Esbozos de una historia sin nombre (18)

yeah

 

 

…El solar abandonado ha sido tomado por indigentes que, en su creatividad, han creado con palés, armazones de madera y plástico empleados en el movimiento de carga, auténticos barrios residenciales, con sus calles, porches e, incluso, pequeños jardines. Cuya creatividad ha erradicado del olvidado rincón basura y desecho sustituyéndolo por vida y color, por donde, desorientada, camina Jones, con los brazos cruzados para mantener el calor bajo la chaqueta negra de cuero. Hasta arribar a un elaborado porche de madera recubierto por una enredadera con flores lilas de campana, por entre las cuales es posible ver en números romanos pintados a mano en color rojo, el número setenta y dos. Bajo el cual, sentado en una restaurada mecedora de mimbre, un hombre de amplísima y cervecera barriga oculta bajo la tela de una camiseta blanca sin mangas con manchas de comida y café sobre un número tres, una equis, un número ocho, el símbolo de más y otro número tres pintados a mano en color azul marino muy toscamente. Tocado con un severa calvicie hasta más abajo de la coronilla, donde asoman un puñado de grasientos y casposos pelos negros, con hebras del tabaco de pipa de la cual extrae largas bocanadas. Jones, observa al hombre que no esconde, aún tras las lentes de cristal ahumado casi opaco por el uso con forma de pera, la mirada directa y algo soez a la parte de la anatomía de ella que parecen sostener los cruzados brazos.

-¿Teht? –pregunta algo taimada la exoficial de policía-

-¿Tengo pinta de judío? –responde despectivo el hombre, excusándose rápidamente- No es que sea antisemita o algo así, no vaya usted a pensar mal de mí.

-Soy investigadora y me han informado que, en el número setenta y dos de éste… -abre los brazos y gira a un lado y otro sobre la cintura en clara alusión a su entorno- …¿Barrio? Encontraría a Teht ¿No es usted?

-¿Eres poli? –casi escupe el hombre, regodeándose con la expresión de ofensa inicial de Jones-

-Lo fui, ahora soy investigadora y…

-Así me llaman unos que vinieron de las tierras palestinas así que, si han sido ellos los que te han informado, sí, soy Teht ¿por qué?

-¿Podría decirme dónde estuvo usted el veintidós de diciembre? –el hombre la observa curioso y divertido antes de responder-

-En el mismo sitio que desde hace más de un año, aquí, sentado tranquilamente, ya no me muevo más que para comer, cagar o mear, dormir y colocar la compra que pido por internet, la tecnología me ha facilitado mucho la vida, hasta tengo un sistema automático para regar la enredadera ¡Ja, ja, ja! –la estentórea carcajada da impulso a la mecedora y, con ésta, sus reblandecidas carnes bajo la camiseta provocando un momentáneo gesto de rechazo en el rostro de Jones, del que se rehace para continuar su interrogatorio-

-Ya veo que no se mueve demasiado y ¿Sabe usted que otro Teht podría ser, además de usted?

El hombre, claramente hastiado y molesto con la mujer, da un par de largas aspiraciones a la pipa, extrae el humo con parsimonia a la vez que, con una obscenidad buscada, se rasca estentóreamente una entrepierna que, a priori, asemeja invisible bajo la enorme barriga y, cuando consigue dar presencia mucho más que latente al objeto de su procacidad, eleva la montura de las lentes de sol con la otra mano sin soltar la pipa y, mirando directamente a los ojos de Jones, con unos ojos marrones completamente muertos, espeta tajante para volver a su compostura inicial.

-¡Cómeme la polla maldita madera!

La reacción inicial de Jones es lanzarse sobre el desaguisado y grosero hombre, sin embargo, consigue reprimir sus cerrados puños abriéndolos como medida de relajación y, girando sobre sí misma, se aleja despacio por el inesperado laberinto de callejuelas de tierra hasta arribar a una calle sin salida donde, sobre un portón de madera parapetado, como el resto de las construcciones, por palés, se encuentra un enorme número setenta y dos en color blanco muy ajado y apenas perceptible sobre la no menos desgastada y sucia madera pintada en color marrón. Y, justo en el centro del portón entre el número siete y el número dos, cual si hubiera emergido de la misma madera, descubre un pequeño hombre sentado con las piernas cruzadas sobre sí mismas,  la cabeza baja, ataviado con un llamativo chándal color rojo con tres franjas blancas a los lados al que parece faltarle únicamente la etiqueta de recién comprado. Entre sus pequeñas manos sostiene un teléfono móvil táctil del que, a la par que eleva la cabeza para mirar con sus profundos ojos negros a Jones, comienza a emitir música punk, acorde con su fanhawk rosada, la cresta resalta tremendamente sobre su rostro casi infantil, carente de los rasgos de enanismo, y a la par de una longevidad indescifrable y aturdidora.

-¿Me buscabas? –dice el pequeño hombre con susurrante voz profunda rota por agudos tonos cual si se tratase de un niño a punto de cambiar la voz-

-¿Tú eres, Teht? –pregunta Jones ufana e incrédula-

-Yo soy un Teht –responde sonriente el pequeño hombre- ¿Sabes qué significa Teht?

-Es una letra del alfabe…

-En turco significa roca grande desgastada por la erosión, y qué es el punk, rock desgastado por el hastío y el inconformismo, así que, sí, soy Teht.

Jones, si quiera le responde, gira sobre sí misma para reandar sus pasos e intentar encontrar la salida del solar convertido en inesperado barrio residencial de palés, deteniéndose al instante para no atropellar al pequeño hombre. Frente a ella completamente rígido, apenas llegándole la parte más alta de la rosada cresta de su cabeza a la parte baja de sus senos, mirándola con una amplia sonrisa mostrando claramente la alegría que le provoca la sorpresa de ella. La cual, gira sobre sí misma para mirar hacia donde se encontraba el pequeño hombre y de nuevo a éste frente a ella.

-¿Cómo has hecho eso? –consigue espetar dando un paso atrás para alejarse de él-

-Buscas a Teht y sólo piensas en cómo he podido ir de allí aquí ¿Ya no importan los “no” nueve asesinatos? ¿O los “no” miles de asesinatos a lo largo de la historia? –Jones se lanza airada sobre él asiéndolo de la pechera y acercando el rostro hasta casi escupirle en sus contradictorias facciones infantiles y longevas-

-¿Qué sabes de los asesinatos? ¡Cuéntame! ¡Habla!

-¡Uff, cuánta ira! –dice divertido el pequeño hombre soltándose con facilidad y volviendo, inexplicablemente, a encontrarse sentado entre el número siete y el número dos del enorme portón, centrado en la búsqueda de canciones en su teléfono móvil-

-Pero ¿Qué…? –acierta a decir Jones sintiéndose ridícula y ofendida durante un instante por su posición doblada por la cintura asiendo un vacío con el objeto de su ira, inicialmente desaparecido de su vista, y encontrado, también inicialmente, observando su incómoda postura, sustituida con la misma velocidad con una media vuelta erguida sobre sí misma mirando fijamente al extraño hombrecillo-

-Aún no te has dado cuenta de la realidad, Jones –comienza el hombrecillo haciéndose oír por encima de la estruendosa canción dedicada a una reina por una banda autodefinida como los pistoleros del sexo- que no es otra que… No es bueno pedir pero más malo es robar…

-¿Qué te tengo dicho enano pedigüeño? ¡Y apaga esa puta música! –atruena la voz de Bronsón en su pequeño bar dirigiéndose al pequeño hombre ataviado con un chándal rojo y una cresta rosada apostado frente a una ausente Jones sentada en una de las mesas frente a su ordenador portátil y la copa de anaranjado mejunje italiano en la mano-

-¡Ya me voy grandullón, ya me voy! –termina diciendo con voz grave salteada por tonos agudos cual niño a punto de cambiar la voz el pequeño hombre a la par que abandona el local, observado por una Jones aturdida e incrédula, incapaz de explicar lo que está sucediendo sin dejar de mirar, aún más desorientada, a Bronson tras la barra con su eterno vaso mate por el uso lustrado con el no menos omnipresente trapo con sus enormes manos de ébano y al pequeño hombre, a través de la puerta, alejándose dando pequeños salto cual si se tratará de un niño… (¿Continuará?)

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Esbozos de una historia sin nombre (9)

Teth9

 

…La pequeña plaza, adoquinada y, aunque remodelada, aun con aquella patina ancestral de ser uno de los centros neurálgicos del viejo barrio, aparece entre soportales apuntalados, balcones quebradizos con tendederos repletos de ropa desgastada, molinillos con forma de canario o de colores, al son de una mezcla de música moderna, religiosa o de algún locutor cuya dicción se haya repleta de adjetivos. Salteado por lejanas y amortiguadas voces de queja, alegría y algún que otro estribillo repleto de profundas inhalaciones y exhalaciones. En el centro, la escultura de algún olvidado escultor, mostrando el cuerpo semidesnudo de una sirena, convertida en colgador para las camisetas y mochilas de los críos jugando al fútbol. De las niñas, unas también jugando al futbol, otras saltando a la comba, otras, junto a niños, jugando al pilla pilla, mientras los abuelos, obligados por la ley antitabaco, se ven obligados a disfrutar de sus partidas de cartas o de dominó en las pequeñas terrazas de los tres bares que pugnan por llevarse una porción de sus pensiones. Chicos y chicas, algunos malcarados, la mayoría con esa imborrable expresión de saberse parte de un sistema que no les permite si quiera soñar, apuran sus horas de adolescencia y juventud sentados en los cuatro bancos públicos al ritmo de litronas y al aroma de unos humos que van más allá de su corta edad. La pequeña plaza, un submundo dentro de un submundo que pertenece a otro submundo extirpado de una realidad que poco tiene que ver con sus vidas. Centrados en su micro sociedad, los jóvenes, muchos de ellos avergonzados por el eco de las voces de sus madres hablando con alguna vecina o soportando los desplantes de sus maridos, otros ajenos a todo, más allá de esa pronta calada o ese beso robado a unos labios tan inocentes como los suyos, no prestan atención, a la figura que cruza la calle cual peregrino medieval encorvado, con un sayo desgastado de esparto color azul, apoyado en un rugoso bastón que ayuda a lento caminar de unos pies calzados con sandalias guiado por unos ojos ocultos bajo la capucha. Un  instante de interés, por parte de todos, acostumbrados a la visita esporádica de turistas o de algún conciudadano despistado, además de las constantes apariciones de aquellos que, sin hogar, vagan de una plaza a otra, en busca de comida o limosna, a veces intercambiada por música enlatada o esperpénticas representaciones teatrales con la que intentan amenizar y laborar esas limosnas. Sin embargo, ese rápido vistazo de todos, evidencia que el anciano medieval no está más que de paso y, a falta de posible espectáculo, todos vuelven a sus vidas sin prestarle más atención. Éste, cuando llega junto a la devaluada escultura de la sirena, se sienta cabizbajo al pie de ésta, entre ropas infantiles y mochilas, con las piernas cruzadas, así se mantiene cerca de veinte minutos, hasta que uno de los varios balones le golpea en la cabeza. Sin emitir una queja, eleva la cabeza y en la oscuridad de la capucha es posible entrever unos profundos ojos grises y una sonrisa cariñosa iluminada por la blancura de su dentadura. Los niños no le prestan mayor atención, pasado ese instante en el que esperan gritos y maldiciones tras golpear a alguien con su balón, sin embargo, pasado ese instante, el anciano se yergue mostrando su elevada estatura, rayana a los dos metros, sobresaliendo por encima de la escultura, echa hacia atrás la capucha mostrando una larguísima melena blanca, al igual que su barba, igualmente blanca desapareciendo en el interior del sayo. Cuando se despoja de éste, es posible apreciar, no sólo que la melena cana arriba casi hasta el suelo, al igual que la barba, arrastrando entre las sandalias, o el cuerpo atlético y completamente desnudo de un joven treintañero, como muestra su rostro amable y atractivo, un instante antes anciano y ajado, sino la enorme cornamenta girada que aparece como por arte de magia naciendo desde su cabeza. Justo en el instante en que Lili, aparece por entre los soportales dirigiéndose directamente hacia él, como hipnotizada por su presencia y su ser. Caminando despacio cruza la pequeña plaza, sorprendentemente, sin romper la rutina de sus habitantes, sin que ni uno de ellos fije la mirada no ya en el hombre, sino en la enorme cornamenta y, mucho menos, cuando Lili llega hasta él y lo abraza con la profusión de los enamorados en busca de esa fuerza que parecen emitir los cuerpos amados entre sí. Absorbiendo esa fuerza, ese calor indescriptible que igualmente puede ser frío pero hincha el ánimo de ambos. Un abrazo roto por el lejano grito de hastío de un hombre quejándose por la falta de su café con leche sobre la mesa que, para comidilla y burla de casi todos los habitantes de la plaza, deja a una Lili ridículamente abrazada al vacío a punto de perder el equilibrio sobre la ninguneada escultura de la sirena. Salvada por la inesperada mano, sorprendentemente encallecida aunque con manicura perfecta, de un hombre ataviado con traje a medida rayano al metro noventa, de semblante sereno y anguloso, pelo cano y ojos color marrón oscuro.

-Salvada –dice el hombre con humor-

-Gracias, no sé qué me ha pasado –dice avergonzada Lili-

-Es normal tanto pelo blanco y cuernos… ¿Qué crees que esconde la barba en la entrepierna? –Lili le observa sorprendida, aunque hay picardía y desenfado en su pregunta, es evidente que hay mucho más allá del simple chascarrillo- No te alarmes, Lili, hace mucho tiempo que conozco su existencia.

Ambos intercambian una mirada inteligente, ajenos a las curiosas de los eternos ocupantes de la plaza, a quienes ha llamado poderosamente la atención la figura del hombre de evidente y comodísima escala social, como si esperasen que de sus bolsillos comenzaran a hacer billetes y monedas que ellos pudieran recoger. No obstante, de nuevo, no son más que unos instantes hasta que la llamativa pareja, ella con su sombrero de ala ancha y su largo abrigo y él con su aspecto de dandi recién salido de alguna de las mansiones hollywoodienses de las películas, toman asiento entre juegos de cartas y dominó en una de las mesas de las terrazas. Tras ser atendidos por un cincuentón de aspecto algo dejado, con barba entrecana de un par de días enalteciendo la ya de por sí llamativa papada y tras gritar hacia el interior del pequeño bar lo demandado por la pareja, se aleja limpiándose las manos en un sucio trapo que cuelga del su maculado mandil, ajeno a la mujer, de igual edad algo despeinada y con expresión agria, que con una celeridad inesperada sirve a la pareja. Ambos como ausentes del entorno y de ellos mismos hasta que, pasados unos segundos, toman sus respectivos tragos, cerveza él y güisqui ella, dan un par de tragos y vuelven a entrecruzar sus miradas.

-Así, le has visto y sabes quién es –comienza Lili invitándole a explicarse-

-Sí, le he visto y sé quién es, aunque no ha estado ahí en ningún momento, si quiera cuando los críos han creído golpearle con el balón. Ha sido una ilusión tuya, como él mismo lo es –responde el hombre condescendiente-

-Si no estaba cómo… -comienza Lili algo ofendida deteniéndose un instante para cambiar de tema- … ¿Y tú quién coño eres?

El hombre la observa divertido y sonríe sin responder, da un largo trago a su cerveza, mira a lo lejos como si buscase a alguien, vuelve a mirar a una Lili expectante y a punto de perder la paciencia y tras una sonrisa de oreja a oreja, responde a su pregunta.

-Thet ¿No es así como te gusta llamarme?… (¿Continuará…?)

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Esbozos de una historia sin nombre

hermitaño

 

 

-Teht ha vuelto ¿Verdad?

La oficial, realmente sorprendida, observa a la mujer detenidamente, después a Bronson, a Laurel y Hardy, que no han levantado la vista de sus respectivos vasos casi vacíos, y de nuevo a la mujer, a la que interroga con severidad.

-¿Quién eres y qué sabes? ¿Por qué estás aquí? ¿Qué haces…? Vas a venir conmigo a Comisaría y…

-No, no voy a ir contigo a ningún lado –le ataja la mujer segura de sí misma, casi susurrando para que Bronson y los dos comensales no puedan oirla- Soy… Lili, sí, Lili…  -dice finalmente cómo si acabase de elegir su nombre- Esperaba la aparición de nuevo de Teht, de la letra hebrea y todo lo que la acompaña. Es la novena vez que ocurre en distintos lugares del país desde hace dieciocho años, siempre son nueve asesinatos, tras los cuales se detiene durante dos años y vuelve a la carga. En cada ocasión, asesina a nueve mujeres inyectándoles un sedante que acaba matándolas, jamás las toca, más allá de extraerles el riñón izquierdo, que desaparece. Las desviste y las vuelve a vestir con un largo sayo con capucha hecho de esparto, las ata a un poste para que se mantengan de pie con el brazo derecho en alto, sujeto con una cuerda, donde tienen un pequeño farol, en la otra mano un bastón…

-…les pone una peluca blanca… -le interrumpe la oficial- …todo eso no se ha hecho público y… ¿dices que ya ha ocurrido nueve veces, con nueve víctimas en cada ocasión…? Lleva cinco y… ¿cómo es posible que no haya constancia oficial de…?

-La pregunta no es cómo es posible, sino por qué –sentencia Lili, para sorpresa de la oficial que, tras un instante, se sienta junto a ella, completamente confundida-

-¿Quién eres? –consigue espetar finalmente-

-Alguien que no se debe a la política de competencias entre cuerpos de seguridad, además de… -la irrupción de varios periodistas y cámaras entrando en el local para entrevistar a Bronson, el cual comienza a intentar echarles con prontitud, interrumpe a Lili que, aprovechando que la oficial intenta poner paz entre periodistas y el asaltado camarero, se desvanece entre el gentío y abandona el local.

Horas más tarde, la oficial, de nuevo en el bar de Bronson, tras preguntar a éste sobre Lili, sentada en la misma mesa en la que ella estaba, sopesa la información que ésta le dio y, ordenador portátil sobre la mesa,  intenta encontrar informes en la base de datos de todos los cuerpos policiales. Si quiera encuentra en la hemeroteca noticias sobre asesinatos sin resolver en fechas similares a las que se encuentra, recién acabadas las navidades. Pasados ya nueve días de la novena víctima encontrada, la oficial sigue yendo rutinariamente cada tarde noche al bar “Asta Rota”, en busca de Lili, de la que nadie ha vuelto a tener noticias, como tampoco en los periódicos, salvo alguna reseña en cuanto al repentino crecimiento de asesinatos en la ciudad, encuentra noticia alguna de los nueve asesinatos o del modus operandi. Para su sorpresa, no se ha filtrado, como es habitual, dato alguno a la prensa y Teht, como le llamó Lili, sigue siendo, no sólo un misterio sino, además, alguien inexistente igual que su obra. Bronson, atiende a varios turistas desorientados sentados a una de las mesas entre los habituales clientes, algunos algo escandalosos, y se acerca a sentarse a la mesa de la Oficial, para sorpresa de ésta.

-No sé qué es lo que tiene usted entre manos con… Lili, dijo usted que se llamaba ¿Verdad? –la Oficial asiente con la cabeza- pero ya que parece que va usted a seguir viniendo, aunque ella haya desaparecido, convirtiéndose en clienta mía, no estaría demás que conociera su nombre –la oficial observa curiosa al enorme hombre de ébano, antes de responder amistosa-

-Tiene usted razón, Bronson, pero si voy a ser clienta suya, mejor dejamos el usted y nos tuteamos ¿no? –el hombre asiente satisfecho- Me llamo… Bueno, todo el mundo me llama Jones, como el personaje Jessica Jones, dicen que soy igual de fría y…

-Pues, … -hace una pausa irguiéndose para dirigirse hacia la barra zanjando el tema y asegurándose que todo el mundo le oiga- Jones, encantado y no te preocupes que aquí siempre tendrás ese mejunje italiano anaranjado.

Jones sonríe y vuelve a prestar atención a la pantalla de su ordenador portátil, regalándose sorbos de la gran copa con hielo y el mejunje anaranjado, el cual va siendo cambiado hasta tres veces por Bronson, sin que si quiera ella tenga que hacer ademán alguno, cuando, en el umbral de la puerta, silueteado por alguna pequeña farola de pared, la figura de un hombre de aspecto aristócrata de los años treinta, con levita incluida, llama ´poderosamente su atención aun cuando, inexplicablemente, si quiera Bronson se ha dado cuenta de su presencia. El hombre, quizá consciente que la poca luz y, en la posición de Jones, el contraluz de uno de los faroles, el único que funciona, cual aplique de uno de los dos ventiladores de techo del local, impide ver con nitidez su rostro, se detiene frente a la oficial, llamando, finalmente, la atención de Bronson que, aparentemente sin levantar la vista del eterno vaso entre sus manos y el paño, observa atentamente.

-Una mujer como tú –comienza con voz grave, casi gutural- no puede creer a pies juntillas lo que le cuente una desconocida en un bar de mala muerte.

-¿Cómo sabe usted…? –comienza Jones, siendo interrumpida por el hombre-

-Barrio antiguo, nada escapa a la comidilla de sus habitantes, aquí todo se sabe, incluso lo de esas nueve mujeres asesinadas y vestidas con harapos, sin el riñón izquierdo. Otra cosa, bien distinta, es que llegue a oídos de los forasteros por tanto, cómo no saber que desde que hablaste con esa mujer no ha pasado un solo día sin que volvieras. Y, también lógica de barrio, te vieron hablando con ella, ella no ha vuelto y tú sí, algo te dijo para que…

-Entonces sabrás que soy policía y que no deberías intentar vacilarme o…

-No, no, no me malinterprete, nada más lejos de la realidad…

-¡Jack, lárgate! –espeta Bronson, provocando un sobresalto en el hombre que, sin más, abandona con celeridad el local, mientras Bronson aclara el por qué a Jones- Es hijo de una conocida meretriz ya jubilada, producto, casi seguro, de la agria leche de alguna de las mil leches que lo han podido crear, le llamamos Jack por “Jack el Destripador”, es inofensivo pero de pequeño vió alguna película de ese personaje y desde entonces viste como en aquella época.

Lili, en el exterior del bar, ha visto entrar y salir a Jack, observando desde la penumbra a Jones, de nuevo centrada en la pantalla de su ordenador personal, tras intercambiar una mirada de reconocimiento con Bronson, que la ha visto desde un principio, ésta se aleja parapetada bajo su largo abrigo de franela, sombrero de ala ancha a grandes zancadas, increíblemente silenciosa, aún calzada con bota de caña alta y tacón cubano. Con celeridad se aleja hasta arribar, a unos doscientos setenta metros, a un pequeño y deteriorado portal de piedra en semi-arco bajo el oxidado número treinta y seis. Empuja con esfuerzo la pesada y chirriante puerta de madera y tras ascender tres plantas por los arqueados escalones, peligrosamente desgastados, mirando a un lado y a otro golpea con el llamador con forma de mano con una consecución de tres golpes tres veces. Tras los cuales, la puerta, de forma mecánica, se abre franqueándole el paso a una oscuridad impenetrable, aún más cuando la pesada hoja, igualmente de forma mecánica, se cierra a su espalda. Inmóvil, capaz de escuchar el continuo quejido del viejo edificio, aparece un diminuto punto de luz en lo que parece, a priori, estar situado a quilómetros de distancia, si bien se expande rápidamente hasta iluminar una gran sala, de unos cien metros cuadrados que, a opinión de Lili, incluye parte del piso contiguo. Las paredes, sin ventana alguna, revestidas de placas de yeso laminadas, a primera vista parecen pintadas en negro, si bien, el blanco en que fueron pintadas realmente, sobresale nítidamente bajo las miríadas signods, concretamente “ט”, o lo que es igual, la letra tet hebrea, en un color negro brillante. En el centro, bajo el techo con una enorme luna pintada sobre un oscuro espacio repleto de estrellas y planetas y sobre el parqué blanco, tomado por miles de números nueve en color negro, únicamente hay un cojín a cuadros blancos y negros, sobre el que reposa cerrado, un ordenador portátil de color amarillo como el de las hojas de plátano en otoño. Lili, lentamente, se dirige hacia el cojín dejando caer el sombrero, el abrigo, pieza a pieza toda la ropa y el calzado, hasta arribar completamente desnuda, asir el ordenador, sentarse sobre el cojín y, mirando a su alrededor, abrir la tapa de la computadora colocada sobre sus piernas dobladas y, cuando ésta se pone en marcha, no prestar atención al dibujo que copa la pantalla,  muy al estilo de la baraja del tarot de Marsella representando una curiosa versión de la carta de  “El ermitaño” con unos enormes cuernos cabríos. Es un único instante, rápidamente clica sobre el icono del reproductor de fotos donde aparecen fotografías de mujeres muertas ataviadas como la carta de “El ermitaño”, las víctimas del asesino que ella identifica como Tet. De una puerta, imposible de distinguir, situada frente a Lili, aparece el anciano del dibujo de su ordenador, un anciano de larga melena blanca y lacia, como su no menos larga barba, cayendo hasta el suelo sobre el oscuro manto con capucha que cubre su encorvado cuerpo calzado con sandalias y apoyado en un nudoso bastón que, parece, le ayuda a mantener el equilibrio a causa de la voluminosa cornamenta en espiral. Lili le observa encandilada y, éste, parece perder las arrugas de su rostro, tomado por unos profundos ojos azules, deja caer el bastón y extrayéndose el mantón por la cabeza, muestra un atlético cuerpo desnudo, asombrosamente imberbe en comparación con la larga mata de pelo blanco y la luenga barba cayendo hasta el suelo por entre sus piernas. Ella, se yergue dejando el ordenador sobre el cojín y, cuando él se encuentra a la distancia de sus brazos, ambos comienzan a levitar, a la par que se funden en un abrazo. Ascendiendo hacia la Luna llena dibujada en el techo hasta atravesarla, rasgada por los desproporcionados cuernos acabados en punta de él, como si fuese un trozo de papel que, una vez atravesado por la pareja, vuelve a unirse sin huella alguna del rasgado. La sala, aún tomada por el sordo sonido de la imposible reconstrucción del techo, comienza a ser conquistada por los entrecortados suspiros de Lili, retozando con un hombre de larga melena y barba igualmente larga y cana, sobre el suelo de parqué. Ambos recorren el cuerpo del otro intercalando el incontrolable deseo con la perseverancia del deleite, impregnándose del olor y el sabor del otro. Peregrinando por cada milímetro de sus pieles, por cada rincón del cuerpo ajeno convertido en propio, intercalado con inclusiones entrecortadas de distintos ritmos, al son de espiraciones arrítmicamente cadenciosas hasta arribar a una última mirada. No a un final sino al principio de una próxima batalla cuyo toque de trompetapostrero, irá unido al reconocimiento y el diálogo sordo de sus ojos entrecerrados mostrando, el uno al otro, la consecución retardada de esa victoria conjunta. Ese trofeo calado que inunda al ánimo de ambos, cual tormenta sobre la tierra provocando la repentina crecida vegetal, llevándoles hasta ese instante de enajenación personalizada en el otro y constatada por la mirada y el desplome momentáneo de sus fuerzas. Ambos, tumbados bocarriba sobre el suelo de parqué blanco repleto de números nueve en color negro, con las piernas y brazos abiertos, asidos por una de sus manos, observando el pintado Universo con la Luna llena en primer plano del techo, se dejan arrastrar por el momentáneo silencio. Casi imaginándose ambos, él con la larga melena blanca extendida a un lado y la luenga barba sobre su tórax sudoroso hasta casi arribar a sus tobillos, ella, sofocada como él, disfrutando de esa lenta vuelta a la calma mientras gotas de sudor recorren su voluptuoso cuerpo. Unos instantes rotos por el sonido de la enorme cornamenta rasgando la madera del suelo, provocando que ella, Lili, gire sobre sí misma apoyándose en el cuerpo de él y colocando su pierna izquierda sobre el estómago, besándole a la vez que acaricia los cuernos, susurra con voz extremadamente sexual en clara alusión a la cornamenta.

-Hay momentos que parece que no estén.

-Hay momentos que parece que nada está –dice el hombre con una profunda voz varonil, sonriendo con picardía-  (¿Continuará?…)

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Notas convertidas en eternas

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El sonido de una armónica rompe el nunca silencioso entorno y, su mente, vuela hasta olvidados instantes donde, no cabe duda, aquella armónica estaba constantemente presente. Era el inicio de uno de los más grandes conciertos de la historia en el que, ocurrió en la capital gala en el setenta y seis, no pudo estar presente, sin embargo, un buen día, el concierto entero se convirtió, durante muchos años, casi, en la banda sonora de su existencia . Y, ese día, inesperadamente, volvió a su vida, bien, más que a su vida, a su nostalgia que, inicialmente, no pudo por menos que rememorar inenarrables batallas cuya artillería lanzaba húmedos dardos y el cuerpo a cuerpo no consistía en abatir al oponente, bien al contrario, en exaltar y enaltecer al aliado. No obstante, no todo radicaba en aquellas maratonianas lides, esa evocación, también rememoraba instantes de comunión intelectual, vinculación conceptual y, desde luego, una conexión vívida que, el tiempo había demostrado, ocurre en contadísimas ocasiones. Jamás, posiblemente, como aquella, si bien es cierto que, no sólo la edad, un lustro menos del cuarto de siglo, y la aún límpida mente de ambos aunaron ese vínculo excepcional, también, cómo no, el momento histórico y, quizá aún más, un entorno paradisíaco dónde cualquier cosa era posible. Una época de dichosa inconsciencia en la cual la posible aparición de cualquier hecho o situación inexplicable, se habría tomado casi como algo mundano, posible, viable y casi esperado, aún más sí, como en su caso, entre los distintos lugares en que solía encontrase, te hallas en una paradisíaca cala, bañada por un siempre imprevisible océano y cobijada entre grandes paredes de piedra horadada. Arropando el pequeño espacio semicircular donde, tras despertar en el saco de dormir en el interior del agujero hecho en la arena de la playa, como protección del relente nocturno de la noche marítima. Te levantas con los primeros rayos de ese astro Rey, el único merecedor de portar con mayúscula la primera letra de la merecida dignidad, embelleciendo todo aquello que toca infundiendo una calidez que empuja a, tras un baño reparador matutino, permitir que esos mágicos e invisibles rayos sequen paulatinamente el agua salada resbalando por el cuerpo desnudo, mientras asciendes hasta una de las pequeñas oquedades de la alta pero asequible pared. Donde, tras  asegurarte que los cuatro matojos capaces de alimentarse de la humedad ambiente son esponjosos, , te sientas para dejar vagar la vista a través de uno de los orificios, cual si fuese una ventana, en dirección a ese lejano horizonte rojizo. Empapándote del  juego de colores donde azules, rojos, naranjas, amarillos y verdes, confunden la retina y regalan un espectáculo único cada amanecer. Al son del eterno vaivén de las aguas de fondo, unido a la pequeña brisa de la altura y a la propia respiración, embriagando el ser de tal manera que, cual escenario improvisado, por entre los cortinajes casi es posible ver formas bien distintas e impalpables, arrastrando a cada cual hasta su propio confín imaginario. O a una realidad inexplicable y privativa como la del majestuoso Dragón Azul volando por encima de la lejana línea, apenas tangible que separa océano de cielo, girando su enorme cabeza para fijar las pupilas reptilianas en sus ojos desde la letanía. Y dejarle sentir, aún en la distancia, la poderosa mirada repleta de inteligencia,  no sólo por su satisfecha longevidad, sino la inherente a su inexistente especie,  narrada hasta la saciedad. -Fue un instante hermoso -pensó ya escuchando otra melodía transportadora a la actualidad, ya casi doblando la suma del lustro del que carecía para arribar al cuarto de siglo en aquel lejano y casi quimérico momento.  -¡Hermosa inocencia de juventud!- espetó para sí a la vez que sonreía con afecto y continuaba su deambular por entre las pequeñas arterias del casco antiguo de la ciudad. No sin antes depositar unas monedas junto a la taza de café que había degustado en la pequeña terraza de un bar familiar, cómo no, hoy en día regentado por una familia de origen oriental. Aún consciente de la realidad del día a día que le impedía, no como en aquellos años, dejarse llevar por la ilógica del imposible, su mente, imparable, incontrolable y completamente ácrata, capaz de centrarse en el momento, cual programa secundario informático, continuó con tesón en la búsqueda de recuerdos de aquellos años. Con una tencidad y una emoción olvidada tal que, esa mente testaruda y anárquica centrada en rebuscar en el siempre incierto baúl de los recuerdos, se olvidó de manejar por un instante los sentidos, provocando que un desgastado bordillo asemejara una empalizada con el consecuente trastabillar y, en cierto modo afortunadamente, caer sobre las mesas de una terraza de otro bar regentado por oriundos orientales, cual si fuesen un colchón salvador aunque, desde luego, tremendamente estentóreo y llamativo. Entre mesas y sillas,  la atenta y molesta mirada asiática, la sorprendida de los dos únicos clientes y la divertida de los imparables viandantes, casi escuchando a su propia mente abroncarse a sí misma por el despiste, sus ojos, ajenos a los movimientos de pies y manos intentando incorporarse, se fijaron en una amorfa figura furtiva detenida un instante sobre uno de los ajados edificios. Una vez en pie, intentando no perder de vista la imposible figura que había creído ver en la terraza del vetusto edificio, sin dejar de componer la desecha terraza al son de los ininteligibles improperios de los dueños procedentes de aquellas míticas tierras de la gran muralla. Su mente, auto reprendida, retomó el control de todos los sentidos y, aún con la reciente e inexacta apreciación de la bucólica e indefinida forma en lo alto del añejo edificio, volvió a su obligado quehacer del aquí y ahora aparentemente abandonando la infructuosa búsqueda de remembranza. Obviando los evidentes, aunque indescifrables exabruptos de los pequeños gerentes del local ayudando en la recolocación  del mobiliario hostelero. Unos segundos apenas, entre silla y mesa colocada tras los cuales, inesperadamente se sorprendió, con voluntad ajena, la de su mente carpichosa ascendiendo por los estrechos, inestables y desgastados escalones del vetusto edificio que acababan, cuatro plantas más arriba, frente a una pequeña y desvencijada puerta de madera sujeta con un nudo simple de una cuerda antaño color verde de colgar la ropa. Sus manos, casi tan impacientes como su mente, deshicieron la lazada y abrieron con apremio para impulsar sus piernas al exterior y, sin sortear la miríada de cordeles algunos sólo con pinzas, otros incluso con ropa mecida por la leve brisa, su mente, su ser, volvió a la sensatez de ese, a falta de un lustro, casi medio siglo de existencia que abofetea la credulidad de aquella veintena de abriles o marzos. Topando con esa realidad, incluso malsana, donde no había figura ni difusa ni clara, mucho menos una corpórea y tangible prueba de aquel vago recuerdo de ensoñación solar,  -¡¿Cómo puedo ser tan infantil?! –grita en su interior provocando un sordo eco que le lleva a dejarse caer sin fuerzas sobre el no menos inestable y ajado suelo de terrazo. Mientras, no muy lejos, al son de la música de otro, a buen seguro, concierto memorable, unos veinteañeros ojos, a través de unos empañados cristales de la desconchada ventana de su pequeño estudio, se clavan en un horizonte polucionado donde, no alberga duda alguna, atisba la imposible figura del mítico reptil alado, de un color azul irreal que, posiblemente, muchos años después recordará como una más de las irrealidades de juventud sazonadas con la armonía de unas notas convertidas en eternas.

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Fango

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Mediluca (Entre el país Luso (Portugal) y Cataluña) evocando a Mediterraneo (Entre tierras), fue un vergel transformado en erial sepultado bajo una pátina de fango convirtiéndolo, en honor al apellido de quienes dicen ser amos por herencia, en un fangal de insoportable hedor reinante. A buen seguro, los causantes y odoríferos responsables de tal atentado contra una tierra, fueron expulsados finalmente de su lugar de origen. Actualmente una comuna que intenta borrar el paso de aquellos que, ancestralmente, dejaron ver su talante arribista y, desde luego, como el barro, paciente, a la espera del momento en que la sequedad le permita hacer acto de presencia, aunque sin dejar de estar presente, incluso cuando el agua lo cubre todo. Se remontan a unos cuantos siglos atrás cuando, por arte de birlibirloque dejaron de ser vasallos, para convertirse en el que ha sido dado como título nobiliario más alto, a buen seguro, por alguna estratagema pagada con treinta monedas, con cuyos intereses, no sólo han conseguido hacerse con Mediluca, sino que, incluso, dicen ser monarcas de un reino inexistente en aquellas tierras donde los descendientes de otro autoerigido coronado, Arturo, y los hijos bastardos de los sucesores de éste, de allende el gran océano, enviaron por decisión “humanitaria” a los supervivientes de la no menos paranoica visión de un enano de ridículo bigote. Y, aunque hay quien ha intentado criminalizar a estos por hechos inexcusables como la práctica indiscriminada al tiro del proboscidio, realmente habría que centrarse, no sólo en su arbitrariedad, basada, una vez más, en indistintas artimañas político-criminales que, de entre ellas, a uno lo llevaron hasta treinta metros de altura. Sino en la desvergüenza de erigirse en adalides de una forma, la soberanía y derecho del pueblo a elegir y controlar a sus gobernantes, cuando, como ya se ha dicho hasta la saciedad, éstos jamás han sido elegidos por el pueblo. Si bien, tampoco se ha de olvidar que, una inexplicable mayoría de habitantes de Mediluca, mediluquenses sin luces, hacen honor a la finalidad de los autoerigidos autarcas, fangosos de pro. Esos mediluquenses y, como está a bien en éstos tiempos, mediluquensas, se han convertido en esa parte orgánica fertilizante del fango y, sin otra premisa que la de dejarse cegar por el brillo de una corona opaca y de cartón, cual la entregada con el pack infantil en alguna posada de comida rápida, hacerse un todo con éstos descendientes de hugonotes convertidos, no por la fé, sino por el ansia de gobierno y propiedad. Representantes, éstos cuyo apellido procede del término que, aún hoy en día, convertido en comuna, es el único elemento preponderante del lugar, fango, de la inteligencia sobre la estulticia, esto es, si quiera tuertos entre ciegos, sino topos entre lombrices. Helmintos subyugados bajo las perogrulladas estampadas con el boato medieval y el talante de unas venas que, si en algún momento han sido azules, fue gracias al afeite de la cópula, convirtiendo a Mediluca, a sus mediluquenses y mediluquensas, en fantoches de esperpentos cuyo adalid sesea de forma ignominiosa. Indigno representante de aquellos, más que lombrices, murciélagos, que han atisbado desde mucho antes que una “Pepa” fuese vitoreada en masa, la luz de la emancipación y, desde luego, la candela del albedrío sin regias trabas. Cierto es que, incluso allende Mediluca, lamentablemente, hay mediluquenses y mediluquensas, jamás ahítas y ahítos de ese fervor inmovilista que arremete contra la razón de quienes son incapaces por naturaleza de entender la existencia de éstos impregnadores de fango. No obstante, y aún con la beatería de quien no ha soportado el descaro del cacique pero empieza a ver sus formas, incluso algunos mediluquenses y mediluquensas se han alzado, han elevado, no incontestables preces, sino atronadoras premisas que, aún con la sutileza del emancipado de nevera llena y fiambrera de ida y vuelta, están consiguiendo alertar e, incluso, preocupar a quienes del lodo han hecho su doctrina.

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La mirada

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Aquellos trazos sobre el óleo le parecieron mucho más que mágicos, brochazos con el temperamento de su entrepierna y el carácter de su sonrisa. Cálidos y efervescentes a la par que fríos y calmos, mostrando la fuerza de su sexualidad, presente en su blanquecina y pecosa piel, tan atrayente para el sexo contrario, a veces maldita por ella misma pero siempre presente en su obra. Una creación exenta de modelos masculinos y repleta de féminas, dragones y motivos orientales, cuya reivindicación sin aparente objetivo concreto, plasmaba su enfrentamiento y repulsa a la servidumbre y consideración de objeto que esa otra parte del género humano había convertido a su género. Enfrentada, no a su sexualidad y, mucho menos, a la inherente sensualidad de su físico, aún oculto bajo oscuros ropajes, sino a esa falta de reconocimiento a ella como ente, como ser pensante y brutalmente creativo, le había enfrentado con aquellos que, obviamente, calibraban y premiaban el arte. Sobrevivía con pequeños contratos, especialmente para pequeñas publicaciones, y dando clases de arte a pequeños insuflando su carácter imaginativo y alegre. Fue uno de aquellos días cuando, a la salida del colegio donde daba clases extra-escolares,  literalmente tropezó con él. Provocando que su portafolios quedara esparcido sobre la grisácea acera y, él, presto a disculparse y ayudarla a recoger su excelso trabajo, no pudiera más que quedarse atónito ante lo que estaba viendo, sin siquiera mirarla ni un segundo. Sus obras, le dejaron boquiabierto e incapaz de pronunciar palabra hasta que, una vez todas recogidas e incapaz de entregarle una lámina donde parte de la cabeza de un dragón rojo, junto a una fémina caucásica ataviada con ropajes orientales acaricia el morro del enorme reptil rojo. Levantó con esfuerzo la vista del lienzo y los fijó en los avellanados ojos de ella, provocando que, ésta, perdiera por completo la compostura. La mirada del hombre, repleta de honestidad, admiración e incredulidad, llegó hasta lugares donde creía que nadie podría llegar. No pudo evitar morder sus labios inferiores aunque, al instante, aquella artimaña que le permitía casi siempre descolocar a su objetivo para, rápidamente, atacar con la rabia del sentimiento de subestimación, se dio cuenta que, por primera vez, no había sido forzado, como el repentino entrecruzar de sus piernas y el acaloramiento que sonrojó sus mejillas. La mirada de aquel hombre, más allá de ella como ente, mujer y provocación, había encontrado a la artista, a la creadora, a la controvertida personalidad del artífice, un ser sin género pero, evidentemente, subyugado a su lugar de especie. Aquella primigenia mirada, no fue más que el germen de cientos, miles, millones de miradas idénticas que llevó, a ambos, a un periplo que arribó hasta el reconocimiento, alza y posicionamiento de ella y su obra en un marco mundial donde, cualquier entendido o coleccionista de arte, debía tener una pieza de ella en posesión. Aquella mirada de reconocimiento y admiración del casual tropiezo, que tantas repercusiones tuvieron en el interior de ella, tras casi dos años después, jamás se había convertido en tacto, aunque ella continuaba sintiendo cada mirada de él, como amorosas e incitantes caricias en su blanquecina piel, no había sentido el calor de sus manos más allá del casual roce de sus dedos intercambiando lienzos o cualquier otra cosa o, bien, el entrechocar de sus palmas a cada pequeño o gran triunfo que habían compartido. Aquel hombre, un anodino oficinista incapaz de hacer la ó con un canuto, abandonó casi por completo su vida para apoyar el triunfo de la obra de ella sin pedir nada a cambio y sin dejar de mirarla como aquella primera vez. Profundamente, más allá de la órbita de sus ojos, en aquel lugar donde la expresión, la creatividad y, desde luego, el talento son puros. Una amalgama de nada capaz de crear un sinfín de todos capaces de arrobar el talante de cualquiera que observe su producto. Aquel hombre, con la misma naturalidad y admiración con la que había aparecido, desapareció, volvió a la anodina vida en un pequeño cuchitril entre otros muchos introduciendo información frente a una luminosa pantalla. Con la envidiable y eterna sonrisa de quien ha sido testigo de lo imposible y la actitud pletórica de la satisfacción vital. Un regocijo y una complacencia que, ella, huérfana y adicta, no ya a la inimitable e inigualable mirada de él, sino a su presencia, perdió paulatinamente. Su obra, dejó de ser prolífica, incluso, roce lo insustancial. Como si él hubiera robado aquel lugar desconocido, no sólo para los incorregibles adoradores de su género, sino para todo el mundo. La desaparición de él, de aquel aroma inexplicable que le acompañaba y que hinchaba sus fosas nasales provocando inesperados estallidos en su interior, de sus ojos, de un marrón ordinario tocados con un brillo excepcional capaz de enfocar la belleza del mundo. Se había llevado con él su talento, su talante y su ser, relegada a buscarle en cada esquina, en cada aroma, en cada tono de voz, en pares de ojos, muchos, de irresistibles colores pero, para ella, carentes de ese brillo con el que, él, era capaz de iluminarla. Y, esa falta de luminosidad, la arrastró a la oscuridad de la mala interpretación de la atracción de su cuerpo, su piel, blanquecinamente sensual, cayó en manos de ilustres admiradores o colegas artistas, a veces de género contrario, otras no, e, incluso arribó en muchos casos al cénit de la satisfacción pero, aún con millones de caricias y trillones de recorridos húmedos, nadie consiguió erizar su piel imberbe como lo había hecho la mirada de él. Una carencia que le llevó a abandonar el oxígeno que llenaba su ser, el tacto de los pinceles, el aroma del óleo, el sonido del carbón sobre el papel, la emoción de crear la obra en su mente y el sentimiento de realización. Refugiándose en la oscuridad de su ser, en las tinieblas de su estudio, hasta quedar agazapada sobre un blanco lienzo, dibujando con su agonía un collage de mil colores representando sus sentimientos y su carácter que, una vez descubrieron su apergaminado cadáver, cuando fue expuesto a modo de exposición póstuma con toda su obra. Era posible ver la indescriptible mirada de él, cual miles de manos, acariciando su cuerpo llegando a ese cénit, a veces, como sólo él consiguió, causado únicamente por una mirada capaz de extraer del ser lo más profundo y mejor de la persona. Provocando, eso sí, la orfandad del tacto, el desamparo del roce, el ahogo de la falta de aliento y el abandono del abandono. Una vez clausurada la exposición póstuma, para sorpresa de todos, cuando descolgaron la postrimera obra hallaron la indeleble y, a la par, intangible huella de una mano varonil sobre el lugar donde deberían estar los senos de ella y, al pie del enorme lienzo, el cuerpo inerte de un hombre que, más tarde, descubrirían era un anodino y anónimo oficinista.

 

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¿Qué?

cadena

 

 

 

¿Qué hemos hecho? Qué hicimos en ese pasado inexcusable que nos ha transportado a un presente donde hay quién debe apostillar a cada segundo, no ya su importancia, sino incluso su existencia. Qué guarda el cerebro de ésta humanidad creadora de una subjetividad y discriminación, incluso positiva. Qué energía hincha las venas de quien, lamentablemente sin género ni raza, fomenta la animadversión hacia otros. Qué monstruosidad se creó a partir de aquellos clanes semi-desnudos descubridores del fuego y la rueda. Qué pasó desde aquellos pasos de supervivencia a éstas marcas de opresión y sometimiento al color de una piel o la diferencia genital. A qué poder supremo o amalgama de energías tenemos la desfachatez de responsabilizar de un comportamiento, a priori, insultantemente contradictorio para tal supuesta superioridad. Qué anhelo insano satisface la perpetuidad del martirio ajeno, la concentración vital de angustiar con la arbitrariedad de la inquina. Qué aversión podemos almacenar que necesita engrosarse con artimañas y ademanes vejatorios. Qué momento elegimos para transferir la irresponsabilidad natural de nuestro comportamiento en incumbencia y compromiso de conductas y procederes de otros. Qué click atronó nuestras mentes para creernos en posesión de una verdad cuya mentira es tan insostenible como la propia veracidad. Qué rayos pasó por nuestras mentes para diseccionar existencias por capacidades reproductivas, insólitos patrones estéticos o pigmentos naturales. Qué razones plausibles podemos argüir para defender actitudes enfrentadas a la propia personalidad. No hay “qués”, si quiera “porqués”, sólo miles de excusas vacuas utilizadas como muletas de nuestra inválida personalidad. Nulas identidades parapetadas tras la falsa acusación a la especie, a ese grupo animal que inicio su periplo sin “qués ni porqués” cuya degeneración, no racional, sino irracional, se enfrasca en distanciarse de un entorno que artificializa. De un origen cuyo ultraje no es otro que el de comer y dejar comer, una ascendencia donde la supervivencia se asentaba en la defensa del depredador y el peculio recolector, muy lejos de esa ansiedad por la soberbia y la vanidad o, como contraposición, la humildad y la bondad. Una procedencia que no necesitaba emanciparse de sí misma, carente de criterios gratuitos laceradores de voluntades y existencias. Un entonces, donde la importancia del uno mismo era idéntica a la de los demás, despreocupados de inexistentes bondades o maldades. Qué poder y, especialmente, de dónde y cómo, extrajimos de la chistera para justificar amedrentar a cualquier ser ajeno a nosotros. Qué porqué insolente se haya justificado en el victimismo o en todo lo contrario. Qué… ¿Qué? ¡¡¡¡¿Qué?!!!

 

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