Aliento

aliento

 

La rojiza línea del horizonte, siempre presente y eterna, le alentaba del inicio de un nuevo día, una nueva jornada en la que, una vez más, su decisión debía de mantenerse firme. Sin embargo, firmeza, en cierto modo, era lo último que necesitaba porque requería y precisaba un poco de aliento. Uno concreto, cargado con aquel calor y aquel aroma que, tantas veces, había hecho que su piel se erizase y, no sólo había provocado un rocío físico, sino que, en la mayoría de los casos, éste, había sido mental. Cuán gratificantes eran aquellos cálidos hálitos que henchían sus pulmones, ensanchaban su sonrisa e iluminaban sus ojos. Abiertos como platos atisbando otras realidades, otras formas o, todo lo contrario, las mismas formas y las mismas realidades vistas a través de un prisma, el suyo, enriquecido con el calor de un suspiro. De varios, a veces, muchos y propios, exhalados e inspirados con un nuevo valor, siempre con su propiedad pero revalorizados hasta límites que jamás habría imaginado. E imaginación, nunca le había faltado, si bien, ésta se disparó con aquel compendio de resuellos inesperado, aparecido de ningún lado, capaz de aunar espiraciones y soplos propios y ajenos en un torbellino, a veces vertiginoso, en el cual se sintió mucho más que a gusto. Con identidad y, a la vez, sin filiación, en un continuo vahído aposentado en su estómago. Un aturdimiento que, aunque le aportaba serenidad, calma e, incluso, sensatez, finalmente le provocó ofuscación y alejamiento. Cual estupefaciente, si bien la parte alucinógena, le había transportado a cotas inesperadas e inexploradas, mantenerse en ellas a continuidad le imposibilitaba aferrarse, no ya a la realidad, sino a su propio equilibrio. Una estabilidad con barandas donde asirse en las zonas empinadas y bastones para las llanas del camino. El vuelo sin motor que aquel aliento cálido y hogareño le había proporcionado, conllevaba venturas difíciles de afrontar, instantes de una soledad caldeada por las últimas brisas de esas candentes inhalaciones, en vigilia anhelante por las venideras ardientes que arrastrarían los gélidos restos del desamparo. No obstante, aquel límite colorado, el perenne aviso del amanecer, siempre le transportaría a esos instantes donde, conociendo las limitaciones, no existían restricciones y su piel se erizaba con el simple pensamiento de orearse con su aliento.

yon raga kender

www.yonragakender.es

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