¡Click!

interruptornegro

 

La sangre manaba de su costado y, en alguna película o en algún lugar había leído que, ese tipo de herida, era letal. Sentía el cálido líquido correr por su cuerpo y, al margen del dolor que había empezado a desaparecer, creía descubrir como su vida se marchaba en aquel reguero carmesí. Si bien, no la vida como algo abstracto y que, no le cabía duda, en realidad no era más que un concepto intelectual, tampoco esa vida que, cual si alguien manipulara un interruptor, cortase el hilo de energía por el que un cuerpo pasa a estar inerte. Sino, la vida, su vida, cada instante, cada momento vivido y vívido, cual si el pequeño curso bermellón fuese en realidad una vía y, sobre ella, un convoy de vagones transportara esos instantes. Vagonetas y contenedores, dependiendo de la relevancia de aquel momento, lapsus y eternidades que no podía identificar. Creía ver la larga caravana sobre los colorados raíles pero no podía evocar uno sólo de los momentos, su mente, ya saturada y adormecida, era incapaz de reconocer, si quiera, su propia identidad. Su mirada, vidriosa, no conseguía fijarse en punto alguno, comenzando a vagar en un entorno confuso y borroso donde las luces, molestas, incrementaban su capacidad a la par que desaparecían en una temeraria y lúgubre semioscuridad. Sus manos, adormecidas, intentaban aferrarse a inciertos asideros cuya textura, inicialmente férrea, casi al instante se convertían en poco más que consistentes pilares de humo de un cigarrillo. La consciencia, intermitente, gritaba un auxilio cuyo atronador alarido no iba más allá de su capacidad craneal de la que sí escapaba la inconsciencia, erradicando el dolor y la certidumbre de su inminente óbito. De una muerte que, llegado ese punto, si quiera podía dilucidar si era merecida o lamentablemente casual, sólo la pérdida de ese hálito, esa energía impalpable escapando, no por los regueros granates portando cada minuto y segundo de su periplo vital, sino fugándose por cada uno de los poros de su cuerpo. Exhumándola cual deportista preparándose para la gran prueba, para ese gran momento donde conseguiría el mejor de sus logros deportivos y cuyo esfuerzo queda latente en las humedecidas ropas y en la toalla que siempre portan. Sin embargo, en su caso, las ropas únicamente estaban mojadas por su propia sangre y era incapaz de elevar una toalla con la que secarse el sudor. Consciente que habría sido poco más que banal, pues ese vigor que asemejaba escapar cual ratas de un barco a punto de hundirse, se dispersaba a su alrededor y, casi, como los vagones y vagonetas, por tanto su tiempo, podía ver como al poco de abandonar su cuerpo, frío y casi en rigor mortis, estallar cual pompas de jabón a pocos centímetros de su evasión. Los convoyes, pues había varios, se desplomaban tras un breve recorrido recogiéndose en semicirculares formas que, a poco, se estampaban contra la grisácea acera estallando en miríadas de colorada nada y, su fuerza, su vigor vital, su personalidad, al fin y al cabo, igualmente estallaba a pocos centímetros de su evasión. Energía y conocimiento desparramadas en una nada que si quiera, sus más allegados, podrían recibir o captar aunque se encontraran a su lado. Cual foco de gran potencia encendido en la oscuridad más cerrada, la consciencia, los restos del discernimiento que conseguían golpearse contra los límites de su capacidad craneal, antes de hallar ese resquicio por el que evadirse, golpeaba su inconsciente a modo de trágico mensaje. No había convoyes, no había energía y, lo que era aún peor, no había habido vida, sencillamente, cual vara de incienso, un espacio lineal consumido de una u otra manera sin relevancia alguna. Si quiera el aroma de ese polvo aglomerado consumido por el calor iba a endulzar las papilas olfativas de nadie, la irrelevancia de su existencia, aun cuando hubiese podido quedar en la historia gracias a algún logro científico, literario o social, iba a quedar esparcida momentáneamente a su alrededor. Para convertirse en una nada repleta de mil nadas que no iban a llegar a nada, si quiera a esa nada que algunos, ingenuos, afirman palpar. Nada había marcado su existencia iniciada, como todos, no sólo en una loca carrera donde únicamente uno era el ganador, como siempre, sino, también, en la otra parte, paciente, en espera de ese triunfador. De una loca carrera y una pausada espera, con el tiempo, de esa unión en una nada más palpable, inhaló el primer aliento y, de ahí, a ese último a punto de exhalar, poco más que podía considerarse que un filtro atmosférico y productor de abono. Una especie de aparato de aire acondicionado portátil, a buen seguro con los filtros sucios, a punto de ser transportado a algún punto de reciclaje para una última dispersión que pudiera servir para otros aparatos de aire acondicionado o bien para un último alejamiento y receso. No había más, sólo esperaba el postrero e identificativo ¡Click!, del vetusto e iluso interruptor cortando finalmente el hilo de energía.

-No vas a morir –atronó una grave y femenina voz tremendamente sensual, en un eco distorsionado abriéndose paso entre la indescriptible bruma de su entendimiento. El cual, le llevó hasta aquel primer amor que erizó cada uno de los vellos de su piel para, acto seguido, a su enésimo único amor silueteado por la plomiza luz de alguna lamparilla de mesilla de noche. E, inmediatamente después, cual si se encontrará en un  polvoriento archivo ignorando las espesas telas de araña, buscando en los metálicos cajones con nerviosismo, todas las figuras mitológicas y doctrinales que ayudaban a recorrer el último tramo. Ese camino, en el que jamás había creído en su existencia, que le llevaría hasta un lugar donde reposar eternamente. Esa eternidad justificada únicamente para su especie y cuyo peso, cuya materialidad, asemejó caerle encima como una losa, abatiendo aún más el resquicio de consciencia a punto de expirar. Un final, incluso deseado, anhelado y exigido, por su repentina cobardía, no aquella que, como ser vivo, se revelaba y huía de esa inminente realidad de desaparición, sino, la humana, la del ofensivo amilanamiento del no creyente en una existencia tras la muerte aferrándose a indemostrables y, en su opinión, inexistentes fantasías de eternidad. Aprehendiendo la realidad de una voz identificada como femenina cuando, tampoco masculina, había sido neutra, la del tono de ambigüedad de su difusa y perturbada consciencia, aquella que había atronado siempre en su cerebro y que jamás se había reconocido. Por lo tanto, no había sido más que una estrategia lamentable y cobarde de su falta de aceptación a la intrascendente y baladí existencia, la suya, igual que la de cualquiera pero, la suya especialmente. La pusilanimidad de su egotismo y egocentrismo, por otro lado común y casi esperado en cualquier ser vivo, se estaba convirtiendo en la última vagoneta del inacabable reguero carmesí convertido a sus ojos en raíles y convoyes. En ese postrero hilo de energía escapando de su cuerpo para estallar, cual pompa de jabón, a pocos centímetros de su cuerpo, sin culpabilidad ni arrepentimiento, con la sencillez de quién no quiere morir ni escuchar el maldito, concluyente e inaudible ¡Click!

 

yon raga kender

www.yonragakender.es

[¿`+¡`_ ´)´¿ ¡¨,[

 

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