al escarnio, culpaban a los trabajadores de falta de ética y escaso rendimiento sometiéndoles al despido arbitrario. Una insostenibilidad que había convertido el trabajo en un lugar indeseable e inseguro provocando, constantemente, esa huida a los terrenos de la remembranza donde pasear rozando con sus manos los extensos prados resplandecientes de instantes y vivencias. Donde refugiarse sintiendo el aroma de la evocación y el sabor de la remembranza hinchiendo sus pulmones con el aire de la autoría. Sus ojos, en esos instantes, brillaban y se ampliaban aun cuando, inevitablemente, cerraba los párpados unos segundos, siempre prestos a ver aquel momento o aquel otro segundo. Sin embargo, inexplicablemente, ante su impávida mirada, el gran prado verde de reminiscencia, comenzó a marchitarse con celeridad inexplicable, hasta ser tomado por una completa negrura exenta de recuerdo alguno. Cual si una imposible noche sin Luna hubiera tomado la Tierra y en ésta fuese imposible encontrar un solo haz de luz blanca capaz de arrancar un destello de lugar alguno, proveyendo así una nimia y casi ridícula claridad que sirviera de guía. Recorrió su mente, cual si dentro de ella tuviera sus propios ojos, en busca de algún recoveco donde hallar alguno de sus recuerdos, alguna de esas vivencias que sirviera de mágica habichuela para volver a ver los ilimitados prados plantados con bien diferentes plantas representando momentos de su vida. Pero, esos ojos imposibles, no encontraron nada, sólo negrura, si quiera un brillo mate que le indicara quién era en realidad, nada.

Sin razón aparente, se había convertido en nada, sin recuerdos ni identidad era poco más que un trozo de plástico inservible. Pero, a la par, si quiera era consciente de ello, su nueva condición, casi vegetal, no le permitía pensar o sospesar su situación, era un ente sin recuerdos, una existencia sin tiempo y sin voluntad. Una herramienta más de esa llamada funcionalidad que empujaba a la humanidad a no plantearse absolutamente nada, convirtiéndose en meros eslabones de una cadena cuyos cabos no eran otra cosa que argollas colgando de unos pernos que mantenían a flote la realidad. Una interpretación de la existencia donde, sí, cabían los recuerdos y la remembranza y no eran impuestos e implantados en unas mentes impalpables. Representantes de esa injuria quimérica en que siglos atrás, la especie humana, en nombre de alguna cegazón doctrinal, había transmutado su esencia convirtiéndose en poco más que el relato inacabado de un soñador orate.

 

yon raga kender

www.yonragakender.es

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