La falta de albedrío

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El siempre alejado horizonte marítimo, esa ilusa raya que separa el mar del cielo, hipnotizaba su mirada, que no su voluntad. Ésta, su constancia, no se hallaba enfocada en proyecto alguno, tampoco en una relación o en un problema económico, sino en entender una vida, no sólo la suya, plagada de contradictorias estulticias. De eslóganes gratuitos, un tiempo atrás escritos en sobres de azúcar, en lemas extraídos de populistas filmes y en doctrinales aseveraciones camufladas bajo voces aparentemente insurrectas. Su vida, como la de todo el mundo, había estado repleta de ese supuesto comportamiento intachable donde el mal, ese concepto alejado de arrancar o martirizar la vida ajena, oculto tras una espesa nube de humo, debía ser evitado y, aún más, erradicado. Sin embargo, el bien, una percepción más que un propósito, era aún más confuso que el propio mal pues, no había duda, hacer bien las cosas, por ejemplo, en una casa, en unas normas y formas de una familia, podía ser muy distinto de las de otra. Esto es, dejar abierta una ventana en un entorno familiar podría ser motivo de consideración malévola e incluso castigo, en otro, no sería más que un simple despiste no sólo no punible sino, además, incluso causante de chanza. Por tanto, extrapolando esa sencillez a valores más comunes y de mayor peso social y comunitario, cómo encontrar, realmente, la posición benévola o malévola, ambas, en sí mismas, serían posturas y formas correctas para quién las practicase. Esto es, una postura considerada benévola sería malévola para quién practicase la malévola y viceversa, por tanto, razonaba ella sin dejar de mirar con sus ojos marrones como las aceitunas antes de madurar a través de los ahumados cristales de sus lentes de sol, la ilusa línea en la letanía, ajena al juego de la brisa con su corta melena castaña. Sin que, por ello, realmente, estuviese pasando una etapa de cuestionamiento personal, bien al contrario, no recordaba un instante de su vida en el cual no se hubiera planteado unas y otras razones. Y, lo que era peor, su elección, aquella que la había convertido en una persona mínimamente odiada o repudiada, es decir, como la gran mayoría de personas, en un individuo nada sobresaliente en cuanto a sus formas y maneras- ¿Era realmente la correcta y, aún más, había sido una elección cabal o sencillamente una postura acomodaticia? -Quizá, aquel era el punto en el que en demasiadas ocasiones la inmovilizaba frente a algún horizonte lejano, su falta de albedrío. Había sido adoctrinada casi antes de nacer en unas formas que ella no había podido reflexionar o argumentar, desde que recordaba, el simple hecho de desear algo por encima de los demás, había sido tachado de egoísmo, con el consiguiente aleccionamiento, rapapolvo y, desde luego, con la indeseada repartición e, incluso en algunos casos, completa pérdida de lo deseado. Sin embargo, el mismo hecho llevado a cabo por un animal doméstico o salvaje era celebrado y, las más de las veces, hasta premiado con la insostenible argumentación de su supuesta condición no pensante. Un requisito, el de no pensar que, no sólo se extendía a muchísimos de sus congéneres, igualmente sometidos al escrutinio y corrección que había sufrido ella, que dejó de compartir cuando, una vez convivió con animales, éstos le ofrecieron una visión bien distinta de la situación. Porque, en algunos caso, pequeños déspotas, no sólo como en realidad todo ser vivo, se preocupaban únicamente de lo que a ellos les hacía sentir bien, sin valorar al resto, no por ello dejando a un lado la sociabilidad y, desde luego, la ternura y el afecto e, incluso, la adoración. Además, su supuesta condición no pensante, similar a muchos de sus congéneres humanos, no les dispensaba de cavilar o sopesar aquello que llamamos imprescindible para cubrir las necesidades básicas, es decir, comida, apareamiento, si no han sido castrados, y sociabilidad o, en el caso de los no pensantes con chip o papeles y no documento nacional de identidad, el sentimiento de pertenencia a la manada, aceptando ciertas reglas impuestas para saltárselas a voluntad si quien las impone no es un descerebrado sin sentimientos. Por tanto, piensan y, si es así, no sería más correcto adoptar y, desde luego, mejorar esas formas animales que las humanas, quizá heredadas de unos tiempos de difícil supervivencia, jactanciosamente confundidas por arbitrarias majaderías dogmáticas. Desde luego, impuestas a una libertad de comportamiento como ser redimido por el simple hecho de nacer y ser un ente individual necesitado de arribar a un comportamiento, no tributado, instruido y exigido, sino elegido. Seleccionado tras la franca y resuelta experimentación del día a día, del insuflar y exhalar cotidiano, a veces, bien hinchando los pulmones con la límpida brisa campestre bien pequeñas bocanadas con la polucionada corriente urbanita pero, siempre, hasta cierto punto, tras la decisión del individuo. Tras la propia elección como la que, también, la tenía varada frente al azulado manto marítimo, -¿Empecé con el maldito vicio de fumar porqué quise o por estar a la altura de las circunstancias?-

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Va per tu, David Ocaña

cartel

-¡Fantástico! ¡Genial!- Habría exclamado David Ocaña si el pasado día doce de enero hubiese asistido a su homenaje póstumo en la Sala Monasterio de la siempre Layetana ciudad. Es más, como la mayoría de los que asistieron, a buen seguro, aún estaría con las secuelas del fiestón que se hizo en su honor. Organizado por la inconmensurable pianista, compositora y mucho más que amiga de David, Assumpta Caihuelas y por el siempre presente respaldo, no sólo al mundo de la música, sino a los músicos individualmente, de Maite Cardó, enamorada de la destreza de David y, como todos los que han tenido la suerte de cruzarse en su camino, de él. Se reunió un numeroso grupo de amigos que, con un enorme esfuerzo, consiguieron apartar la amargura de limitarse a ver a David en las fotos, e hicieron lo que más le gustaba a él, aquello que había guiado su vida desde que tuviera recuerdo, disfrutar y vivir la música. Y, para ello, nada mejor que juntar a un montón de grandes músicos y bandas que compartieron escenario en algún momento con él. “Banda Paranoia”, “Doctor Muerte y sus Ekuaces”, “Decibelios”, un homenaje de su sobrina Janire con Assumpta al teclado, que consiguió que la atestada sala no pudiera por menos que sentir los pelos de punta. “La Banda Trapera”, “Morfi con Assumpta de nuevo al teclado”, un tributo al innegable gusto de David por el metal, con Miquel Jorbá, Antonio Blanco, Uri, Toni Nerviorroto y Manel Palacio. Tras los cuales les tocó el turno a  “Pedro Enrique Band” y, finalmente, “No Name Band”. Todos los que subieron al escenario, incluidos espontáneos, desde Pedro Enrique a Xavi Bon, Raúl Pulido, Jordi Subidas, Bolo, Fray, el gran Boris, Jaume Boticelli, Sisco, Pato, Yoan Pimienta, Josep Antoni Cánovas, Héctor, Iago Juan Torres, Dani, Antuán Asensio, Micky, jose Mª Ortega, Miguelón Díaz, Elba Romero, David Morchón, Leo Alcázar o Laura Díaz, dejaron sobre el escenario lo mejor de ellos mismos como persona en recuerdo de David. Cuya última ascensión al escenario, recordada por aquellos que tuvieron el privilegio de ser testigos, fue mucho más que memorable en “Jocker House Barcelona” como miembro fundador de “No Name Band”, banda que dió el cierre al escenario, que no a la noche. Compuesta par parte de sus fundadores, Pitu Parrado, Manel Palacio, Edu Rocket, Assumpta, con la inestimable aportación de  Aleix Costa y Rubén, y la colaboración de Miquel Jorbá en una versión de “My Way” de Frank Sinatra, que pasará a la historia por transportar la sala entera y parte de ese puerto Olímpic donde se encuentra, a un lugar donde sólo David pudiera oírlo. Un fin de fiesta cargado con ese calor que hacía sudar a David, el provocado por unos músicos volcados en dar lo mejor de ellos mismos, disfrutando de cada nota y cada estribillo para hacer vibrar al público, esa noche amigos, parientes y, por sobretodo, compañeros de vida de David. En una Sala Monasterio transformada, no sé si en Catedral pero, desde luego, en seo del amor a la música y a aquel que, no cabe duda, representaba todo ello, David. En una dedicatoria conjunta, bien levantando copas, rasgando cuerdas, golpeando bombos, apretando teclas, soplando el saxo o tras el micro, cuyo eco será eterno, “Va per tu, David Ocaña”.

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Foto Cartel: Ferran Siuró (http://www.ferransiuro.com/)

Fotos que plasman una noche única en los álbumes de:

Cristian Espinel

https://www.facebook.com/pg/EspinelPhoto/photos/?tab=album&album_id=495797307469581

 

Lucas Kornellá

https://photos.google.com/share/AF1QipOrbzQhIpRM4I-UWaCP4WhKkbFpjjlH0FrQchKjaPL_hxBiU_7PjcebwYqKyXIqSg?key=SzdYSXMwZzZvckhtVmNLLWZCdHpCNjk3R1NPZHhn

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El Cofre

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La casa, semi-derruida, había pertenecido a un familiar lejano, una rama de la familia perdida en los albores del tiempo que, inesperadamente, había aparecido a modo de herencia inesperada. Un legado que, además de quedar reducido a la casi demolida hacienda y a un cofre donde se hallaban unas hojas de papiro algo ajadas escritas en un lenguaje antiguo y protegidas entre planchas de metacrilato y un abultado sobre amarillento que, según el abogado que se había puesto en contacto con ella, para su desconocido pariente tenía un valor sentimental incalculable. Si bien, mientras ella miraba el interior del edificio, el abogado, atento, lo guardó en el maletero del coche de ésta, bajo una manta de viaje y junto a algunas bolsas cuyo aspecto hacía evidente el incontable tiempo que llevaban allí. Tras una rápida ojeada a la hacienda y sus terrenos todo giró entorno a poner a la venta la finca lo más rápidamente posible. Nueve meses más tarde, sentada tomando café en la terraza del bar más cercano a su casa, en el casco antiguo de la ciudad, respiraba aliviada por la venta de la casa y, descontando el obligado pago tributario, pensando en qué invertiría la suma que, si bien no muy cuantiosa, finalmente había resultado ser muy generosa. Cuando, frente a ella, sin previo aviso taza y plato de café con leche en mano, se sentó un hombre de aspecto taciturno, barba enmarañada igual que su larga melena castaña y mirada nerviosa de ojos marrones, visibles tras las lentes de cristal ahumado.

-Soy Cefas –se presenta el hombre con voz grave y susurrante- y tú tienes en tu poder unos textos escritos en arameo que heredaste de…

-¿Era arameo, cómo…? ¿Quién te ha dicho que tengo ese cofre?–le ataja ella nerviosa-

-No importa, finalmente lo he averiguado, y debes saber que esos papiros pertenecieron una vez a mi familia, aunque escritos por un antecesor tuyo fue un pariente mío quien los popularizó y…

-Casi acabo de descubrir que tenía ese pariente y tú hablas de antecesores como… Además, no sé ni dónde está el cofr …

-¡¿Lo has perdido?! –le interrumpe Cefas alterado a punto de tirar su taza y la de ella- ¡¿Tú sabes lo que significan esos papiros?! No sólo porque tienen un precio incalculable sino… ¡¿Tienes idea de su valor histórico?!

Ella se levanta ofendida y, sin mediar palabra, se aleja asustada mientras, el camarero, atento, detiene a Cefas que, con brusquedad y lanzando la mesa contra el suelo, ha intentado seguirla. Una vez pasado el momento de pavor y ya sintiéndose a salvo en su pequeño apartamento de un único ambiente con cocina y barra americana, mientras comprueba mensajes en el teléfono móvil, se detiene un instante mirando al vacío intentando recordar qué hizo con el cofre. Buscó en el pequeño altillo sobre el cuarto de baño e, incluso, bajó al pequeño trastero que tenía en el cavernoso sótano del ajado edificio, la antigua carbonera reconvertida en guardamuebles. Sin embargo, no lo encontró y, aunque el encuentro con el extraño Cefas, en un principio, al margen del susto, había provocado esa avaricia innata en el ser humano cuando alguien plantea la posibilidad de ganar dinero aparentemente fácil, si bien, tras sonreír ufana, volvió a su vida con la clara idea de que ya había tenido bastante suerte con la pequeña fortuna extraída de la venta de la hacienda heredada. Ésta le permitiría comprar el diminuto local que tenía alquilado y donde vendía y creaba su propia gama de bisutería y ropa e, incluso, el diminuto piso donde vivía, igualmente de alquiler como la plaza de garaje también arrendada. Gracias, precisamente, al abogado que se había puesto en contacto con ella para notificarle la herencia, poco más de un mes después, había conseguido sus principales objetivos, la compra de su hogar, del local y de la plaza de garaje y aún le sobró dinero para plantearse unas buenas vacaciones. La vida le sonreía, incluso en el plan amoroso, recientemente había entrado en su entorno y en su cama el amigo de una amiga que hacía años que conocía y que, una noche de celebración finalmente, según su amiga, habían llevado a buen fin lo que tendría que haber ocurrido mucho antes. Con ese pensamiento comenzó a abrir los candados de la pequeña persiana metálica que cerraba su tienda, cuando, a su espalda, volvió a escuchar la grave y susurrante voz de Cefas.

-¿Has encontrado el cofre? –le preguntó, ella se levantó rápidamente a la par que giraba sobre sí misma para encontrase con el afligido rostro barbudo del hombre-

-No, lo busqué pero no sé qué hice con él, la verdad.

Cefas, lejos de alterarse como ella esperaba, ya a la defensiva inconscientemente, dejó caer los largos brazos a cada lado de su cuerpo, cubierto con un largo gabán de cuero negro y, casi, pareció que iba a caer de bruces contra el suelo, completamente desesperado. Ella, incomprensiblemente apenada, le agarró por el brazo que, bajo la gruesa tela negra le sorprendió por su aparente fortaleza y musculación, y lo acompañó hasta la misma terraza donde le abordó la primera vez y, tras un par de tilas, finalmente él comenzó a hablar.

-Esos papiros fueron escritos por un ancestro tuyo, en sí mismo, el relato, no es nada excepcional, en aquella época, quizá lo fue, pero, no es más que una realidad ficcionada. Hasta ahí, su importancia, tanto histórica como económica, radicaría en su antigüedad, más de dos mil años, que ya le da un coste desmesurado. Sin embargo, lo que lo convierte en incalculable y, aún más, en amenaza mundial, es que es la prueba tangible de que estos últimos más de dos mil años están basados en un relato novelado. Una fantasía escrita por un hombre despechado, hermano del protagonista real, que fue utilizada, inicialmente, como prueba de los supuestos hechos acontecidos en aquella desorganizada Jerusalén. -Cefas calla un instante mirando fijamente a los avellanados ojos de la mujer, visiblemente perpleja e incrédula- Sí, por muchos papiros que se hayan encontrado de aquella ciudad y aquellos tiempos, todos ellos están repletos de contradicciones y confusos datos temporales. Aún más, si tenemos en cuenta que muchos de los textos desaparecidos y copiados incontables veces en otros idiomas posteriores, debían su acierto a la interpretación de unos escribas que, como cualquier historiador actual, carecían por completo de objetividad. Y la única copia conocida, aunque perdida hasta que te fue legada, es la que hay en ese cofre  por la que mucha gente, ancestros tuyos y míos, han muerto para mantenerla a salvo de acérrimos y conscientes defensores de esa farsa que ha modificado arbitrariamente nuestro pasado y nuestro futuro.

-Entiendo que quieras recuperar esa reliquia que… -ella se detiene un instante temerosa para continuar envalentonada- …me pertenece, la he heredado yo y que, si vale tanto como dices y, teniendo en cuenta tu aspecto, estoy convencida que cuando la encuentre no vas a poder pagarlo.

-Para ti no significa nada –sentencia Cefas-

-No, no significa nada, desde luego –sentencia ella también- Pero si me pagan una fortuna, como dices, ya ha empezado, no a significar, sino a valer mucho para mí. No creerás que, aunque me encante la vida que llevo, que me la he trabajado yo solita, salvo por la herencia que me ha ayudado no sabes cuánto ¿Voy a dejar la oportunidad de vivir muchísimo mejor? Tú hablas de esos papiros como si estuviéramos en un libro de Dan Brown… -Cefas evidencia no saber de quién está hablando- …si hombre, el que escribió el libro del que se hizo una película protagonizada por Tom Hanks, “El Código Da Vinci”… -Cefas parece comprenderla pero, aun así, su expresión perpleja la obliga a explicarse un poco más- …si temas de Jesús, de su muerte o no muerte, de… Temas de esos religiosos que, la verdad, me importan poco…

-¿No te importa que la vida de ese Jesús, entorno al que se ha creado nuestra civilización, no sea otra cosa que el protagonista de un relato de ficción? –le ataja él aún más incrédulo-

-Mira, yo tengo mi vida, me crie con una maldita educación católica basada en la culpabilidad y cuando fui capaz de erradicar todo eso de encima, conseguí ser feliz. Al margen de eso que, sí, ha afectado a mi vida, lo demás me da igual. Tú te crees, realmente, que a mí me importaría que se descubriese, bien por esos papiros bien por aquellos otros del Mar Muerto creo que eran, o por lo que fuese que ese Jesús no existió. No. Me da totalmente igual, una mentira más de las miles que nos han contado, sólo creo y me importa lo que veo a mi alrededor, más allá, como cualquier persona, estoy incapacitada a creer o descreer y, desde luego, aún menos a juzgar.

-Pero…

-¿Pero, qué? Todo eso sólo os importa a los creyentes y a los enfrentados a la Iglesia y, a ésta, como estamento, le jodería mucho, se les acabaría el chollo pero, la gente seguiría creyendo en él. Si se demostrase, como dices que es posible hacerlo con esos papiros, habría una pequeña hecatombe pero los que son creyentes, seguirían creyendo, quizá de una forma distinta, aunque no lo creo, pero mantendrían su creencia.

Cefas observa a la mujer sufriendo, quizá más por la sustitución en su rostro de una expresión de ofensa e incredulidad por otra de aceptación y casi de sometimiento a la conclusión de ella. No recuerda un momento de su vida o la de sus familiares, que no girase entorno a los papiros y la verdad que éstos guardaban. Aún más, siendo creyentes como lo habían sido siempre en su familia, quizá con el paso del tiempo una mezcla entre judaísmo y cristianismo adaptada a sus formas y situación, jamás se había planteado, no ya la relevancia de hacer público el contenido de los papiros, disfrutando de antemano de la caída de ese inexplicado estado llamado Vaticano y todas sus sedes, sino de la posible repercusión real en sus adeptos. Éstos, por primera vez lo veía de otra manera, seguirían creyendo, de alguna manera el mito subsistiría.

-Además –interrumpe ella sus pensamientos- ¿Tú crees que te iban a dejar ir más allá del inicial escándalo? Estás hablando de socavar los cimientos del mundo actual, para bien o para mal, éstos dos mil años de cristianismo y sus ramificaciones, no sólo han adulterado el ritmo de la historia como cualquier otra religión si hubiera podido, ésta mucho más es cierto, sino que han creado un auténtico estado armado y soterrado que acabaría contigo casi antes de hacerlo público. Y, si lo consiguieras, algo que tus familiares y los míos, que jamás conocí, no lo hicieron en un pasado, seguramente porque eran conscientes del peligro para sus vidas que suponía, estás dispuesto a arriesgar tu vida. Eso, sin olvidar, que las mayores mentiras convertidas en verdades para las masas, aplastan las verdades y eliminan al individuo.

-¿Y qué hacemos? –dice Cefas abatido-

-No sé –responde ella ufana- primero, encontrar el cofre, llamaré al abogado a ver si él me refresca la memoria y, después, creo que te mereces una comisión si consigues venderlos como algo muy antiguo ¿No? Porque si valen tanto como dices, guardarlos… No.

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Hidrofóbico polizonte

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Mis ojos otean el horizonte,

cada vez más cercano,

quizá sea éste el que me sorprenda,

y sigo allí, inmóvil.

En la quietud de la incertidumbre,

en la hiperactividad de la certeza,

en una constante cadencia

de mil ritmos átonos,

remarcando la carencia.

En un sonido disonante,

un traqueteo de herrumbre

exento de ese anhelo de proeza

y cargado de evidencia.

Manifestando mi mundanidad,

el anodino paso del paisano,

colega del tránsito estéril,

camarada de recorrido baldío.

Sin perspectiva de un confín,

extralimitado en una ocasión,

de ida y vuelta, sin aviso,

sin conocimiento ni intención,

para volver a esperar sin porqué,

y, mucho menos, porqué no.

Horadando terreno arado,

taladrando orificios abiertos,

carcomiendo polvo de madera

con la misma falta de expectativa.

En la quietud de la sinrazón,

en la lógica de la acinesia,

sin perder de vista un límite,

en la lontananza de la cercanía,

que dejó de tener sentido,

antes, incluso, del tajo umbilical.

De aquella primera bocanada,

que me convirtió en un alguien,

en un expectante del final,

de un acabose, quizá escrito,

¿Para qué, por qué y por quién?

Ilusa quimera de prepotencia,

donde no hallamos finalidad,

mucho menos razón

y, desde luego, autor.

Soy, como forma de entenderme,

no como descripción,

otro de esos millones de vacíos,

henchidos de un soy sin ser.

Aún oteando el horizonte,

con la sonrisa rota del engreído

que no acepta, no ya la derrota,

pues jamás hubo batalla,

sino, es evidente, la provocación.

Ese reto innato y vital

de todo ser vivo cuyo fin,

no es hacer senda,

sino formar parte de ella,

no de una manera existencial

y, mucho menos, “espiritual”,

sino, sencillamente material,

utilitaria, práctica y pragmática.

Y es, ese “sencillamente”,

el que convierte todo,

en un absoluto complicado,

inmovilizador y repleto de “no sés”,

“no puede ser” y “¿Para qués?”.

Eso sí, con la exculpación y la irresponsabilidad,

no del cándido infante,

sino del veterano chusquero

incapaz de aceptar su vacua impronta,

su adoptada dependencia procaz,

bajo una estulticia no aceptada.

Escondida tras esa espada de Damocles,

mal llamada destino,

permanentemente alzada sobre la línea del horizonte.

Esa que me mantiene inmóvil,

a su espera, como única certidumbre,

y exclusiva razón,

de un recorrido insustancial,

de un hidrofóbico polizonte.

 

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Tiempo contado

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Las alas del dragón levantaban una brisa tan potente que combaba los troncos de los ancestrales árboles del páramo. Ella, más que preguntarse cómo era posible que en un lugar yermo de roca viva los desproporcionados árboles de cientos de años consiguieran extraer el agua que les alimentaba, intentaba no llamar la atención de los enormes reptiles oculta en el interior de uno de los troncos. Era consciente que ningún ser humano había arribado hasta allí, lugar de cobijo y reunión de los dragones y, por primera vez, fue consciente de las distintas especies y tamaños del mitológico animal. Había incluso una especie cuyo volumen no era mayor que el de un dogo hasta los más desproporcionados, los azules, rayanos a los treinta y seis metros de altura. Precisamente, en uno de ellos había arribado hasta aquella elevadísima meseta estéril, en plena batalla su armadura quedó enganchada a una de las escamas del principio de su cola y, cual si ella se tratase de poco más que un puñado de barro seco, cuando inicio el vuelo no sintió su presencia, tampoco en el aterrizaje donde, cuando se soltó estuvo a punto de chafarla. Si bien, aun mareada y desorientada por el largo vuelo, cuando sintió su liberación y siendo consciente de que el desproporcionado animal podía chafarla sin enterarse, dio una voltereta sin apartar la mirada del voluminoso cuerpo azulado y consiguió esquivar las afiladas garras de sus patas traseras y, acto seguido, el golpe de la enorme cola escamada sirviendo de timón de aterrizaje. Una vez a salvo, con mucho esfuerzo, consiguió refugiarse en el interior de uno de los grandes árboles, casi hueco, de esa especie desconocida para el ser humano que habitaba el páramo. Observó a los poderosos animales alados aterrizando y, lo que ella creía discernir de sus incomprensibles bramidos, comunicándose entre ellos en acaloradas discusiones hasta que, precisamente, el gran dragón azul que la había traído hasta allí, imponía su autoridad y, tras hacer callar a todos, soltaba una larga perorata que hizo bajar la cabeza a casi todos. El líder cobalto que le había arrastrado involuntariamente hasta allí, finalmente, se quedó solo pensativo mientras el resto de dragones levantaban el vuelo y volvían a la lucha, al menos, eso fue lo que ella pensó, el líder sopesando la siguiente maniobra de ataque.

-¡Impee, sal de tu escondrijo! –grita con una voz grave en el idioma de la guerrera, ésta, inicialmente aterrorizada e incrédula, intenta no moverse un ápice, sin embargo, los enormes ojos verde esmeralda reptilianos clavándose en los azules de ella, no le dejan lugar a dudas, y abandona su refugio manteniendo su mano sobre la empuñadura del pesado sable que pende de su cintura, mientras la brisa juega con la larga y suelta cabellera castaña.

-Creías que no era consciente de llevar un grano en el culo –vuelve a atronar la voz del dragón, ésta vez en un tono más amigable pero con un extraño acento, debido, supone ella, a la gran diferencia entre el idioma humano y el draconiano.

-No soy un grano en el culo de nadie y… ¿Cómo conoces mi nombre?

-Todos los Enillan… Humanos, sois un grano en el culo pero, tú, especialmente, lo has sido durante un rato y… Impee, vuestra especie es la única que desconoce todo de las demás, en todas partes conocen mi nombre, Bw·Lw, pero no porque sea más especial que el resto, aunque lo sea más que muchos, sino porque todos…

-Si sabías que venía contigo, Bw·Lw, es porque quieres algo, como todos los de tu especie, dime, ¿Qué quieres de mí? No soy más que una guerrera… ¿Enillan, humana?

-No venías conmigo, te he traído aunque, si te digo la verdad, al final no sabía si…

-Porque me he quedado engancha…

-No, lo he provoc… ¡Ya está bien! –estalla Bw·Lw resoplando fuego por sus fauces- Serás la mensajera que informará de nuestra rendición y…

-¿Qué os rendís? Pero,… Si nos estáis…

-¿Aniquilando? Sí, no sois más que… Pero no puede ser, tu especie tiene que continuar, por ello nos retiramos Dragones, Enanos, Trolls… Incluso eso que llamáis magia y que no es más que otra forma de formar parte de la naturaleza, os dejamos con vuestra artificialidad para pasar a ser parte de vuestras leyendas…

-Si es así, como tú dices, Bw·Lw, no necesitas un mensajero para qué… ¡Para qué! –grita finalmente girando sobre sí misma enfrentándose a su oponente, el enorme dragón azul digital en cuyos ojos puede verse a sí misma, su avatar, un guerrero de pesada armadura- Para qué quieres detener la partida, sí…

-¿Te estoy aniquilando? –le ataja el enorme dragón azul con una voz excesivamente mundana y varonil- ¿Impee, me recuerdas?

La mujer, ataviada con una blusa blanca y tejanos de cintura baja, extrae con rapidez las gafas de realidad virtual y las lanza sobre el pequeño sofá frente a ella, observando su entorno como si lo descubriera por primera vez, un pequeño apartamento de una sola pieza, extremadamente moderno con cocina de barra americana y cama de matrimonio elevada sobre el mueble de la televisión.

-¿Pero, qué…? ¿Qué es…? –se pregunta en voz alta un instante antes de escuchar un extraño sonido que precede a la aparición de hombre de larga barba, reptilianos ojos verde esmeralda, ataviado con un largo gabán azul oscuro, casi negro, que no oculta la presencia de la empuñadura de la larga hoja de sable pendiendo de su cintura y las botas de caña alta de guerrero.

-Soy Bw·Lw, como recordarás Impee, los dragones podemos poliformizarnos…

-¿De qué va esto? –le interrumpe ella aterrorizada mientras busca respuesta con sus ojos en el pequeño apartamento- Es una broma ¿verdad? ¿Cómo lo habéis hecho? ¿Cómo…?

-Cuando comenzó el tiempo de tu especie, nos retiramos, aunque jamás nos fuimos, siempre hemos estado aquí y… Ahora, ocupamos ese espacio que vosotros llamáis virtual, en realidad una dimensión que antaño podíais ver sin necesidad de artilugios pero, se ha acabado, entonces fuiste la mensajera de nuestra desaparición, ahora…

Un pequeño niño ataviado con un escueto taparrabos, observa con ojos abiertos como platos, a la guerrera de larga melena castaña, ataviada con una armadura negra moderna, cargada de armas automáticas, además de una empuñadura de sable, cuya hoja aparece cuando se empuña. Ambos, iluminados por una pobre luz de bombilla, se encuentran en un túnel subterráneo rodeados de una centena de hombres y mujeres, vestidos con harapos y aspecto famélico.

-Tú eres Impee, la inmortal ¿Verdad? –dice el pequeño con voz aguda, ella le observa con expresión vencida, antes de responder-

-Sí, soy Impee, a la que Bw·Lw, el Dragón Azul, impregnó con su magia y me hizo inmortal y… Mensajera de…

-Les vamos a volver a vencer, es nuestro destino ¿Verdad? -Le ataja el pequeño admirado y esperanzado-

-No sé cómo y cuándo he muerto y vuelto a nacer durante siglos y siglos, cómo voy saber cuál es nuestro destino. Sólo sé, que siempre ha estado en manos de “Bw·Lw y los suyos que nuestra especie, los humanos, siempre tuvimos el tiempo contado.

 

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Relato inacabado

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Su única posesión tangible eran los recuerdos, instantes vividos, muchos tristes, unos pocos alegres y, la mayoría, banales pero de una propiedad inajenable. Y a ellos recurría cual aristócrata recorriendo sus posesiones, con el semblante ufano y una seguridad aplastante. En los últimos tiempos, se había convertido en el único medio para evadirse de una realidad que tiempo hacía había dejado de entender, no ya únicamente por la situación política, que jamás había entendido, sino por todo en general. Su trabajo, si bien jamás había sido otra cosa que un método para tener ingresos, donde lejos de disfrutar y realizarse, había disfrutado de un ambiente distendido y relativamente jovial, aunque siempre exigente. Había cambiado a causa de una globalidad que acotaba las libertades y liberaba el latrocinio sin descaro, donde las grandes empresas eran saqueadas ignominiosamente por sus arribistas accionistas los cuales, con una desfachatez rayana a al escarnio, culpaban a los trabajadores de falta de ética y escaso rendimiento sometiéndoles al despido arbitrario. Una insostenibilidad que había convertido el trabajo en un lugar indeseable e inseguro provocando, constantemente, esa huida a los terrenos de la remembranza donde pasear rozando con sus manos los extensos prados resplandecientes de instantes y vivencias. Donde refugiarse sintiendo el aroma de la evocación y el sabor de la remembranza hinchiendo sus pulmones con el aire de la autoría. Sus ojos, en esos instantes, brillaban y se ampliaban aun cuando, inevitablemente, cerraba los párpados unos segundos, siempre prestos a ver aquel momento o aquel otro segundo. Sin embargo, inexplicablemente, ante su impávida mirada, el gran prado verde de reminiscencia, comenzó a marchitarse con celeridad inexplicable, hasta ser tomado por una completa negrura exenta de recuerdo alguno. Cual si una imposible noche sin Luna hubiera tomado la Tierra y en ésta fuese imposible encontrar un solo haz de luz blanca capaz de arrancar un destello de lugar alguno, proveyendo así una nimia y casi ridícula claridad que sirviera de guía. Recorrió su mente, cual si dentro de ella tuviera sus propios ojos, en busca de algún recoveco donde hallar alguno de sus recuerdos, alguna de esas vivencias que sirviera de mágica habichuela para volver a ver los ilimitados prados plantados con bien diferentes plantas representando momentos de su vida. Pero, esos ojos imposibles, no encontraron nada, sólo negrura, si quiera un brillo mate que le indicara quién era en realidad, nada.

Sin razón aparente, se había convertido en nada, sin recuerdos ni identidad era poco más que un trozo de plástico inservible. Pero, a la par, si quiera era consciente de ello, su nueva condición, casi vegetal, no le permitía pensar o sospesar su situación, era un ente sin recuerdos, una existencia sin tiempo y sin voluntad. Una herramienta más de esa llamada funcionalidad que empujaba a la humanidad a no plantearse absolutamente nada, convirtiéndose en meros eslabones de una cadena cuyos cabos no eran otra cosa que argollas colgando de unos pernos que mantenían a flote la realidad. Una interpretación de la existencia donde, sí, cabían los recuerdos y la remembranza y no eran impuestos e implantados en unas mentes impalpables. Representantes de esa injuria quimérica en que siglos atrás, la especie humana, en nombre de alguna cegazón doctrinal, había transmutado su esencia convirtiéndose en poco más que el relato inacabado de un soñador orate.

 

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Desconocido Universo

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Las preguntas habían cesado mucho tiempo atrás, los porqués y los cómos, dejaron de tener importancia cuando, no sólo no encontró respuestas, sino en el momento en que asumió la falta de manejabilidad de su existencia. No hay duda, en su mente siempre estaría presente el iniciático momento en que el vértigo y la desorientación apresaron por completo su voluntad. Notarse en suspensión en mitad de una nada oscura repleta de puntos brillantes, sin siquiera una prenda de ropa con la que sentirse a resguardo hasta el descubrimiento, aún más confuso, de hallarse en el interior de una imposible burbuja en mitad del espacio sideral a cientos de quilómetros del planeta Tierra. Dilapidó por completo su cordura, durante días, únicamente fue capaz de gritar, llorar y sorprenderse por la falta de calor o frío de ese inexplicable material traslucido que conformaba la burbuja de apenas dos metros de diámetro. En cuyo interior, lejos de nuevo de las más básicas leyes de la ciencia, jamás faltaba el aire y, lo que aún sorprendía más, le había convertido en un ser carente de necesidades fisiológicas tanto de ingestión como de evacuación. Si bien, el tiempo había pasado, incapaz de concretar cuánto, y aquel inicial estado había dejado espacio para el de la paciencia, también el hastío y, desde luego, una apatía que había conseguido apartar otras cuestiones. Como la posibilidad de pertenecer a algún tipo de familia divina, de desconocer una ralea omnisciente y omnipotente de la que, por alguna razón se había separado y, ésta, tras su recuperación había iniciado un lento proceso de adaptación y reconocimiento. Sin embargo, la lógica humana, aunque su situación fuera completamente irracional, le llevó a descartar esas aún más ilusorias justificaciones, y aceptar su nuevo status, disfrutando, entre otras cosas, de la privilegiada visión de su planeta y el satélite, del oscuro entorno enriquecido por lejanas y luminosas estelas de cometas, el Sol, el resto de planetas, satélites perdidos u orbitando, basura espacial procedente de las más que constantes envíos espaciales, extrañas luces en la llamada cara oculta de la Luna y, desde luego, de la soledad y la falta de distracciones. Esto último, una vez aceptada su nueva condición y tras esa apenas visible movilidad de su entorno, creía poderlo combatir con la esporádica visión de alguna nave espacial pero, o bien aquella zona del Universo no se encontraba dentro de las rutas de navegación, o bien en los posibles planetas habitados se encontraban en el mismo punto o más atrasados tecnológicamente que en la Tierra o, por simple descarte, no existía más vida en el Cosmos. En cualquiera de los casos, finalmente, el aburrimiento se apoderaba de su existencia, la incomprensión de su actitud y, aunque no podía afirmarlo con certeza, el tiempo pasaba y, éste, no dejaba huella alguna en su físico, bien al contrario, su piel algo ajada por la cercanía a la doble veintena se había vuelto elástica y suave. Si bien, en cierto modo, no le servía de consuelo alguno, en ocasiones, viendo el reflejo en el indescriptible entorno traslucido, arrancaba una pícara sonrisa que henchía su entereza. Hasta que el sueño le vencía y recostándose en posición fetal, se dejaba arrastrar por esas horas de evasión donde su mente le transportaba de nuevo a la Tierra, a su entorno, a aquellas calles bucólicas del casco antiguo de la gran ciudad donde un día decidió habitar. Entre un característico submundo artístico y aglógico, completamente urbanita, que abogaba por las últimas tendencias sociales y biológicas, aún prevaleciendo, por encima de todo, los últimos avances tecnológicos. Eso sí, escogiendo pequeños rincones entre ajados edificios y árboles, tomados por terrazas de bares familiares, músicos callejeros y niños revoloteando más allá de la ridícula zona infantil. Era en esos momentos cuando volvía a reconocer la persona que fue, con sus recuerdos, sus vivencias, sus proyectos y sus deseos. Aquellos que no le llevaban a interrogarse sobre su propia existencia, momento vivido como casi todo el mundo en su tierna juventud, sino que asentaban su elaborada personalidad, siempre en proceso de mejora, pero basada en su continua y atenta experiencia diaria. Mundología que, en su nueva situación, no tenía valor alguno quedando remitida a esos instantes de sopor, cada vez más cortos, en los que podía evadirse de su irreal existencia. Esa que, inesperadamente, se vio fracturada cuando un hierático meteorito golpeó contra la inexplicable burbuja, ya había pasado en contadas ocasiones, sin que su circular habitáculo hubiera sufrido desperfecto alguno. Sin embargo, esa vez, el impacto provocó el nacimiento de una grieta que amenazaba con extenderse provocando una fisura que, no había duda, rompería la inconsistente e inexplicable viabilidad de la burbuja. Sus ojos, antaño de color marrón como el de las aceitunas antes de madurar, trasmutados en un verde esmeralda no podían apartarse de la creciente hendidura, aun más, sus oídos, evadidos del ruido desde un tiempo que era imposible de calcular, se sentían agredidos por el casi inaudible estruendo del imposible material despedazándose lentamente. Un eco que asimilaba un segundero de reloj, supliendo el eterno tic tac por la falta de resuello y suspiros entrecortados. Durante un instante, porque realmente no fueron más que segundos, su mente quedó tomada por mil recuerdos olvidados, miríadas de periquetes que habían enriquecido su existencia como observar la sonrisa de quien te sirve un café en un bar, el humedecimiento de unos párpados a causa de una emoción. Tantos santiamenes que nada tenían que ver con el resumen de una vida y sí con la viveza de una existencia que, afortunadamente, le evitaron el horror final de aprehender el instante en que la burbuja, sencillamente, estalló. Reventó en mil intangibles pedazos como su cuerpo, esparciéndose en una nada que supone un todo como la propia existencia. Esa vívida realidad de cada ser que siendo nada es un todo cuyo génesis y remate se encuentra en el propio ente. Incomprensible, quizá aceptado pero no por ello concebible, sufragando su existencia desde el principio hasta ese final, en ocasiones incoherente, como habitar en una burbuja en mitad del espacio. Otras, insustancial y anodina, pocas extraordinarias y, muchas, monótonas pero todas, remitidas a esa nada que es un todo cual desconocido Universo.

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