El Tato (Bosquejos II)

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-¿Me puedo ir ya? –le ataja con desdén Tato provocando la ira, especialmente del que tiene aspecto de pueblerino creyente que eleva la mano asiendo la pistola con la clara intención de golpearle con ésta. Sin embargo se detiene, la calle aunque aún desierta por la hora temprana, comienza a ser surcada por madrugadores trabajadores que, involuntariamente, impiden que el policía acabe su gesto de agresión-

-Lárgate, ya. Y, cuando veas a Antonio, reza para que Dios te perdone tus pecados porque si no, irás directo al infierno.

 

Esa última frase del policía de aspecto de rockero que, no sólo Tato sino cualquiera, habría esperado del otro, resuena en su cerebro a cada paso que le acerca a su casa, evidentemente no por la connotación religiosa, sino por la evidencia velada y tácita en la frase de haberse convertido en el grano en el culo de un inesperado asesino sin escrúpulos.

 

-¡Coño! –gritó involuntariamente cuando giró la esquina para dirigirse a su casa y vio a uno de los dos hombres que acompañaban esa noche a Antonio y que desaparecieron con mucha rapidez junto a sus acompañantes y la de Antonio, detenido frente a su puerta. Le estaban esperando sin disimulo alguno pues, cuando quiso retroceder, se encontró topando con el otro hombre que acompañaba a Antonio, el cual a la par que le agarraba del brazo con una mano enorme como una tenaza, emitía un silbido de llamada que, el otro, reconoció en el acto y casi sin mirar se dirigió célere hacia ellos.

 

-Antonio quiere hablar contigo –comenzó diciendo el que le sujetaba con una voz tremendamente grave a la altura de su rostro de durísima barba rasurada y ojos azules impenetrables-

-Te vas a venir con nosotros y… -continúa el otro con voz igualmente grave y rostro traicionero que muestra el gran esfuerzo alimenticio y físico que realiza para no dejar salir el obeso que es en realidad. Si bien, es atajado por el paso de un coche patrulla acercándose con lentitud y que lleva al que lo tenía sujeto a soltar la tenaza que tiene por mano e, involuntariamente, liberar a Tato que, lentamente, comienza a alejarse de ellos ante la no disimulada atención de la pareja de policías.

-Tato, no te vayas tenemos que ir a comprar los recambios para el coche –dice en voz no muy alta el de la mano de tenaza provocando que, el coche patrulla se detenga junto a ellos, mientras Tato, se aleja lentamente.

-¿Algún problema? –dice el policía tras el volante-

-No, no, nuestro amigo que es un despistado y se ha olvidado que habíamos…

-Quedado, sí –le interrumpe el policía mirando a ambos de arriba abajo ataviados con trajes a rayas hechos a medida sin ninguna clase y después a Tato, ataviado con un pantalón rojo de algodón, zapatillas negras de esparto y una blusa blanca- No tenéis el mismo sastre ¿Verdad?

-Nosotros dos, sí –responde con aspereza el de la lucha contra su innata obesidad-

-Ya me parecía a mí –zanja el policía a la par que su compañero desciende del coche y se detiene junto a su puerta y él, igualmente desciende sin cerrar la portezuela- Les importaría enseñarme su documentación, por favor.

-¿Por qué motivo? –dice el de la lucha contra su innata obesidad, respaldado por la apostura del otro.

-En principio porque me viene saliendo a mí de los cojones, ahora, eso sí, estaría aún más encantado si os negáis. Hay unos yonquis en el calabozo que están muy aburridos y les vendrían bien un par de payasos sin gusto como vosotros para reírse un rato.

Tato observa desde lejos, no puede escuchar su diálogo, pero sí percatarse como el de la lucha contra su obesidad innata detiene al otro colocando una mano en la pierna de éste y como, ambos, entregan sus documentos al policía que, con ellos en la mano, se introduce en el coche mientras su compañero, en pie al otro lado del vehículo, protegido por éste, muestra a éstos con descaro cómo su mano derecha se encuentra sobre la liberada arma reglamentaria en la pistolera. Tato no necesita ver más, le urge sopesar lo que está ocurriendo con algo de alejamiento y decidir cómo recuperar sus cosas e, incluso, la posibilidad de marcharse de la isla. Comienza alejarse pensativo ajeno a su entorno, aún más a la furgoneta que surca la estrecha calzada y que tras pasar junto a él, se detiene se abren las portezuelas traseras, de éstas asoman dos hombres que le agarran con celeridad de los brazos y le hacen desaparecer en el interior del furgón antes de cerrar las portezuelas y continuar circulando. Tato abre los ojos con esfuerzo, no sólo por el único rayo de sol que se cuela por algún diminuto orificio del lejano y abovedado techo del oscuro y húmedo sótano donde se encuentra, dándole directamente en los ojos. Sino por el dolor de cabeza que le produce el golpe que lo dejó sin sentido. A su alrededor, distintas siluetas negras, cómo él, en el sucio y encharcado suelo de piedra, se mueven cual pacientes de un hospital tras una larga operación, emitiendo acongojantes gemidos que ponen la piel de gallina a Tato. Intenta incorporarse con lentitud, sin embargo, unas cadenas y grilletes agarradas a unas argollas en el suelo le tienen casi inmovilizado contra éste. Aterrorizado, intenta liberarse gritando desesperado pero, tras unos segundo en los que provoca que sus muñecas y tobillos comiencen a sangrar a causa del oxidado hierro de los cepos. Exhausto, vuelve a mirar su entorno y así mismo, percatándose de su completa desnudez al igual que de aquellos que, silueteados, cerca de dieciocho figuras, se mueven con esfuerzo y dolor en la misma posición que él, inmovilizados contra el suelo. Su mente vuela al último recuerdo, alejándose de su casa y de los dos matones de Antonio frente al coche patrulla y, después, oscuridad, precedida por el dolor en sus brazos en los que, si no hubiese oscuridad, podría ver la huella de la presión de unas vigorosas manos agarrando con fuerza. No puede pensar más, una bombilla de bajo voltaje colgada del lejano techo ilumina inesperadamente, permitiendo ver unas lejanas escaleras de obra por las cuales desciende una persona. El resto de figuras parecen encogerse y gemir de pavor, mientras Tato, sorprendido, comienza a gritar esperanzado.

-¡Hola, socorro! ¡Ayúdeme! ¡Hola, por favor, aquí! ¡Socorro! ¡Ayúdem…!

La visión frente a él de quien creía podía ayudarle, le deja completamente mudo. Casi esperaba a los secuaces de Antonio, a éste mismo o, incluso, a los dos policías que le habían acosado pocas horas antes. Nunca a Graciela, casi silueteada por la pobre luz de la bombilla a su espalda, pero completamente reconocible frente a él, ataviada con extraños y ceñidos ropajes de cuero negro, repleto de tachuelas acabadas en punta, al igual que el látigo de nueve puntas metálicas que porta en una de sus manos.

-¿Te gusta el modelito, Tato? –dice ella sin esperar respuesta… (Continuará)

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“El Tato” (Bosquejos)

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…poco más de una hora después de que se fuese el Flaco, completamente colocado cerveza en mano, frente a dos policías de paisano que, tras interrogar a Yaiza, muy asustada por la presencia de los policías, le interrogarían a él sobre el asesino de el Jaco.

 

-Podías haberte vestido ¿No, sucio hippie de mierda? –le espeta el más alto de los agentes con pinta de rockero americano. El Tato que, realmente, no se había enterado de la presencia de la pareja hasta que Yaiza, a punto de marcharse, le dijo quiénes eran y que a ella ya le habían interrogado-

-Estoy en mi casa, puedo estar como me apetezca- responde el Tato, con mucho tiento tapándose con la sábana-

-¿Tú casa? Cuándo te echen seré el primero en estar ahí fuera para recordarte lo de “Mi casa”, escoria de mierda. Aquí, a ésta que no es tú casa, venía muchas veces el Flaco, el camello canarión con pinta de Don Quijote drogata, así que, por cojones tenías que conocer a el Jaco por lo tanto, tienes que saber quién lo mató aquí en “tu casa”–dice de nuevo el agente con pinta de rockero, sin dejarse llevar por la expresión de asco que cruza su rostro ante las estampa de el Tato. Desnudo sobre el colchón, apenas tapando su entrepierna con una roída sábana blanca, rodeado por la máquina de escribir sobre una caja de madera, libros, hojas de folio escritas y muchas en blanco, otra caja, ésta de cartón, a modo de mesilla de noche sustentando una botella irreconocible por el resto de la cera de incontables velas de bien distintos colores, rodeada por paquetes de tabaco vacíos y alguno lleno, mechero y una pequeña pipa en el deteriorado dormitorio de ajadísimo papel de pared verde con casi irreconocible estampado floreado con cenefas-

-Ya lo dije en Comisaría, no ví a quién lo mató –responde lo más convincentemente que puede el Tato. Sin embargo, quizá no por falta de convencimiento sino por una seguridad atestiguada, el otro agente, éste con aspecto de pueblerino creyente, correctamente vestido con americana, corbata y corta mata de pelo peinada con la raya a un lado, se lanza contra él y asiéndolo del cuello le obliga a ponerse en pie, a la par que extrae una pistola y la encañona en la boca del estómago-

-Seguro que lo habrás visto en las películas lo doloroso que es un tiro en el estómago, dicen que es una de las muertes más dolorosas y… -se detiene un instante acercando su rostro con los ojos inyectados en sangre al de el Tato, casi sin aliento y avergonzado porque, como dice el dicho, “todos los ahorcados…- …¿Eres maricón? ¿Te pone tenerme tan cerca? ¿Te va el masoquismo? Eres un mierdas, así que, no nos mientas, esto no es la península, aquí la policía hace lo que le da la gana y no necesita justificarse. Ni siquiera cuando es algo justo como el tiro que le metieron entre ceja y ceja, al hijo de la gran puta que dio gofio por caballo. Así que por pegarle un tiro en el estómago a un mierdas cómo tú, te aseguro que no me van a meter en la cárcel ni me van a acusar de nada ¿Fue el gitano canarión quién mató al Jaco?

 

Con brusquedad lo lanza contra el colchón, a la par que guarda la pistola y, limpiándose las manos en los pantalones de vestir, se coloca junto a su sonriente compañero. Mientras observan a un Tato, todavía con los síntomas de las drogas y el alcohol, intentando aparentar serenidad, a la vez que esconde su inesperada exaltación física, respondiendo con la voz pastosa.

 

-¡Waw! Se me ha puesto tiesa, sí que tiene que molar echar un polvo mientras te asfix… -célere, el agente con pinta de pueblerino creyente le suelta un manotazo provocando que la cabeza de el Tato golpee contra la pared. Dolorido y humillado, tras unos segundos en los que cree que la cabeza le va a estallar, a la par que consigue recuperar el equilibrio y sentarse enfrentado a la pareja policial, continúa hablando como si no hubiese ocurrido nada, aunque con la misma voz pastosa- No sé por qué coño el Jaco entró en la casa por la parte de atrás, aunque aquí nadie lo conocía, lo habíamos visto sí, pero no era amigo de nadie de los que vivimos aquí en “nuestra casa”. Y, como ya dije, me acojoné y me escondí bajo el saco de dormir, así que no ví nada, no sé quién coño lo mató…

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Jason

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La guitarra de aquel Jimi Hendrix que inmortalizó un tema cuyo autor se pierde en la oscuridad del mundo de la música, sonaba inconfundible como el tono del cantante con su “Hey Joe!” casi resbalando por los regueros de sangre de sus brazos goteando sobre el cadáver descuartizado de su mujer. En su caso, no la había matado por ningún tipo de infidelidad por parte de ella, como así lo hizo Joe en la canción de Jimi, sino por el simple placer de hacerlo. De sentir sus manos, tras asestarle un par de puñaladas, entrando en el interior de ese cuerpo que tan loco le había vuelto sexualmente, y dejarse arrastrar por el calor de sus entrañas mientras la penetraba profusamente. Golpe a golpe de su pelvis contra la de ella, extrayendo vísceras y tripas a las que besaba como si se tratase de los aún calientes finos labios de su rostro o de su entrepierna. Empapándose de la calidez del líquido bermejo antes de que se volviese frío como el turgente y voluptuoso cuerpo que tantas veces había recorrido por el exterior, sin si quiera dejar un resquicio de aquella cálida piel sin recorrer con sus labios, saboreando cada milímetro, cada poro de aquel hermoso recubrimiento que le había guardado, hasta ese momento, un interior que había conseguido llevarle hasta un cénit de frenesí tal que no pudo hacer otra cosa que, casi, refugiarse en ese interior, tras vaciarlo colocándose en posición fetal como si hubiera vuelto a la matriz materna. Renaciendo, al ritmo de aquella guitarra tocada hasta con los dientes, y observando el descuartizado cuerpo a sus pies, mientras la sangre corría ácrata por todo su cuerpo desnudo resbalando en pequeñas y grandes gotas hacia un suelo donde, por tercera vez, y sin siquiera tocarse esa última vez, dejó escapar, primero un cartucho acuoso y después, pequeños proyectiles fluidos, hasta acabar con un par de perdigones de afeite que resbalaron por la aún erecta superficie rojiza hasta caer sobre el suelo enrojecido cuando, sonriente y apartando con la mano parte del flequillo acartonado de su rostro, giró sobre sí mismo y abandonó el dormitorio.

Cuando, una semana más tarde, junto al atónito vecino que alertó del insoportable hedor que emanaba el apartamento contiguo, diferentes  miembros de la policía se encontraron tras derribar la puerta con el macabro espectáculo del cuerpo destrozado y destripado tomado por los siempre esperados gusanos y los autoinvitados ratones y cucarachas, él se hallaba a más de mil quilómetros de distancia. Con la cabeza rapada, lentillas color marrón sobre sus inconfundibles ojos verde esmeralda, ataviado con ropas de obrero inglés de principios del siglo pasado que hoy en día se habían convertido, casi, en objetos de lujo, caminando por la calle con un grupo de ocho acólitos de aspecto similar, igualmente rapados y muchos de ellos con llamativos tatuajes centrados en aquella cruz procedente de una cultura, paradójicamente casi en su totalidad de tez oscura, en la cual hubo quién creyó que la intromisión del protohabitante europeo fue la responsable de la creación del original símbolo hindú. Entraron, con él a la cabeza, en un local de evidente fin lucrativo sexual y surcaron con rapidez los micro escenarios con redondas barras verticales o bien sin ellas, rodeados por ávidas y lujuriosas almas de todos los rangos sociales lanzando billetes a las bailarinas ligeras de ropa o bien ya sin ella, conscientes que sería lo más cerca que estarían esa noche, y muchos de ellos, todas las noches de un turgente cuerpo femenino. El grupo, cual hatajo de cafres, si quiera prestó atención a las camareras, igualmente medio desnudas, surcando los corredores sobre patines haciendo imposibles equilibrios con las bandejas o bien a las que se encontraban tras las dos barras sirviendo las copas, con celeridad desaparecieron tras la puerta marcada con el letrero dorado con anodinos caracteres negros componiendo la palabra “Ofice” junto a los servicios. Y entraron en un pequeño despacho de apenas cuatro metros cuadrados donde, incluso en el suelo, sobre la mesa y las sillas se repartieron los ocho acólitos, mientras él desaparecía por otra puerta y entraba en un espacio rayano a los sesenta metro cuadrados, completamente circular decorado al más puro estilo cabaretero sin gusto con una cama circular como eje de operaciones del dormitorio-despacho, sobre la que yacían tres mujeres representativas de las tres razas y un enjuto y extremadamente delgado hombre caucásico, igualmente desnudo como el trío de féminas, mostrando con desparpajo unos atributos desproporcionados y llamativos no únicamente por su extrema delgadez. Abandonó la cama al son del coro de lamentaciones de las tres mujeres, tributando el excelso don reglado por la naturaleza y, tras hacer una seña al inesperado invitado, se sentaron en un impactante canapé de mil colores, enfrentado a una soez mesita de centro cuyo paño de cristal traslúcido reposaba sobre una alarmante estructura de metal forjada cual si fuese una enorme vagina abierta con dentadura de tiburón, sobre la que reposaban diferentes teléfonos móviles, un ordenador portátil y dos botellas de vidrio sopladas en dos distintas formas representado la formas delantera y trasera del cuerpo de un hombre donde, las nalgas tenían un líquido transparente y el bálano de un tono cobrizo, junto a dos vasos anchos impolutos. Sin decir nada, pero dando a elegir con la mirada a su invitado, el enjuto zumbón segmentario vertió del traslucido para él y del oscuro para su invitado, antes de catar con concupiscencia su licor e iniciar el diálogo.

-Después los quiero muertos, los ocho –dice el enjuto hombre con una voz profunda y grave inesperada por su apariencia- Que te ayuden a…

-Te dije que debías ir con más cuidado –comienza él con condescendía primero y después airado- pero no, “Big Dick” tenía que convertir la unidad en grupo ¡Y luego pasa lo que está pasando!

-No te cabrees, Jason –dice Big Dick mirando la máscara de hockey ensangrentada idéntica a la que porta Jason Voorhees en la película “Viernes 13”, colgada en la pared frente a ellos entre diferentes elementos fálicos de entretenimiento adulto- si en realidad, al margen que es cierto que me he equivocado, eres como él… ¿Sierra eléctrica? (Continuará)

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Esbozos de una historia sin nombre (18)

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…El solar abandonado ha sido tomado por indigentes que, en su creatividad, han creado con palés, armazones de madera y plástico empleados en el movimiento de carga, auténticos barrios residenciales, con sus calles, porches e, incluso, pequeños jardines. Cuya creatividad ha erradicado del olvidado rincón basura y desecho sustituyéndolo por vida y color, por donde, desorientada, camina Jones, con los brazos cruzados para mantener el calor bajo la chaqueta negra de cuero. Hasta arribar a un elaborado porche de madera recubierto por una enredadera con flores lilas de campana, por entre las cuales es posible ver en números romanos pintados a mano en color rojo, el número setenta y dos. Bajo el cual, sentado en una restaurada mecedora de mimbre, un hombre de amplísima y cervecera barriga oculta bajo la tela de una camiseta blanca sin mangas con manchas de comida y café sobre un número tres, una equis, un número ocho, el símbolo de más y otro número tres pintados a mano en color azul marino muy toscamente. Tocado con un severa calvicie hasta más abajo de la coronilla, donde asoman un puñado de grasientos y casposos pelos negros, con hebras del tabaco de pipa de la cual extrae largas bocanadas. Jones, observa al hombre que no esconde, aún tras las lentes de cristal ahumado casi opaco por el uso con forma de pera, la mirada directa y algo soez a la parte de la anatomía de ella que parecen sostener los cruzados brazos.

-¿Teht? –pregunta algo taimada la exoficial de policía-

-¿Tengo pinta de judío? –responde despectivo el hombre, excusándose rápidamente- No es que sea antisemita o algo así, no vaya usted a pensar mal de mí.

-Soy investigadora y me han informado que, en el número setenta y dos de éste… -abre los brazos y gira a un lado y otro sobre la cintura en clara alusión a su entorno- …¿Barrio? Encontraría a Teht ¿No es usted?

-¿Eres poli? –casi escupe el hombre, regodeándose con la expresión de ofensa inicial de Jones-

-Lo fui, ahora soy investigadora y…

-Así me llaman unos que vinieron de las tierras palestinas así que, si han sido ellos los que te han informado, sí, soy Teht ¿por qué?

-¿Podría decirme dónde estuvo usted el veintidós de diciembre? –el hombre la observa curioso y divertido antes de responder-

-En el mismo sitio que desde hace más de un año, aquí, sentado tranquilamente, ya no me muevo más que para comer, cagar o mear, dormir y colocar la compra que pido por internet, la tecnología me ha facilitado mucho la vida, hasta tengo un sistema automático para regar la enredadera ¡Ja, ja, ja! –la estentórea carcajada da impulso a la mecedora y, con ésta, sus reblandecidas carnes bajo la camiseta provocando un momentáneo gesto de rechazo en el rostro de Jones, del que se rehace para continuar su interrogatorio-

-Ya veo que no se mueve demasiado y ¿Sabe usted que otro Teht podría ser, además de usted?

El hombre, claramente hastiado y molesto con la mujer, da un par de largas aspiraciones a la pipa, extrae el humo con parsimonia a la vez que, con una obscenidad buscada, se rasca estentóreamente una entrepierna que, a priori, asemeja invisible bajo la enorme barriga y, cuando consigue dar presencia mucho más que latente al objeto de su procacidad, eleva la montura de las lentes de sol con la otra mano sin soltar la pipa y, mirando directamente a los ojos de Jones, con unos ojos marrones completamente muertos, espeta tajante para volver a su compostura inicial.

-¡Cómeme la polla maldita madera!

La reacción inicial de Jones es lanzarse sobre el desaguisado y grosero hombre, sin embargo, consigue reprimir sus cerrados puños abriéndolos como medida de relajación y, girando sobre sí misma, se aleja despacio por el inesperado laberinto de callejuelas de tierra hasta arribar a una calle sin salida donde, sobre un portón de madera parapetado, como el resto de las construcciones, por palés, se encuentra un enorme número setenta y dos en color blanco muy ajado y apenas perceptible sobre la no menos desgastada y sucia madera pintada en color marrón. Y, justo en el centro del portón entre el número siete y el número dos, cual si hubiera emergido de la misma madera, descubre un pequeño hombre sentado con las piernas cruzadas sobre sí mismas,  la cabeza baja, ataviado con un llamativo chándal color rojo con tres franjas blancas a los lados al que parece faltarle únicamente la etiqueta de recién comprado. Entre sus pequeñas manos sostiene un teléfono móvil táctil del que, a la par que eleva la cabeza para mirar con sus profundos ojos negros a Jones, comienza a emitir música punk, acorde con su fanhawk rosada, la cresta resalta tremendamente sobre su rostro casi infantil, carente de los rasgos de enanismo, y a la par de una longevidad indescifrable y aturdidora.

-¿Me buscabas? –dice el pequeño hombre con susurrante voz profunda rota por agudos tonos cual si se tratase de un niño a punto de cambiar la voz-

-¿Tú eres, Teht? –pregunta Jones ufana e incrédula-

-Yo soy un Teht –responde sonriente el pequeño hombre- ¿Sabes qué significa Teht?

-Es una letra del alfabe…

-En turco significa roca grande desgastada por la erosión, y qué es el punk, rock desgastado por el hastío y el inconformismo, así que, sí, soy Teht.

Jones, si quiera le responde, gira sobre sí misma para reandar sus pasos e intentar encontrar la salida del solar convertido en inesperado barrio residencial de palés, deteniéndose al instante para no atropellar al pequeño hombre. Frente a ella completamente rígido, apenas llegándole la parte más alta de la rosada cresta de su cabeza a la parte baja de sus senos, mirándola con una amplia sonrisa mostrando claramente la alegría que le provoca la sorpresa de ella. La cual, gira sobre sí misma para mirar hacia donde se encontraba el pequeño hombre y de nuevo a éste frente a ella.

-¿Cómo has hecho eso? –consigue espetar dando un paso atrás para alejarse de él-

-Buscas a Teht y sólo piensas en cómo he podido ir de allí aquí ¿Ya no importan los “no” nueve asesinatos? ¿O los “no” miles de asesinatos a lo largo de la historia? –Jones se lanza airada sobre él asiéndolo de la pechera y acercando el rostro hasta casi escupirle en sus contradictorias facciones infantiles y longevas-

-¿Qué sabes de los asesinatos? ¡Cuéntame! ¡Habla!

-¡Uff, cuánta ira! –dice divertido el pequeño hombre soltándose con facilidad y volviendo, inexplicablemente, a encontrarse sentado entre el número siete y el número dos del enorme portón, centrado en la búsqueda de canciones en su teléfono móvil-

-Pero ¿Qué…? –acierta a decir Jones sintiéndose ridícula y ofendida durante un instante por su posición doblada por la cintura asiendo un vacío con el objeto de su ira, inicialmente desaparecido de su vista, y encontrado, también inicialmente, observando su incómoda postura, sustituida con la misma velocidad con una media vuelta erguida sobre sí misma mirando fijamente al extraño hombrecillo-

-Aún no te has dado cuenta de la realidad, Jones –comienza el hombrecillo haciéndose oír por encima de la estruendosa canción dedicada a una reina por una banda autodefinida como los pistoleros del sexo- que no es otra que… No es bueno pedir pero más malo es robar…

-¿Qué te tengo dicho enano pedigüeño? ¡Y apaga esa puta música! –atruena la voz de Bronsón en su pequeño bar dirigiéndose al pequeño hombre ataviado con un chándal rojo y una cresta rosada apostado frente a una ausente Jones sentada en una de las mesas frente a su ordenador portátil y la copa de anaranjado mejunje italiano en la mano-

-¡Ya me voy grandullón, ya me voy! –termina diciendo con voz grave salteada por tonos agudos cual niño a punto de cambiar la voz el pequeño hombre a la par que abandona el local, observado por una Jones aturdida e incrédula, incapaz de explicar lo que está sucediendo sin dejar de mirar, aún más desorientada, a Bronson tras la barra con su eterno vaso mate por el uso lustrado con el no menos omnipresente trapo con sus enormes manos de ébano y al pequeño hombre, a través de la puerta, alejándose dando pequeños salto cual si se tratará de un niño… (¿Continuará?)

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Esbozos de una historia sin nombre (9)

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…La pequeña plaza, adoquinada y, aunque remodelada, aun con aquella patina ancestral de ser uno de los centros neurálgicos del viejo barrio, aparece entre soportales apuntalados, balcones quebradizos con tendederos repletos de ropa desgastada, molinillos con forma de canario o de colores, al son de una mezcla de música moderna, religiosa o de algún locutor cuya dicción se haya repleta de adjetivos. Salteado por lejanas y amortiguadas voces de queja, alegría y algún que otro estribillo repleto de profundas inhalaciones y exhalaciones. En el centro, la escultura de algún olvidado escultor, mostrando el cuerpo semidesnudo de una sirena, convertida en colgador para las camisetas y mochilas de los críos jugando al fútbol. De las niñas, unas también jugando al futbol, otras saltando a la comba, otras, junto a niños, jugando al pilla pilla, mientras los abuelos, obligados por la ley antitabaco, se ven obligados a disfrutar de sus partidas de cartas o de dominó en las pequeñas terrazas de los tres bares que pugnan por llevarse una porción de sus pensiones. Chicos y chicas, algunos malcarados, la mayoría con esa imborrable expresión de saberse parte de un sistema que no les permite si quiera soñar, apuran sus horas de adolescencia y juventud sentados en los cuatro bancos públicos al ritmo de litronas y al aroma de unos humos que van más allá de su corta edad. La pequeña plaza, un submundo dentro de un submundo que pertenece a otro submundo extirpado de una realidad que poco tiene que ver con sus vidas. Centrados en su micro sociedad, los jóvenes, muchos de ellos avergonzados por el eco de las voces de sus madres hablando con alguna vecina o soportando los desplantes de sus maridos, otros ajenos a todo, más allá de esa pronta calada o ese beso robado a unos labios tan inocentes como los suyos, no prestan atención, a la figura que cruza la calle cual peregrino medieval encorvado, con un sayo desgastado de esparto color azul, apoyado en un rugoso bastón que ayuda a lento caminar de unos pies calzados con sandalias guiado por unos ojos ocultos bajo la capucha. Un  instante de interés, por parte de todos, acostumbrados a la visita esporádica de turistas o de algún conciudadano despistado, además de las constantes apariciones de aquellos que, sin hogar, vagan de una plaza a otra, en busca de comida o limosna, a veces intercambiada por música enlatada o esperpénticas representaciones teatrales con la que intentan amenizar y laborar esas limosnas. Sin embargo, ese rápido vistazo de todos, evidencia que el anciano medieval no está más que de paso y, a falta de posible espectáculo, todos vuelven a sus vidas sin prestarle más atención. Éste, cuando llega junto a la devaluada escultura de la sirena, se sienta cabizbajo al pie de ésta, entre ropas infantiles y mochilas, con las piernas cruzadas, así se mantiene cerca de veinte minutos, hasta que uno de los varios balones le golpea en la cabeza. Sin emitir una queja, eleva la cabeza y en la oscuridad de la capucha es posible entrever unos profundos ojos grises y una sonrisa cariñosa iluminada por la blancura de su dentadura. Los niños no le prestan mayor atención, pasado ese instante en el que esperan gritos y maldiciones tras golpear a alguien con su balón, sin embargo, pasado ese instante, el anciano se yergue mostrando su elevada estatura, rayana a los dos metros, sobresaliendo por encima de la escultura, echa hacia atrás la capucha mostrando una larguísima melena blanca, al igual que su barba, igualmente blanca desapareciendo en el interior del sayo. Cuando se despoja de éste, es posible apreciar, no sólo que la melena cana arriba casi hasta el suelo, al igual que la barba, arrastrando entre las sandalias, o el cuerpo atlético y completamente desnudo de un joven treintañero, como muestra su rostro amable y atractivo, un instante antes anciano y ajado, sino la enorme cornamenta girada que aparece como por arte de magia naciendo desde su cabeza. Justo en el instante en que Lili, aparece por entre los soportales dirigiéndose directamente hacia él, como hipnotizada por su presencia y su ser. Caminando despacio cruza la pequeña plaza, sorprendentemente, sin romper la rutina de sus habitantes, sin que ni uno de ellos fije la mirada no ya en el hombre, sino en la enorme cornamenta y, mucho menos, cuando Lili llega hasta él y lo abraza con la profusión de los enamorados en busca de esa fuerza que parecen emitir los cuerpos amados entre sí. Absorbiendo esa fuerza, ese calor indescriptible que igualmente puede ser frío pero hincha el ánimo de ambos. Un abrazo roto por el lejano grito de hastío de un hombre quejándose por la falta de su café con leche sobre la mesa que, para comidilla y burla de casi todos los habitantes de la plaza, deja a una Lili ridículamente abrazada al vacío a punto de perder el equilibrio sobre la ninguneada escultura de la sirena. Salvada por la inesperada mano, sorprendentemente encallecida aunque con manicura perfecta, de un hombre ataviado con traje a medida rayano al metro noventa, de semblante sereno y anguloso, pelo cano y ojos color marrón oscuro.

-Salvada –dice el hombre con humor-

-Gracias, no sé qué me ha pasado –dice avergonzada Lili-

-Es normal tanto pelo blanco y cuernos… ¿Qué crees que esconde la barba en la entrepierna? –Lili le observa sorprendida, aunque hay picardía y desenfado en su pregunta, es evidente que hay mucho más allá del simple chascarrillo- No te alarmes, Lili, hace mucho tiempo que conozco su existencia.

Ambos intercambian una mirada inteligente, ajenos a las curiosas de los eternos ocupantes de la plaza, a quienes ha llamado poderosamente la atención la figura del hombre de evidente y comodísima escala social, como si esperasen que de sus bolsillos comenzaran a hacer billetes y monedas que ellos pudieran recoger. No obstante, de nuevo, no son más que unos instantes hasta que la llamativa pareja, ella con su sombrero de ala ancha y su largo abrigo y él con su aspecto de dandi recién salido de alguna de las mansiones hollywoodienses de las películas, toman asiento entre juegos de cartas y dominó en una de las mesas de las terrazas. Tras ser atendidos por un cincuentón de aspecto algo dejado, con barba entrecana de un par de días enalteciendo la ya de por sí llamativa papada y tras gritar hacia el interior del pequeño bar lo demandado por la pareja, se aleja limpiándose las manos en un sucio trapo que cuelga del su maculado mandil, ajeno a la mujer, de igual edad algo despeinada y con expresión agria, que con una celeridad inesperada sirve a la pareja. Ambos como ausentes del entorno y de ellos mismos hasta que, pasados unos segundos, toman sus respectivos tragos, cerveza él y güisqui ella, dan un par de tragos y vuelven a entrecruzar sus miradas.

-Así, le has visto y sabes quién es –comienza Lili invitándole a explicarse-

-Sí, le he visto y sé quién es, aunque no ha estado ahí en ningún momento, si quiera cuando los críos han creído golpearle con el balón. Ha sido una ilusión tuya, como él mismo lo es –responde el hombre condescendiente-

-Si no estaba cómo… -comienza Lili algo ofendida deteniéndose un instante para cambiar de tema- … ¿Y tú quién coño eres?

El hombre la observa divertido y sonríe sin responder, da un largo trago a su cerveza, mira a lo lejos como si buscase a alguien, vuelve a mirar a una Lili expectante y a punto de perder la paciencia y tras una sonrisa de oreja a oreja, responde a su pregunta.

-Thet ¿No es así como te gusta llamarme?… (¿Continuará…?)

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Esbozos de una historia sin nombre

hermitaño

 

 

-Teht ha vuelto ¿Verdad?

La oficial, realmente sorprendida, observa a la mujer detenidamente, después a Bronson, a Laurel y Hardy, que no han levantado la vista de sus respectivos vasos casi vacíos, y de nuevo a la mujer, a la que interroga con severidad.

-¿Quién eres y qué sabes? ¿Por qué estás aquí? ¿Qué haces…? Vas a venir conmigo a Comisaría y…

-No, no voy a ir contigo a ningún lado –le ataja la mujer segura de sí misma, casi susurrando para que Bronson y los dos comensales no puedan oirla- Soy… Lili, sí, Lili…  -dice finalmente cómo si acabase de elegir su nombre- Esperaba la aparición de nuevo de Teht, de la letra hebrea y todo lo que la acompaña. Es la novena vez que ocurre en distintos lugares del país desde hace dieciocho años, siempre son nueve asesinatos, tras los cuales se detiene durante dos años y vuelve a la carga. En cada ocasión, asesina a nueve mujeres inyectándoles un sedante que acaba matándolas, jamás las toca, más allá de extraerles el riñón izquierdo, que desaparece. Las desviste y las vuelve a vestir con un largo sayo con capucha hecho de esparto, las ata a un poste para que se mantengan de pie con el brazo derecho en alto, sujeto con una cuerda, donde tienen un pequeño farol, en la otra mano un bastón…

-…les pone una peluca blanca… -le interrumpe la oficial- …todo eso no se ha hecho público y… ¿dices que ya ha ocurrido nueve veces, con nueve víctimas en cada ocasión…? Lleva cinco y… ¿cómo es posible que no haya constancia oficial de…?

-La pregunta no es cómo es posible, sino por qué –sentencia Lili, para sorpresa de la oficial que, tras un instante, se sienta junto a ella, completamente confundida-

-¿Quién eres? –consigue espetar finalmente-

-Alguien que no se debe a la política de competencias entre cuerpos de seguridad, además de… -la irrupción de varios periodistas y cámaras entrando en el local para entrevistar a Bronson, el cual comienza a intentar echarles con prontitud, interrumpe a Lili que, aprovechando que la oficial intenta poner paz entre periodistas y el asaltado camarero, se desvanece entre el gentío y abandona el local.

Horas más tarde, la oficial, de nuevo en el bar de Bronson, tras preguntar a éste sobre Lili, sentada en la misma mesa en la que ella estaba, sopesa la información que ésta le dio y, ordenador portátil sobre la mesa,  intenta encontrar informes en la base de datos de todos los cuerpos policiales. Si quiera encuentra en la hemeroteca noticias sobre asesinatos sin resolver en fechas similares a las que se encuentra, recién acabadas las navidades. Pasados ya nueve días de la novena víctima encontrada, la oficial sigue yendo rutinariamente cada tarde noche al bar “Asta Rota”, en busca de Lili, de la que nadie ha vuelto a tener noticias, como tampoco en los periódicos, salvo alguna reseña en cuanto al repentino crecimiento de asesinatos en la ciudad, encuentra noticia alguna de los nueve asesinatos o del modus operandi. Para su sorpresa, no se ha filtrado, como es habitual, dato alguno a la prensa y Teht, como le llamó Lili, sigue siendo, no sólo un misterio sino, además, alguien inexistente igual que su obra. Bronson, atiende a varios turistas desorientados sentados a una de las mesas entre los habituales clientes, algunos algo escandalosos, y se acerca a sentarse a la mesa de la Oficial, para sorpresa de ésta.

-No sé qué es lo que tiene usted entre manos con… Lili, dijo usted que se llamaba ¿Verdad? –la Oficial asiente con la cabeza- pero ya que parece que va usted a seguir viniendo, aunque ella haya desaparecido, convirtiéndose en clienta mía, no estaría demás que conociera su nombre –la oficial observa curiosa al enorme hombre de ébano, antes de responder amistosa-

-Tiene usted razón, Bronson, pero si voy a ser clienta suya, mejor dejamos el usted y nos tuteamos ¿no? –el hombre asiente satisfecho- Me llamo… Bueno, todo el mundo me llama Jones, como el personaje Jessica Jones, dicen que soy igual de fría y…

-Pues, … -hace una pausa irguiéndose para dirigirse hacia la barra zanjando el tema y asegurándose que todo el mundo le oiga- Jones, encantado y no te preocupes que aquí siempre tendrás ese mejunje italiano anaranjado.

Jones sonríe y vuelve a prestar atención a la pantalla de su ordenador portátil, regalándose sorbos de la gran copa con hielo y el mejunje anaranjado, el cual va siendo cambiado hasta tres veces por Bronson, sin que si quiera ella tenga que hacer ademán alguno, cuando, en el umbral de la puerta, silueteado por alguna pequeña farola de pared, la figura de un hombre de aspecto aristócrata de los años treinta, con levita incluida, llama ´poderosamente su atención aun cuando, inexplicablemente, si quiera Bronson se ha dado cuenta de su presencia. El hombre, quizá consciente que la poca luz y, en la posición de Jones, el contraluz de uno de los faroles, el único que funciona, cual aplique de uno de los dos ventiladores de techo del local, impide ver con nitidez su rostro, se detiene frente a la oficial, llamando, finalmente, la atención de Bronson que, aparentemente sin levantar la vista del eterno vaso entre sus manos y el paño, observa atentamente.

-Una mujer como tú –comienza con voz grave, casi gutural- no puede creer a pies juntillas lo que le cuente una desconocida en un bar de mala muerte.

-¿Cómo sabe usted…? –comienza Jones, siendo interrumpida por el hombre-

-Barrio antiguo, nada escapa a la comidilla de sus habitantes, aquí todo se sabe, incluso lo de esas nueve mujeres asesinadas y vestidas con harapos, sin el riñón izquierdo. Otra cosa, bien distinta, es que llegue a oídos de los forasteros por tanto, cómo no saber que desde que hablaste con esa mujer no ha pasado un solo día sin que volvieras. Y, también lógica de barrio, te vieron hablando con ella, ella no ha vuelto y tú sí, algo te dijo para que…

-Entonces sabrás que soy policía y que no deberías intentar vacilarme o…

-No, no, no me malinterprete, nada más lejos de la realidad…

-¡Jack, lárgate! –espeta Bronson, provocando un sobresalto en el hombre que, sin más, abandona con celeridad el local, mientras Bronson aclara el por qué a Jones- Es hijo de una conocida meretriz ya jubilada, producto, casi seguro, de la agria leche de alguna de las mil leches que lo han podido crear, le llamamos Jack por “Jack el Destripador”, es inofensivo pero de pequeño vió alguna película de ese personaje y desde entonces viste como en aquella época.

Lili, en el exterior del bar, ha visto entrar y salir a Jack, observando desde la penumbra a Jones, de nuevo centrada en la pantalla de su ordenador personal, tras intercambiar una mirada de reconocimiento con Bronson, que la ha visto desde un principio, ésta se aleja parapetada bajo su largo abrigo de franela, sombrero de ala ancha a grandes zancadas, increíblemente silenciosa, aún calzada con bota de caña alta y tacón cubano. Con celeridad se aleja hasta arribar, a unos doscientos setenta metros, a un pequeño y deteriorado portal de piedra en semi-arco bajo el oxidado número treinta y seis. Empuja con esfuerzo la pesada y chirriante puerta de madera y tras ascender tres plantas por los arqueados escalones, peligrosamente desgastados, mirando a un lado y a otro golpea con el llamador con forma de mano con una consecución de tres golpes tres veces. Tras los cuales, la puerta, de forma mecánica, se abre franqueándole el paso a una oscuridad impenetrable, aún más cuando la pesada hoja, igualmente de forma mecánica, se cierra a su espalda. Inmóvil, capaz de escuchar el continuo quejido del viejo edificio, aparece un diminuto punto de luz en lo que parece, a priori, estar situado a quilómetros de distancia, si bien se expande rápidamente hasta iluminar una gran sala, de unos cien metros cuadrados que, a opinión de Lili, incluye parte del piso contiguo. Las paredes, sin ventana alguna, revestidas de placas de yeso laminadas, a primera vista parecen pintadas en negro, si bien, el blanco en que fueron pintadas realmente, sobresale nítidamente bajo las miríadas signods, concretamente “ט”, o lo que es igual, la letra tet hebrea, en un color negro brillante. En el centro, bajo el techo con una enorme luna pintada sobre un oscuro espacio repleto de estrellas y planetas y sobre el parqué blanco, tomado por miles de números nueve en color negro, únicamente hay un cojín a cuadros blancos y negros, sobre el que reposa cerrado, un ordenador portátil de color amarillo como el de las hojas de plátano en otoño. Lili, lentamente, se dirige hacia el cojín dejando caer el sombrero, el abrigo, pieza a pieza toda la ropa y el calzado, hasta arribar completamente desnuda, asir el ordenador, sentarse sobre el cojín y, mirando a su alrededor, abrir la tapa de la computadora colocada sobre sus piernas dobladas y, cuando ésta se pone en marcha, no prestar atención al dibujo que copa la pantalla,  muy al estilo de la baraja del tarot de Marsella representando una curiosa versión de la carta de  “El ermitaño” con unos enormes cuernos cabríos. Es un único instante, rápidamente clica sobre el icono del reproductor de fotos donde aparecen fotografías de mujeres muertas ataviadas como la carta de “El ermitaño”, las víctimas del asesino que ella identifica como Tet. De una puerta, imposible de distinguir, situada frente a Lili, aparece el anciano del dibujo de su ordenador, un anciano de larga melena blanca y lacia, como su no menos larga barba, cayendo hasta el suelo sobre el oscuro manto con capucha que cubre su encorvado cuerpo calzado con sandalias y apoyado en un nudoso bastón que, parece, le ayuda a mantener el equilibrio a causa de la voluminosa cornamenta en espiral. Lili le observa encandilada y, éste, parece perder las arrugas de su rostro, tomado por unos profundos ojos azules, deja caer el bastón y extrayéndose el mantón por la cabeza, muestra un atlético cuerpo desnudo, asombrosamente imberbe en comparación con la larga mata de pelo blanco y la luenga barba cayendo hasta el suelo por entre sus piernas. Ella, se yergue dejando el ordenador sobre el cojín y, cuando él se encuentra a la distancia de sus brazos, ambos comienzan a levitar, a la par que se funden en un abrazo. Ascendiendo hacia la Luna llena dibujada en el techo hasta atravesarla, rasgada por los desproporcionados cuernos acabados en punta de él, como si fuese un trozo de papel que, una vez atravesado por la pareja, vuelve a unirse sin huella alguna del rasgado. La sala, aún tomada por el sordo sonido de la imposible reconstrucción del techo, comienza a ser conquistada por los entrecortados suspiros de Lili, retozando con un hombre de larga melena y barba igualmente larga y cana, sobre el suelo de parqué. Ambos recorren el cuerpo del otro intercalando el incontrolable deseo con la perseverancia del deleite, impregnándose del olor y el sabor del otro. Peregrinando por cada milímetro de sus pieles, por cada rincón del cuerpo ajeno convertido en propio, intercalado con inclusiones entrecortadas de distintos ritmos, al son de espiraciones arrítmicamente cadenciosas hasta arribar a una última mirada. No a un final sino al principio de una próxima batalla cuyo toque de trompetapostrero, irá unido al reconocimiento y el diálogo sordo de sus ojos entrecerrados mostrando, el uno al otro, la consecución retardada de esa victoria conjunta. Ese trofeo calado que inunda al ánimo de ambos, cual tormenta sobre la tierra provocando la repentina crecida vegetal, llevándoles hasta ese instante de enajenación personalizada en el otro y constatada por la mirada y el desplome momentáneo de sus fuerzas. Ambos, tumbados bocarriba sobre el suelo de parqué blanco repleto de números nueve en color negro, con las piernas y brazos abiertos, asidos por una de sus manos, observando el pintado Universo con la Luna llena en primer plano del techo, se dejan arrastrar por el momentáneo silencio. Casi imaginándose ambos, él con la larga melena blanca extendida a un lado y la luenga barba sobre su tórax sudoroso hasta casi arribar a sus tobillos, ella, sofocada como él, disfrutando de esa lenta vuelta a la calma mientras gotas de sudor recorren su voluptuoso cuerpo. Unos instantes rotos por el sonido de la enorme cornamenta rasgando la madera del suelo, provocando que ella, Lili, gire sobre sí misma apoyándose en el cuerpo de él y colocando su pierna izquierda sobre el estómago, besándole a la vez que acaricia los cuernos, susurra con voz extremadamente sexual en clara alusión a la cornamenta.

-Hay momentos que parece que no estén.

-Hay momentos que parece que nada está –dice el hombre con una profunda voz varonil, sonriendo con picardía-  (¿Continuará?…)

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Notas convertidas en eternas

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El sonido de una armónica rompe el nunca silencioso entorno y, su mente, vuela hasta olvidados instantes donde, no cabe duda, aquella armónica estaba constantemente presente. Era el inicio de uno de los más grandes conciertos de la historia en el que, ocurrió en la capital gala en el setenta y seis, no pudo estar presente, sin embargo, un buen día, el concierto entero se convirtió, durante muchos años, casi, en la banda sonora de su existencia . Y, ese día, inesperadamente, volvió a su vida, bien, más que a su vida, a su nostalgia que, inicialmente, no pudo por menos que rememorar inenarrables batallas cuya artillería lanzaba húmedos dardos y el cuerpo a cuerpo no consistía en abatir al oponente, bien al contrario, en exaltar y enaltecer al aliado. No obstante, no todo radicaba en aquellas maratonianas lides, esa evocación, también rememoraba instantes de comunión intelectual, vinculación conceptual y, desde luego, una conexión vívida que, el tiempo había demostrado, ocurre en contadísimas ocasiones. Jamás, posiblemente, como aquella, si bien es cierto que, no sólo la edad, un lustro menos del cuarto de siglo, y la aún límpida mente de ambos aunaron ese vínculo excepcional, también, cómo no, el momento histórico y, quizá aún más, un entorno paradisíaco dónde cualquier cosa era posible. Una época de dichosa inconsciencia en la cual la posible aparición de cualquier hecho o situación inexplicable, se habría tomado casi como algo mundano, posible, viable y casi esperado, aún más sí, como en su caso, entre los distintos lugares en que solía encontrase, te hallas en una paradisíaca cala, bañada por un siempre imprevisible océano y cobijada entre grandes paredes de piedra horadada. Arropando el pequeño espacio semicircular donde, tras despertar en el saco de dormir en el interior del agujero hecho en la arena de la playa, como protección del relente nocturno de la noche marítima. Te levantas con los primeros rayos de ese astro Rey, el único merecedor de portar con mayúscula la primera letra de la merecida dignidad, embelleciendo todo aquello que toca infundiendo una calidez que empuja a, tras un baño reparador matutino, permitir que esos mágicos e invisibles rayos sequen paulatinamente el agua salada resbalando por el cuerpo desnudo, mientras asciendes hasta una de las pequeñas oquedades de la alta pero asequible pared. Donde, tras  asegurarte que los cuatro matojos capaces de alimentarse de la humedad ambiente son esponjosos, , te sientas para dejar vagar la vista a través de uno de los orificios, cual si fuese una ventana, en dirección a ese lejano horizonte rojizo. Empapándote del  juego de colores donde azules, rojos, naranjas, amarillos y verdes, confunden la retina y regalan un espectáculo único cada amanecer. Al son del eterno vaivén de las aguas de fondo, unido a la pequeña brisa de la altura y a la propia respiración, embriagando el ser de tal manera que, cual escenario improvisado, por entre los cortinajes casi es posible ver formas bien distintas e impalpables, arrastrando a cada cual hasta su propio confín imaginario. O a una realidad inexplicable y privativa como la del majestuoso Dragón Azul volando por encima de la lejana línea, apenas tangible que separa océano de cielo, girando su enorme cabeza para fijar las pupilas reptilianas en sus ojos desde la letanía. Y dejarle sentir, aún en la distancia, la poderosa mirada repleta de inteligencia,  no sólo por su satisfecha longevidad, sino la inherente a su inexistente especie,  narrada hasta la saciedad. -Fue un instante hermoso -pensó ya escuchando otra melodía transportadora a la actualidad, ya casi doblando la suma del lustro del que carecía para arribar al cuarto de siglo en aquel lejano y casi quimérico momento.  -¡Hermosa inocencia de juventud!- espetó para sí a la vez que sonreía con afecto y continuaba su deambular por entre las pequeñas arterias del casco antiguo de la ciudad. No sin antes depositar unas monedas junto a la taza de café que había degustado en la pequeña terraza de un bar familiar, cómo no, hoy en día regentado por una familia de origen oriental. Aún consciente de la realidad del día a día que le impedía, no como en aquellos años, dejarse llevar por la ilógica del imposible, su mente, imparable, incontrolable y completamente ácrata, capaz de centrarse en el momento, cual programa secundario informático, continuó con tesón en la búsqueda de recuerdos de aquellos años. Con una tencidad y una emoción olvidada tal que, esa mente testaruda y anárquica centrada en rebuscar en el siempre incierto baúl de los recuerdos, se olvidó de manejar por un instante los sentidos, provocando que un desgastado bordillo asemejara una empalizada con el consecuente trastabillar y, en cierto modo afortunadamente, caer sobre las mesas de una terraza de otro bar regentado por oriundos orientales, cual si fuesen un colchón salvador aunque, desde luego, tremendamente estentóreo y llamativo. Entre mesas y sillas,  la atenta y molesta mirada asiática, la sorprendida de los dos únicos clientes y la divertida de los imparables viandantes, casi escuchando a su propia mente abroncarse a sí misma por el despiste, sus ojos, ajenos a los movimientos de pies y manos intentando incorporarse, se fijaron en una amorfa figura furtiva detenida un instante sobre uno de los ajados edificios. Una vez en pie, intentando no perder de vista la imposible figura que había creído ver en la terraza del vetusto edificio, sin dejar de componer la desecha terraza al son de los ininteligibles improperios de los dueños procedentes de aquellas míticas tierras de la gran muralla. Su mente, auto reprendida, retomó el control de todos los sentidos y, aún con la reciente e inexacta apreciación de la bucólica e indefinida forma en lo alto del añejo edificio, volvió a su obligado quehacer del aquí y ahora aparentemente abandonando la infructuosa búsqueda de remembranza. Obviando los evidentes, aunque indescifrables exabruptos de los pequeños gerentes del local ayudando en la recolocación  del mobiliario hostelero. Unos segundos apenas, entre silla y mesa colocada tras los cuales, inesperadamente se sorprendió, con voluntad ajena, la de su mente carpichosa ascendiendo por los estrechos, inestables y desgastados escalones del vetusto edificio que acababan, cuatro plantas más arriba, frente a una pequeña y desvencijada puerta de madera sujeta con un nudo simple de una cuerda antaño color verde de colgar la ropa. Sus manos, casi tan impacientes como su mente, deshicieron la lazada y abrieron con apremio para impulsar sus piernas al exterior y, sin sortear la miríada de cordeles algunos sólo con pinzas, otros incluso con ropa mecida por la leve brisa, su mente, su ser, volvió a la sensatez de ese, a falta de un lustro, casi medio siglo de existencia que abofetea la credulidad de aquella veintena de abriles o marzos. Topando con esa realidad, incluso malsana, donde no había figura ni difusa ni clara, mucho menos una corpórea y tangible prueba de aquel vago recuerdo de ensoñación solar,  -¡¿Cómo puedo ser tan infantil?! –grita en su interior provocando un sordo eco que le lleva a dejarse caer sin fuerzas sobre el no menos inestable y ajado suelo de terrazo. Mientras, no muy lejos, al son de la música de otro, a buen seguro, concierto memorable, unos veinteañeros ojos, a través de unos empañados cristales de la desconchada ventana de su pequeño estudio, se clavan en un horizonte polucionado donde, no alberga duda alguna, atisba la imposible figura del mítico reptil alado, de un color azul irreal que, posiblemente, muchos años después recordará como una más de las irrealidades de juventud sazonadas con la armonía de unas notas convertidas en eternas.

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