“No hay escape” -novela

Si te gustaron los bosquejos de “El Tato”, aquí tienes la novela entera, “No hay escape”

 

“No hay escape” narra las venturas y desventuras de “El Tato”, un joven peninsular en Lanzarote a finales de los años ochenta. Cuando la droga estaba en pleno apogeo, era posible creer a “Decibelios” cantando “Paletas al poder” y, desde luego, cualquiera de las diferentes tribus urbanas aceptaban el “No future” de los “Sex Pistols”. Con aquel “¿A quién le importa?” de Alaska como lema, “El Tato” arriba a la isla sin objetivos ni sueños, con el único deseo de no imitar el que para él, y para la mayoría de jóvenes de aquellos años, era el sinsentido de la vida de sus padres. Lanzándose de lleno al mundo del “Skuater” (Casa ocupada), el sexo, el alcohol, las drogas y un disfrutar, no del día a día, sino del minuto a minuto sin importar otra cosa que no sea apurar cada segundo de su vida. Hasta que la desgracia, casi con un “Alégrame el día, Baby” de “Harry, el Sucio”, provocada por un narcotraficante gitano que implicará, de forma muy particular a la policía, convierte su vida en un auténtico infierno del que, probablemente, “No hay escape”.

 

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Novela: No hay escape

De momento sólo está en formato e.book, en breve, en tapa blanda.

https://www.amazon.es/dp/B07PGKFZ39

“No hay escape” narra las venturas y desventuras de “El Tato”, un joven peninsular en Lanzarote a finales de los años ochenta. Cuando la droga estaba en pleno apogeo, era posible creer a “Decibelios” cantando “Paletas al poder” y, desde luego, cualquiera de las diferentes tribus urbanas aceptaban el “No future” de los “Sex Pistols”. Con aquel “¿A quién le importa?” de Alaska como lema, “El Tato” arriba a la isla sin objetivos ni sueños, con el único deseo de no imitar el que para él, y para la mayoría de jóvenes de aquellos años, era el sinsentido de la vida de sus padres. Lanzándose de lleno al mundo del “Skuater” (Casa ocupada), el sexo, el alcohol, las drogas y un disfrutar, no del día a día, sino del minuto a minuto sin importar otra cosa que no sea apurar cada segundo de su vida. Hasta que la desgracia, casi con un “Alégrame el día, Baby” de “Harry, el Sucio”, provocada por un narcotraficante gitano que implicará, de forma muy particular a la policía, convierte su vida en un auténtico infierno del que, probablemente, “No hay escape”.Portada

El invierno de la Cigarra

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Los tiempos nuevos no están intrínsecamente ligados a tiempos salvajes y, mucho menos, a un regreso al sexo químicamente puro, quizá sí a un problema sexual o a convertirse en quien espía los juegos de los niños. Porque, aquel para siempre donde te agotas de esperar el fin, te lleva a gritar -Heil Hitler!-, recusando ser el propio ángel exterminador. Ese hombre solitario en una eterna fiesta caliente cargado de caramelos podridos que se niega, qué duda cabe, a ver más allá del conejo en el espejo y al consejo amigo “no tanta, tonto”. Mamoncetes que andan por aquí y que, como el pasado día catorce de diciembre en la Sala Apolo, de la siempre Layetana ciudad, los chicos pálidos con su postrera “Rebelión”, su último larga duración, pasaron como cita obligada de su “Rebelión Tour” por la vieja capital donde nació la defenestrada peseta, “Ilegales”.

Jorge Martínez, voz y guitarra; Willy Vijande, bajo; Jaime Belaústegui, batería; y Mike Vergara, teclados y guitarra; iniciaron los treinta y tres temas que tenían preparados con una Intro que suena mucho más en los clubs, “Danza de los Caballeros” de Prokofiev, quizá, porque esos tiempos nuevos les ha llevado a olvidar su odio por los pasodobles. Y se han convertido en suicidas de un blues secreto en el que no les importa lo que digas porque ellos son gente de bar y el resto, como las hormigas, habitan en un bosque fragante y sombrío. Aunque el público, cual si siguieran un -Me sueltan mañana-, canta cada tema con la caja de cerveza cerca empecinado en hacer mucho ruido ovacionando a la prebenda escenificada y consintiendo con orgullo todo lo que digáis que somos. Porque el respetable, cual beata y su Ave María que acepta que el corazón es un animal extraño y, no hay duda, están enamorados de Varsovia, consienten ese nuevo Chucuchá, aunque se niegan a dejar de ser un macarra y un hortera que va a toda ostia por la carretera, a montar guateques en el retrete y a ser todos unas putas pero no lo bastante. En un clima, que no clímax, perfecto para el delincuente habitual necesitado de un ambiente vaporoso y huidizo nada perjudicial en el que la chica del club de golf se siente igualmente en una fiesta, escuchando chistes rock en ya menor de quién tiene una única frase en su mente, quiero ser millonario. Así que, muévelo, insuflaban las cuerdas de Jorge poniendo cara al peligro y con los ojos abiertos, como apóstol de la lujuria y superviviente de las drogas duras que llenan sepulturas. Cual caballero de Olmedo, casi fantasma de autopista que, perdido el número de la bestia, sigue ejerciendo como en el pasado, de piloto, sin estar harto de ser el malo del lugar y, aunque su sangre ya no oculta un veneno,  espeta con ira- ¡No me toques el pelo!- Rebanando el mundo con un cuchillo que se llama educación y haciendo uso del todo está permitido, no sueña contigo, sino, quizá, con aquel -Señora, si no le gusta mi cara, cambie de canal-. Y con aquella rabia de vivir no sólo en la casa del Misterio, quizá más lento, cual Jesusito de mi vida, homenajeando a Papo sin hacer mucho ruido aún “enamorao” del héroe de los gatos, despertando en el planeta diario. Frente a ese público entregado que tampoco destruye, a lo sumo, cual Caperucita Roja, a escondidas encienden algún cigarrillo poniendo cara de Luna observando atento al segurata, a ese algo que prepara una emboscada y no a prueba de marcas, preparado para, quizá como “Ilegales”, justificar con un -Mi corazón es delicado- En definitiva, una fiesta caliente donde, casi nadie podía decir, me gusta como hueles, ante esa princesa equivocada que antaño era bestia, bestia y que ha decidido ponerse de lao porque la muerte le mira de frente. Un marciano, Ilegales, que atracó su nave en la Sala Apolo, donde todo está permitido, sin ser invasor de la capital y, quizá, con una rana metida en una lata.

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El Tato (Bosquejos II)

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-¿Me puedo ir ya? –le ataja con desdén Tato provocando la ira, especialmente del que tiene aspecto de pueblerino creyente que eleva la mano asiendo la pistola con la clara intención de golpearle con ésta. Sin embargo se detiene, la calle aunque aún desierta por la hora temprana, comienza a ser surcada por madrugadores trabajadores que, involuntariamente, impiden que el policía acabe su gesto de agresión-

-Lárgate, ya. Y, cuando veas a Antonio, reza para que Dios te perdone tus pecados porque si no, irás directo al infierno.

 

Esa última frase del policía de aspecto de rockero que, no sólo Tato sino cualquiera, habría esperado del otro, resuena en su cerebro a cada paso que le acerca a su casa, evidentemente no por la connotación religiosa, sino por la evidencia velada y tácita en la frase de haberse convertido en el grano en el culo de un inesperado asesino sin escrúpulos.

 

-¡Coño! –gritó involuntariamente cuando giró la esquina para dirigirse a su casa y vio a uno de los dos hombres que acompañaban esa noche a Antonio y que desaparecieron con mucha rapidez junto a sus acompañantes y la de Antonio, detenido frente a su puerta. Le estaban esperando sin disimulo alguno pues, cuando quiso retroceder, se encontró topando con el otro hombre que acompañaba a Antonio, el cual a la par que le agarraba del brazo con una mano enorme como una tenaza, emitía un silbido de llamada que, el otro, reconoció en el acto y casi sin mirar se dirigió célere hacia ellos.

 

-Antonio quiere hablar contigo –comenzó diciendo el que le sujetaba con una voz tremendamente grave a la altura de su rostro de durísima barba rasurada y ojos azules impenetrables-

-Te vas a venir con nosotros y… -continúa el otro con voz igualmente grave y rostro traicionero que muestra el gran esfuerzo alimenticio y físico que realiza para no dejar salir el obeso que es en realidad. Si bien, es atajado por el paso de un coche patrulla acercándose con lentitud y que lleva al que lo tenía sujeto a soltar la tenaza que tiene por mano e, involuntariamente, liberar a Tato que, lentamente, comienza a alejarse de ellos ante la no disimulada atención de la pareja de policías.

-Tato, no te vayas tenemos que ir a comprar los recambios para el coche –dice en voz no muy alta el de la mano de tenaza provocando que, el coche patrulla se detenga junto a ellos, mientras Tato, se aleja lentamente.

-¿Algún problema? –dice el policía tras el volante-

-No, no, nuestro amigo que es un despistado y se ha olvidado que habíamos…

-Quedado, sí –le interrumpe el policía mirando a ambos de arriba abajo ataviados con trajes a rayas hechos a medida sin ninguna clase y después a Tato, ataviado con un pantalón rojo de algodón, zapatillas negras de esparto y una blusa blanca- No tenéis el mismo sastre ¿Verdad?

-Nosotros dos, sí –responde con aspereza el de la lucha contra su innata obesidad-

-Ya me parecía a mí –zanja el policía a la par que su compañero desciende del coche y se detiene junto a su puerta y él, igualmente desciende sin cerrar la portezuela- Les importaría enseñarme su documentación, por favor.

-¿Por qué motivo? –dice el de la lucha contra su innata obesidad, respaldado por la apostura del otro.

-En principio porque me viene saliendo a mí de los cojones, ahora, eso sí, estaría aún más encantado si os negáis. Hay unos yonquis en el calabozo que están muy aburridos y les vendrían bien un par de payasos sin gusto como vosotros para reírse un rato.

Tato observa desde lejos, no puede escuchar su diálogo, pero sí percatarse como el de la lucha contra su obesidad innata detiene al otro colocando una mano en la pierna de éste y como, ambos, entregan sus documentos al policía que, con ellos en la mano, se introduce en el coche mientras su compañero, en pie al otro lado del vehículo, protegido por éste, muestra a éstos con descaro cómo su mano derecha se encuentra sobre la liberada arma reglamentaria en la pistolera. Tato no necesita ver más, le urge sopesar lo que está ocurriendo con algo de alejamiento y decidir cómo recuperar sus cosas e, incluso, la posibilidad de marcharse de la isla. Comienza alejarse pensativo ajeno a su entorno, aún más a la furgoneta que surca la estrecha calzada y que tras pasar junto a él, se detiene se abren las portezuelas traseras, de éstas asoman dos hombres que le agarran con celeridad de los brazos y le hacen desaparecer en el interior del furgón antes de cerrar las portezuelas y continuar circulando. Tato abre los ojos con esfuerzo, no sólo por el único rayo de sol que se cuela por algún diminuto orificio del lejano y abovedado techo del oscuro y húmedo sótano donde se encuentra, dándole directamente en los ojos. Sino por el dolor de cabeza que le produce el golpe que lo dejó sin sentido. A su alrededor, distintas siluetas negras, cómo él, en el sucio y encharcado suelo de piedra, se mueven cual pacientes de un hospital tras una larga operación, emitiendo acongojantes gemidos que ponen la piel de gallina a Tato. Intenta incorporarse con lentitud, sin embargo, unas cadenas y grilletes agarradas a unas argollas en el suelo le tienen casi inmovilizado contra éste. Aterrorizado, intenta liberarse gritando desesperado pero, tras unos segundo en los que provoca que sus muñecas y tobillos comiencen a sangrar a causa del oxidado hierro de los cepos. Exhausto, vuelve a mirar su entorno y así mismo, percatándose de su completa desnudez al igual que de aquellos que, silueteados, cerca de dieciocho figuras, se mueven con esfuerzo y dolor en la misma posición que él, inmovilizados contra el suelo. Su mente vuela al último recuerdo, alejándose de su casa y de los dos matones de Antonio frente al coche patrulla y, después, oscuridad, precedida por el dolor en sus brazos en los que, si no hubiese oscuridad, podría ver la huella de la presión de unas vigorosas manos agarrando con fuerza. No puede pensar más, una bombilla de bajo voltaje colgada del lejano techo ilumina inesperadamente, permitiendo ver unas lejanas escaleras de obra por las cuales desciende una persona. El resto de figuras parecen encogerse y gemir de pavor, mientras Tato, sorprendido, comienza a gritar esperanzado.

-¡Hola, socorro! ¡Ayúdeme! ¡Hola, por favor, aquí! ¡Socorro! ¡Ayúdem…!

La visión frente a él de quien creía podía ayudarle, le deja completamente mudo. Casi esperaba a los secuaces de Antonio, a éste mismo o, incluso, a los dos policías que le habían acosado pocas horas antes. Nunca a Graciela, casi silueteada por la pobre luz de la bombilla a su espalda, pero completamente reconocible frente a él, ataviada con extraños y ceñidos ropajes de cuero negro, repleto de tachuelas acabadas en punta, al igual que el látigo de nueve puntas metálicas que porta en una de sus manos.

-¿Te gusta el modelito, Tato? –dice ella sin esperar respuesta… (Continuará)

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“El Tato” (Bosquejos)

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…poco más de una hora después de que se fuese el Flaco, completamente colocado cerveza en mano, frente a dos policías de paisano que, tras interrogar a Yaiza, muy asustada por la presencia de los policías, le interrogarían a él sobre el asesino de el Jaco.

 

-Podías haberte vestido ¿No, sucio hippie de mierda? –le espeta el más alto de los agentes con pinta de rockero americano. El Tato que, realmente, no se había enterado de la presencia de la pareja hasta que Yaiza, a punto de marcharse, le dijo quiénes eran y que a ella ya le habían interrogado-

-Estoy en mi casa, puedo estar como me apetezca- responde el Tato, con mucho tiento tapándose con la sábana-

-¿Tú casa? Cuándo te echen seré el primero en estar ahí fuera para recordarte lo de “Mi casa”, escoria de mierda. Aquí, a ésta que no es tú casa, venía muchas veces el Flaco, el camello canarión con pinta de Don Quijote drogata, así que, por cojones tenías que conocer a el Jaco por lo tanto, tienes que saber quién lo mató aquí en “tu casa”–dice de nuevo el agente con pinta de rockero, sin dejarse llevar por la expresión de asco que cruza su rostro ante las estampa de el Tato. Desnudo sobre el colchón, apenas tapando su entrepierna con una roída sábana blanca, rodeado por la máquina de escribir sobre una caja de madera, libros, hojas de folio escritas y muchas en blanco, otra caja, ésta de cartón, a modo de mesilla de noche sustentando una botella irreconocible por el resto de la cera de incontables velas de bien distintos colores, rodeada por paquetes de tabaco vacíos y alguno lleno, mechero y una pequeña pipa en el deteriorado dormitorio de ajadísimo papel de pared verde con casi irreconocible estampado floreado con cenefas-

-Ya lo dije en Comisaría, no ví a quién lo mató –responde lo más convincentemente que puede el Tato. Sin embargo, quizá no por falta de convencimiento sino por una seguridad atestiguada, el otro agente, éste con aspecto de pueblerino creyente, correctamente vestido con americana, corbata y corta mata de pelo peinada con la raya a un lado, se lanza contra él y asiéndolo del cuello le obliga a ponerse en pie, a la par que extrae una pistola y la encañona en la boca del estómago-

-Seguro que lo habrás visto en las películas lo doloroso que es un tiro en el estómago, dicen que es una de las muertes más dolorosas y… -se detiene un instante acercando su rostro con los ojos inyectados en sangre al de el Tato, casi sin aliento y avergonzado porque, como dice el dicho, “todos los ahorcados…- …¿Eres maricón? ¿Te pone tenerme tan cerca? ¿Te va el masoquismo? Eres un mierdas, así que, no nos mientas, esto no es la península, aquí la policía hace lo que le da la gana y no necesita justificarse. Ni siquiera cuando es algo justo como el tiro que le metieron entre ceja y ceja, al hijo de la gran puta que dio gofio por caballo. Así que por pegarle un tiro en el estómago a un mierdas cómo tú, te aseguro que no me van a meter en la cárcel ni me van a acusar de nada ¿Fue el gitano canarión quién mató al Jaco?

 

Con brusquedad lo lanza contra el colchón, a la par que guarda la pistola y, limpiándose las manos en los pantalones de vestir, se coloca junto a su sonriente compañero. Mientras observan a un Tato, todavía con los síntomas de las drogas y el alcohol, intentando aparentar serenidad, a la vez que esconde su inesperada exaltación física, respondiendo con la voz pastosa.

 

-¡Waw! Se me ha puesto tiesa, sí que tiene que molar echar un polvo mientras te asfix… -célere, el agente con pinta de pueblerino creyente le suelta un manotazo provocando que la cabeza de el Tato golpee contra la pared. Dolorido y humillado, tras unos segundos en los que cree que la cabeza le va a estallar, a la par que consigue recuperar el equilibrio y sentarse enfrentado a la pareja policial, continúa hablando como si no hubiese ocurrido nada, aunque con la misma voz pastosa- No sé por qué coño el Jaco entró en la casa por la parte de atrás, aunque aquí nadie lo conocía, lo habíamos visto sí, pero no era amigo de nadie de los que vivimos aquí en “nuestra casa”. Y, como ya dije, me acojoné y me escondí bajo el saco de dormir, así que no ví nada, no sé quién coño lo mató…

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Jason

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La guitarra de aquel Jimi Hendrix que inmortalizó un tema cuyo autor se pierde en la oscuridad del mundo de la música, sonaba inconfundible como el tono del cantante con su “Hey Joe!” casi resbalando por los regueros de sangre de sus brazos goteando sobre el cadáver descuartizado de su mujer. En su caso, no la había matado por ningún tipo de infidelidad por parte de ella, como así lo hizo Joe en la canción de Jimi, sino por el simple placer de hacerlo. De sentir sus manos, tras asestarle un par de puñaladas, entrando en el interior de ese cuerpo que tan loco le había vuelto sexualmente, y dejarse arrastrar por el calor de sus entrañas mientras la penetraba profusamente. Golpe a golpe de su pelvis contra la de ella, extrayendo vísceras y tripas a las que besaba como si se tratase de los aún calientes finos labios de su rostro o de su entrepierna. Empapándose de la calidez del líquido bermejo antes de que se volviese frío como el turgente y voluptuoso cuerpo que tantas veces había recorrido por el exterior, sin si quiera dejar un resquicio de aquella cálida piel sin recorrer con sus labios, saboreando cada milímetro, cada poro de aquel hermoso recubrimiento que le había guardado, hasta ese momento, un interior que había conseguido llevarle hasta un cénit de frenesí tal que no pudo hacer otra cosa que, casi, refugiarse en ese interior, tras vaciarlo colocándose en posición fetal como si hubiera vuelto a la matriz materna. Renaciendo, al ritmo de aquella guitarra tocada hasta con los dientes, y observando el descuartizado cuerpo a sus pies, mientras la sangre corría ácrata por todo su cuerpo desnudo resbalando en pequeñas y grandes gotas hacia un suelo donde, por tercera vez, y sin siquiera tocarse esa última vez, dejó escapar, primero un cartucho acuoso y después, pequeños proyectiles fluidos, hasta acabar con un par de perdigones de afeite que resbalaron por la aún erecta superficie rojiza hasta caer sobre el suelo enrojecido cuando, sonriente y apartando con la mano parte del flequillo acartonado de su rostro, giró sobre sí mismo y abandonó el dormitorio.

Cuando, una semana más tarde, junto al atónito vecino que alertó del insoportable hedor que emanaba el apartamento contiguo, diferentes  miembros de la policía se encontraron tras derribar la puerta con el macabro espectáculo del cuerpo destrozado y destripado tomado por los siempre esperados gusanos y los autoinvitados ratones y cucarachas, él se hallaba a más de mil quilómetros de distancia. Con la cabeza rapada, lentillas color marrón sobre sus inconfundibles ojos verde esmeralda, ataviado con ropas de obrero inglés de principios del siglo pasado que hoy en día se habían convertido, casi, en objetos de lujo, caminando por la calle con un grupo de ocho acólitos de aspecto similar, igualmente rapados y muchos de ellos con llamativos tatuajes centrados en aquella cruz procedente de una cultura, paradójicamente casi en su totalidad de tez oscura, en la cual hubo quién creyó que la intromisión del protohabitante europeo fue la responsable de la creación del original símbolo hindú. Entraron, con él a la cabeza, en un local de evidente fin lucrativo sexual y surcaron con rapidez los micro escenarios con redondas barras verticales o bien sin ellas, rodeados por ávidas y lujuriosas almas de todos los rangos sociales lanzando billetes a las bailarinas ligeras de ropa o bien ya sin ella, conscientes que sería lo más cerca que estarían esa noche, y muchos de ellos, todas las noches de un turgente cuerpo femenino. El grupo, cual hatajo de cafres, si quiera prestó atención a las camareras, igualmente medio desnudas, surcando los corredores sobre patines haciendo imposibles equilibrios con las bandejas o bien a las que se encontraban tras las dos barras sirviendo las copas, con celeridad desaparecieron tras la puerta marcada con el letrero dorado con anodinos caracteres negros componiendo la palabra “Ofice” junto a los servicios. Y entraron en un pequeño despacho de apenas cuatro metros cuadrados donde, incluso en el suelo, sobre la mesa y las sillas se repartieron los ocho acólitos, mientras él desaparecía por otra puerta y entraba en un espacio rayano a los sesenta metro cuadrados, completamente circular decorado al más puro estilo cabaretero sin gusto con una cama circular como eje de operaciones del dormitorio-despacho, sobre la que yacían tres mujeres representativas de las tres razas y un enjuto y extremadamente delgado hombre caucásico, igualmente desnudo como el trío de féminas, mostrando con desparpajo unos atributos desproporcionados y llamativos no únicamente por su extrema delgadez. Abandonó la cama al son del coro de lamentaciones de las tres mujeres, tributando el excelso don reglado por la naturaleza y, tras hacer una seña al inesperado invitado, se sentaron en un impactante canapé de mil colores, enfrentado a una soez mesita de centro cuyo paño de cristal traslúcido reposaba sobre una alarmante estructura de metal forjada cual si fuese una enorme vagina abierta con dentadura de tiburón, sobre la que reposaban diferentes teléfonos móviles, un ordenador portátil y dos botellas de vidrio sopladas en dos distintas formas representado la formas delantera y trasera del cuerpo de un hombre donde, las nalgas tenían un líquido transparente y el bálano de un tono cobrizo, junto a dos vasos anchos impolutos. Sin decir nada, pero dando a elegir con la mirada a su invitado, el enjuto zumbón segmentario vertió del traslucido para él y del oscuro para su invitado, antes de catar con concupiscencia su licor e iniciar el diálogo.

-Después los quiero muertos, los ocho –dice el enjuto hombre con una voz profunda y grave inesperada por su apariencia- Que te ayuden a…

-Te dije que debías ir con más cuidado –comienza él con condescendía primero y después airado- pero no, “Big Dick” tenía que convertir la unidad en grupo ¡Y luego pasa lo que está pasando!

-No te cabrees, Jason –dice Big Dick mirando la máscara de hockey ensangrentada idéntica a la que porta Jason Voorhees en la película “Viernes 13”, colgada en la pared frente a ellos entre diferentes elementos fálicos de entretenimiento adulto- si en realidad, al margen que es cierto que me he equivocado, eres como él… ¿Sierra eléctrica? (Continuará)

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Esbozos de una historia sin nombre (18)

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…El solar abandonado ha sido tomado por indigentes que, en su creatividad, han creado con palés, armazones de madera y plástico empleados en el movimiento de carga, auténticos barrios residenciales, con sus calles, porches e, incluso, pequeños jardines. Cuya creatividad ha erradicado del olvidado rincón basura y desecho sustituyéndolo por vida y color, por donde, desorientada, camina Jones, con los brazos cruzados para mantener el calor bajo la chaqueta negra de cuero. Hasta arribar a un elaborado porche de madera recubierto por una enredadera con flores lilas de campana, por entre las cuales es posible ver en números romanos pintados a mano en color rojo, el número setenta y dos. Bajo el cual, sentado en una restaurada mecedora de mimbre, un hombre de amplísima y cervecera barriga oculta bajo la tela de una camiseta blanca sin mangas con manchas de comida y café sobre un número tres, una equis, un número ocho, el símbolo de más y otro número tres pintados a mano en color azul marino muy toscamente. Tocado con un severa calvicie hasta más abajo de la coronilla, donde asoman un puñado de grasientos y casposos pelos negros, con hebras del tabaco de pipa de la cual extrae largas bocanadas. Jones, observa al hombre que no esconde, aún tras las lentes de cristal ahumado casi opaco por el uso con forma de pera, la mirada directa y algo soez a la parte de la anatomía de ella que parecen sostener los cruzados brazos.

-¿Teht? –pregunta algo taimada la exoficial de policía-

-¿Tengo pinta de judío? –responde despectivo el hombre, excusándose rápidamente- No es que sea antisemita o algo así, no vaya usted a pensar mal de mí.

-Soy investigadora y me han informado que, en el número setenta y dos de éste… -abre los brazos y gira a un lado y otro sobre la cintura en clara alusión a su entorno- …¿Barrio? Encontraría a Teht ¿No es usted?

-¿Eres poli? –casi escupe el hombre, regodeándose con la expresión de ofensa inicial de Jones-

-Lo fui, ahora soy investigadora y…

-Así me llaman unos que vinieron de las tierras palestinas así que, si han sido ellos los que te han informado, sí, soy Teht ¿por qué?

-¿Podría decirme dónde estuvo usted el veintidós de diciembre? –el hombre la observa curioso y divertido antes de responder-

-En el mismo sitio que desde hace más de un año, aquí, sentado tranquilamente, ya no me muevo más que para comer, cagar o mear, dormir y colocar la compra que pido por internet, la tecnología me ha facilitado mucho la vida, hasta tengo un sistema automático para regar la enredadera ¡Ja, ja, ja! –la estentórea carcajada da impulso a la mecedora y, con ésta, sus reblandecidas carnes bajo la camiseta provocando un momentáneo gesto de rechazo en el rostro de Jones, del que se rehace para continuar su interrogatorio-

-Ya veo que no se mueve demasiado y ¿Sabe usted que otro Teht podría ser, además de usted?

El hombre, claramente hastiado y molesto con la mujer, da un par de largas aspiraciones a la pipa, extrae el humo con parsimonia a la vez que, con una obscenidad buscada, se rasca estentóreamente una entrepierna que, a priori, asemeja invisible bajo la enorme barriga y, cuando consigue dar presencia mucho más que latente al objeto de su procacidad, eleva la montura de las lentes de sol con la otra mano sin soltar la pipa y, mirando directamente a los ojos de Jones, con unos ojos marrones completamente muertos, espeta tajante para volver a su compostura inicial.

-¡Cómeme la polla maldita madera!

La reacción inicial de Jones es lanzarse sobre el desaguisado y grosero hombre, sin embargo, consigue reprimir sus cerrados puños abriéndolos como medida de relajación y, girando sobre sí misma, se aleja despacio por el inesperado laberinto de callejuelas de tierra hasta arribar a una calle sin salida donde, sobre un portón de madera parapetado, como el resto de las construcciones, por palés, se encuentra un enorme número setenta y dos en color blanco muy ajado y apenas perceptible sobre la no menos desgastada y sucia madera pintada en color marrón. Y, justo en el centro del portón entre el número siete y el número dos, cual si hubiera emergido de la misma madera, descubre un pequeño hombre sentado con las piernas cruzadas sobre sí mismas,  la cabeza baja, ataviado con un llamativo chándal color rojo con tres franjas blancas a los lados al que parece faltarle únicamente la etiqueta de recién comprado. Entre sus pequeñas manos sostiene un teléfono móvil táctil del que, a la par que eleva la cabeza para mirar con sus profundos ojos negros a Jones, comienza a emitir música punk, acorde con su fanhawk rosada, la cresta resalta tremendamente sobre su rostro casi infantil, carente de los rasgos de enanismo, y a la par de una longevidad indescifrable y aturdidora.

-¿Me buscabas? –dice el pequeño hombre con susurrante voz profunda rota por agudos tonos cual si se tratase de un niño a punto de cambiar la voz-

-¿Tú eres, Teht? –pregunta Jones ufana e incrédula-

-Yo soy un Teht –responde sonriente el pequeño hombre- ¿Sabes qué significa Teht?

-Es una letra del alfabe…

-En turco significa roca grande desgastada por la erosión, y qué es el punk, rock desgastado por el hastío y el inconformismo, así que, sí, soy Teht.

Jones, si quiera le responde, gira sobre sí misma para reandar sus pasos e intentar encontrar la salida del solar convertido en inesperado barrio residencial de palés, deteniéndose al instante para no atropellar al pequeño hombre. Frente a ella completamente rígido, apenas llegándole la parte más alta de la rosada cresta de su cabeza a la parte baja de sus senos, mirándola con una amplia sonrisa mostrando claramente la alegría que le provoca la sorpresa de ella. La cual, gira sobre sí misma para mirar hacia donde se encontraba el pequeño hombre y de nuevo a éste frente a ella.

-¿Cómo has hecho eso? –consigue espetar dando un paso atrás para alejarse de él-

-Buscas a Teht y sólo piensas en cómo he podido ir de allí aquí ¿Ya no importan los “no” nueve asesinatos? ¿O los “no” miles de asesinatos a lo largo de la historia? –Jones se lanza airada sobre él asiéndolo de la pechera y acercando el rostro hasta casi escupirle en sus contradictorias facciones infantiles y longevas-

-¿Qué sabes de los asesinatos? ¡Cuéntame! ¡Habla!

-¡Uff, cuánta ira! –dice divertido el pequeño hombre soltándose con facilidad y volviendo, inexplicablemente, a encontrarse sentado entre el número siete y el número dos del enorme portón, centrado en la búsqueda de canciones en su teléfono móvil-

-Pero ¿Qué…? –acierta a decir Jones sintiéndose ridícula y ofendida durante un instante por su posición doblada por la cintura asiendo un vacío con el objeto de su ira, inicialmente desaparecido de su vista, y encontrado, también inicialmente, observando su incómoda postura, sustituida con la misma velocidad con una media vuelta erguida sobre sí misma mirando fijamente al extraño hombrecillo-

-Aún no te has dado cuenta de la realidad, Jones –comienza el hombrecillo haciéndose oír por encima de la estruendosa canción dedicada a una reina por una banda autodefinida como los pistoleros del sexo- que no es otra que… No es bueno pedir pero más malo es robar…

-¿Qué te tengo dicho enano pedigüeño? ¡Y apaga esa puta música! –atruena la voz de Bronsón en su pequeño bar dirigiéndose al pequeño hombre ataviado con un chándal rojo y una cresta rosada apostado frente a una ausente Jones sentada en una de las mesas frente a su ordenador portátil y la copa de anaranjado mejunje italiano en la mano-

-¡Ya me voy grandullón, ya me voy! –termina diciendo con voz grave salteada por tonos agudos cual niño a punto de cambiar la voz el pequeño hombre a la par que abandona el local, observado por una Jones aturdida e incrédula, incapaz de explicar lo que está sucediendo sin dejar de mirar, aún más desorientada, a Bronson tras la barra con su eterno vaso mate por el uso lustrado con el no menos omnipresente trapo con sus enormes manos de ébano y al pequeño hombre, a través de la puerta, alejándose dando pequeños salto cual si se tratará de un niño… (¿Continuará?)

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